En el documental Diálogos de América, registrado por el periodista Augusto Olivares, Fidel Castro y Salvador Allende intercambian ideas sobre los procesos de transformación social. El comandante cubano –pese a un sinfín de dudas- lo mira como a un hermano mayor, lo escucha con una mezcla de respeto y pesadumbre por la “tragicidad” que le aguarda al caso chileno, pero desde una admiración por el «glamour republicano» que el presidente «encarna» como un tribuno de la reforma. Se oye la voz del masón Allende bajo la solemnidad que infunde alguien que busca descifrar los laberintos del destino y trata de revertir una concepción determinista de la historia. No podemos olvidar que aquí el «narcisismo mesiánico» de la izquierda chilena también hizo de las suyas. Salvador Allende, el autoproclamado «hombre de mármol», supo de entrada que vivía en medio de un atajo, que debía poner cuotas de mesura a la algarabía que empapaba a los actores de una épica en desarrollo, mas no debía erradicar las energías utópicas. Fidel toma nota y le advierte –cual oráculo- de los terribles sucesos que acaecerán tras su derrota. En el fondo Castro fue un testigo de época que murmuro la imposibilidad de las revoluciones por una vía pacífica: ese fue el subtexto de su visita a Concepción y el legado de la izquierda chilena para los modelos europeos. Existe una dimensión dionisíaca en la Unidad Popular que se expresa en baile, canto y embriaguez. En la pérdida de los límites factuales. Ya en su conocido discurso del 4 de septiembre de 1970 hay destellos de una «consciencia trágica»: “…y que esta noche, cuando acaricien a sus hijos, piensen en el mañana duro que tendremos por delante” (las cursivas son mías).

Una vez que asume el líder de la UP se mantiene plenamente consciente de que no hay posibilidad de migrar hacia un «reformismo radical». Para 1970 las predicciones del oráculo a favor del «realismo» fueron alevosamente desatendidas, no quedaba más que apelar a un «mundo heroico». Solo restaba implementar el camino elegido y defender la convicción ante el compromiso adquirido con los tiempos. Pero a poco andar, el presidente susurraba –como sí en su inconsciente estuviera Sófocles- que la coalición que encabezaba no poseía la amplitud cultural necesaria para articular una trama intricada que pudiera “equilibrar” –con inteligencia teórica y creatividad política- los efectos del «desenfreno pasional» (algarabía, delirio y resaca) bajo un apego al marco constitucional.

¡Y vaya qué contrastes aprovisionaba la época! Por obra de la cubanización quedaba atrás la idea de una «profundización reformista» dado el exceso de horizontes que ofrecían la trazabilidad de los tiempos. La crisis de la receta cepalina para la región (1950-1970) obligaba a establecer cambios radicales. Ir más allá del “Estado de compromiso” comprometía saltos primordiales, irrenunciables, pero fatídicos. A la sazón, la Cuba libre “pesaba” más que mil ríos de tinta: la llamada isla de la dignidad era el horizonte de la insurrección latinoamericana. Se trataba de un «desgarro» incurable a la luz del cual debe ser evaluado nuestra experiencia política. La Unidad Popular, en su afán por conciliar institucionalidad y movilización, representa un horizonte de sentido necesario en la historia de Chile, pero eventualmente imposible. Si bien podemos admitir un eventual acercamiento político hacia el programa populista de Tomic en los primeros tres meses del gobierno popular, ya a fines de 1972 se trata de un proyecto librado a su destino. La Unidad Popular, salvo este intervalo, se debate en los márgenes de la política.

Este es