La marea es un movimiento que ejecuta el mar para inundar o retirarse, en una extraña relación de codependencia con las fuerzas de atracción gravitatorias que ejercen el sol y la luna sobre el planeta.

La marea baja o bajamar es el momento opuesto por defecto en el que las aguas alcanzan su menor altura y, como si fuesen absorbidas por un arrepentimiento irrefrenable, tras avanzar impetuosas retroceden como si regresasen a algo de lo que anhelaran escapar continuamente. Como un sueño reiterativo el mar se sale y se recoge.

El 65 por ciento del cuerpo humano está compuesto por agua, ese animal que cuando se aquieta muere. Tal vez por ello la pluma de Alejandra Coz alberga dentro una marea, una incierta latencia que la hace volver la vista al fondo. Una incomodidad que existe sin manifestarse del todo, al borde de algo, continuamente regresando y desbordándose sobre sí misma. El agua detenida se pudre. El cuerpo detenido muere. La hablante lo sabe. Por eso muda y se muda como un caleidoscopio, estableciendo una hablante múltiple, “paralela e irreal”.

Alejandra Coz nos introduce en éste, su primer movimiento poético –inscrito, pienso-, porque detrás de todo primer libro publicado, por lo general hay años de lecturas, ejercicio caligráfico o al menos un diálogo poético con la imagen, la sonoridad, la construcción de una escena, la palabra solitaria y rotunda en su anverso y reverso, como una inscripción que se porta, como una falla. Quien contempla con los ojos de la poesía el mundo, también quisiese enceguecer.

El poema que inaugura a esta Marea Baja se abre con el primer aliento vital: Respiro. Escribir cómo nacer del nido acuoso del vientre o cómo salir a la superficie. “Pienso en Celan –versa por ahí Courtoisie -. La palabra callar no cierra la boca”.

Coz, recurre como Girondo al verbo como apertura del poema: respirar, retener, extrañar, palabras que ejecutan un movimiento que se encabrita o se sosiega, se cuestiona o se ahoga. Un movimiento que es a su vez “Máscara, deuda y atadura”.

La hablante cierne sobre sí una infinita enumeración caótica y simétrica de sus mil caras y los ejercicios de ser una mujer no subordinada, que se escapa al molde femenino para renombrarse en una implosión que se resiste a la violencia de disciplinar lo múltiple.

La coraza, el flagelo, la huida y la lengua se niegan a complacer y prefieren rehuir la obligación femenina, para trazar una resistencia simbólica, un punto de fuga, donde surcar las aguas parece ser la única manera de regresar a la Ítaca de Kavafis.  O cómo versa Anne Carson: “El esfuerzo que uno hace por hallar su camino entre los contenidos de la memoria”.

La segunda parte del libro “Marea baja” comienza con un poema que sitúa a otro, una segunda persona, tal vez la misma hablante que se espera, se estrella, se esclaviza, se vuelve “búnker y veneno puro” para encaminarse en el no sendero de Machado, en ése mar de Storni: corazón fiero. O el mar de Vilariño, el que se hace el manso y el hermoso.

Marea baja es el trazado de un camino, ahí donde antes las aguas ahogaban, ahora retroceden para dejar ver la arena donde se ha librado la a veces bella e inexorable batalla del ser.