Género, educación y prácticas de enseñanza de lectura y escritura. Esos son algunos de los ejes que marcan el trabajo de Ximena Azúa Ríos, magíster en Estudios Latinoamericanos, doctora en Literatura y directora de postgrado en la Facultad de Ciencias Sociales (Facso) de la Universidad de Chile.

Con una extensa trayectoria de más de dos décadas en la Casa de Bello, la también licenciada de Lengua y Literatura Hispánica está a cargo de un proyecto que integra 11 magíster, 3 doctorados y 26 diplomados de postítulo por área en específico.

Los programas impartidos en el postgrado de la Facso, hechos sobre la base del reconocimiento de comunidades disciplinarias, buscan dar cuenta de la labor pública de la universidad. En ese sentido, Ximena cuenta que la mayoría de los estudiantes que postulan tienen un fuerte compromiso con los procesos globales y una mirada importante sobre América Latina. También hace énfasis en que la mayoría de ellos no se forma en la U. de Chile y que un 20% son extranjeros, particularmente latinoamericanos.

La directora resalta también la diversidad que convive en el quehacer académico del postgrado, donde existen muchas redes y núcleos de investigación de profesores que se han especializado en el mundo académico. “Tenemos una diversidad de enfoques que conviven, pero que lo hacen en un espacio académico que entiende que hay distintas miradas y que tiene que ver con la diversidad, el respeto a la diversidad, y por último, también con una responsabilidad respecto de lo público”, explica.

-Dentro de los programas del postgrado resaltan muchos ligados al tema de género. ¿Por qué ese énfasis?
-Hoy el tema está muy en boga. Nosotros tenemos un Centro Interdisciplinario de Estudios de Género de hace más de 15 años. Es fundamental para nosotros mirar desde la perspectiva de género las relaciones y fenómenos que se producen en la sociedad chilena. O sea, los sesgos de género en la educación que estereotipan a estudiantes respecto de sus experiencias y trayectorias formativas futuras. Eso se ve en los primeros años en la escuela, cuando te dicen “siéntese como señorita” o “los hombres no lloran”. Ese tipo de cosas -que van formando juicios, prejuicios y gustos- se instalan desde la más tierna infancia.

-En la línea del género, varios programas tienen particular interés en temáticas relativas a salud y sexualidad.
-Nosotros tenemos el Programa de Aprendizaje en Sexualidad, Afectividad y Género (PASA), el cual hace un aporte en las comunidades escolares, pero también en otras instancias: se ocupa de realiza diseños e investigación y desarrolla modelos de enseñanza y aprendizaje que tienen como finalidad fortalecer competencias entre los y las jóvenes para tomar decisiones respecto de su sexualidad y afectividad. Fue creado en el 2005 y colabora con el Ministerio de Educación. Por otro lado, el Centro Interdisciplinario de Estudios de Género, creado en los ’90, ha hecho aportes importantes sobre temas de violencia, como lo es el cruce entre lo indígena, el género y temas de salud.

Machismo se escribe con “m” de mamá

Uno de los grandes intereses que tiene Ximena Azúa es la mezcla entre educación y género. En ese cruce, el currículum oculto es un tema que ha estudiado e investigado a fondo, sobre todo las prácticas sexistas y machistas al interior del aula, problemas que recién ahora, gracias a las luchas feministas y a los aportes que ha hecho la academia, son debatidos en las instituciones educativas.

Para Azúa, ambas luchas son una sola. Eso lo constata en que los mencionados debates están en discusión en la reforma estudiantil. “Cuando los estudiantes dicen: ‘una educación gratuita de calidad y no sexista’ tiene que ver con una educación de calidad”, señala.

-Cuando estalló el movimiento estudiantil, en 2011, aún no estaba tan instalado el tema de género. En estos años, sin embargo, el movimiento feminista se ha involucrado también en la causa educacional. Por ejemplo, hace algunas semanas, la U. de Chile apoyó el decreto “Mara Rita” que permite que alumnos trans sean reconocidos por su nombre social.
-Hemos discutido aquí en la escuela con estudiantes trans que en las actas oficiales tiene que ir el nombre oficial porque está con el RUT, pero efectivamente hay que tomar los dispositivos para considerar ese nombre social como el nombre con el que se ha conocido al estudiante. Una de las primeras cosas que se hizo en la Chile fue hacer que el título sea masculino y femenino. Antes, en el caso de los abogados, que es una carrera que lentamente se ha ido feminizando era “la abogado” o” la arquitecto”, entonces se hizo una disposición para que la denominación del grado o el título fuera acorde con el género.

-¿Cree que es un avance este decreto?
-Claro que es un avance, porque primero da cuenta de una sociedad mucho más diversa y que nosotros hemos vivido en un mandato heteronormativo. Es decir, eres hombre, eres mujer y no hay ninguna otra posibilidad y la verdad es que la diversidad, si no es reconocida por la sociedad, repercute en que esas personas viven muy mal su vida. Si se hacía un análisis de la situación de los trans, se encontraba con que lamentablemente la mayoría no tenían estudios, no finalizaban la escuela básica y terminaban entonces prostituyéndose o en el comercio sexual. Y eso tiene que ver con que la escuela no reconocía y castigaba una conducta que no solo consideraban “anormal” sino que también la patologizaban.

-Uno de los problemas que últimamente se han visibilizado es el acoso de profesores a estudiantes. ¿Cuál es su opinión al respecto?
-Yo te diría que era un secreto a voces, no solo en nuestra universidad, sino que en todo el sistema universitario en general. Cuando las estudiantes denuncian el tema del acoso sexual se castiga a la denunciante y no al denunciado, porque efectivamente hay relaciones de poder que se instalan y esas relaciones terminan beneficiando al que está en una situación de poder, a los que son académicos respecto de los estudiantes. Aunque no hay una relación de autoridad académico-estudiante, sí hay una relación desigual en términos que la sociedad chilena favorece lo masculino y opera absolutamente el heteropatriarcado.

-Yo se lo pregunto porque usted es parte de esa academia y al mismo tiempo es parte de la lucha por igualdad de género. Y ocurre muchas veces en que la institución tiende a encubrir o proteger a los “acusados”, siempre privilegiando la versión del profesor.
-La verdad es que uno tiene que deberse a lo que uno cree, piensa y es. Yo desde hace muchos años que me dedico a los estudios de género, soy feminista y cundo era estudiante desde la Chile nos organizamos en ese sentido. En plena dictadura, el movimiento feminista instaló temas como “democracia en el país y en la casa”, pero nosotras decimos: “también en nuestras aulas”. La verdad es que cuando una estudia, va analizando sus propias prácticas, porque no sólo hay una relación de autoridad entre profesor y alumna, sino que también nosotras como académicas ejercemos un cierto poder. Remirar y desmontar esas prácticas hacen que uno se ponga del lado de la víctima y no del victimario.

-Usted fue feminista desde muy joven. ¿Cuál ha sido el avance que ha visto del feminismo desde los ‘80 hasta la actualidad?
-Me parece súper interesante que hoy los estudiantes cuestionen, discutan y sean capaces de expresar su malestar respecto de ciertas conductas sexistas al interior del sistema. Cuando las niñas del Liceo 1 hicieron la declaración respecto del Instituto Barros Arana, yo escribí un artículo e hice una ponencia. Una de mis estudiantes del curso de Educación y Género era una profesora del Barros Arana, y ella me dijo “profe, no todos los estudiantes del colegio son machistas; de hecho, se creó una mesa, estamos discutiendo”. Hoy existe una instancia al interior del Liceo donde hay hombres que están discutiendo acerca de la heteronormatividad y el patriarcado. Esta situación era impensada cuando yo era estudiante y efectivamente me parece que es un avance importante, pero aún queda mucho por hacer.

-Hacer sobre todo con los hombres, ¿no? Pareciera que en el tema de género donde menos se discute es lo que tiene que ver con cómo ellos se relacionan con el feminismo.
-También está la reflexión de las masculinidades que se ha dado también en esos casos. Esto es bien importante porque machismo se escribe con “m” de mamá. En la construcción de la masculinidad intervenimos muchísimo las mujeres. En una sociedad que discrimina y establece estereotipos respecto al “deber ser” de los hombres y las mujeres, quienes perdemos somos todos. El mandato tradicional es que los hombres tienen que ser exitosos, proveedores y fuertes, y no siempre es así, hay una gran cantidad de hombres sensibles que son muchísimo más amables que muchas mujeres. Por lo tanto, el encasillar de ese modo repercute en una sociedad menos feliz para todos, pues encasilla a mujeres y hombres en roles fijos y en la realidad los seres humanos somos muy diversos.

La interseccionalidad al palo

La situación de vulnerabilidad de los niños y niñas es otro de los focos tranversales de la Facso. Los casos del Sename que se han revelado en el último año han sido motivo de investigaciones dentro de algunos de los programas. De hecho, Azúa está dirigiendo una tesis sobre el trato diferenciado a niños y niñas dentro de la hoy polémica institución. “En toda la situación de los niños a los que son conculcados sus derechos, se pierde la noción de la niña, porque primero se habla de los niños y luego de mujeres, y en ambos casos se pierde la noción de la niña. Se ven menoscabadas por el adultocentrismo y el machismo”, cuenta.

Del mismo modo, Ximena puntualiza que la interseccionalidad es una inquietud constante dentro de la facultad y de los programas del postgrado. Al adultocentrismo y al machismo, también se suman la xenofobia y el racismo, donde la académica María Emilia Tijoux ha liderado un trabajo destacado en visibilizar las problemáticas de los inmigrantes en Chile.

-¿Cómo se entrecruza la opresión de género con la opresión de raza? En nuestro país, con la explosión migratoria, es un asunto cada vez más preocupante.
-Ella ha planteado algo que nos cuesta decir: este es un país muy racista. Es brutal la interpretación que hacemos por lo que se asocia con lo negro y lo blanco. En el caso de la mujer, la mujer negra es un objeto de deseo absolutamente considerado como un artefacto, que se replica incluso en la propia visión de mujeres chilenas que dicen “estas vienen a robarnos los maridos”. Hay una discriminación que cruza estos estereotipos y que son brutales para una convivencia democrática. El chileno en general, y en todos los lugares donde llega la migración, la gente alude a que los extranjeros vienen a quitar los trabajos, pero acá además dicen “nos vienen a quitar los maridos, son ladronas, son sucias y prostitutas”. Es muy poca la gente que alude a que contribuyen a enriquecer una cierta convivencia, una mirada, una forma de vivir la vida.

-También cruza con la temática de género lo indígena, que es también una doble opresión de un Estado hacia diferentes pueblos en el país.
-En Rapa Nui, por ejemplo, hasta los años ’60, los habitantes no tenían papeles, y por lo tanto salir de la isla significaba hacerlo indocumentado, por lo que estaban obligados a salir como polizontes en los barcos, con trabajos de esclavo. En general el Estado chileno ha sido no solamente discriminador, sino que negador de otros pueblos. Aunque hay pueblos reconocidos, la posibilidad de construir una convivencia plurinacional, es decir, varias naciones en un mismo territorio, a algunos los escandaliza. A mí me parecería una solución respecto de justas y legítimas demandas de la usurpación de tierras de las que han sido víctimas.

-Me contaba que en el postgrado hay estudios sobre pueblos originarios y mucho trabajo con ellos en la práctica.
-Tenemos una cátedra indígena en esta facultad que trabaja en pregrado y en diplomado, no solamente para estudiantes universitarios, sino que también hay gente de pueblos indígenas que viene para acá a tomar cursos y a trabajar. A mí me tocó trabajar con los maestros tradicionales para llevar adelante los planes y programas de lengua y literatura indígena. Hemos trabajado oralidad con profesores Rapa para que ellos puedan generar ciertas didácticas para fortalecer que los niños hablen su lengua originaria. Ahora en la isla es más fácil, pero en el caso de los mapuches urbanos que han dejado de vivir en comunidad, es muy importante que puedan tener experiencias formativas en su propia lengua.

-¿Cuál crees que es la misión que tiene la academia fuera de la academia? ¿Cuáles son las herramientas y los insumos que entrega la Facultad de Ciencias Sociales a la sociedad? ¿Cuál es el aporte que se puede hacer?
-Desde la academia tenemos que tener una voz en la política pública. Las investigaciones no son para tenerlas guardadas en la biblioteca. Tenemos el deber de difundirlas, porque además muchas veces son financiadas por el Estado, por ende, tenemos el deber de difundirlas, problematizarlas y a dar a conocer los resultados de nuestras investigaciones. Tenemos que ir a las aulas, a los foros públicos, ir a trabajar con el Estado en términos de materias públicas, porque de lo contrario, esta sociedad va a seguir siendo una sociedad ostra, a la cual los cambios y el malestar le va a explotar en la cara. La academia tiene varias funciones, una de ella es formar profesionales comprometidos con la sociedad chilena, pero también es difundir ese conocimiento para mejorar las condiciones de vida de todos.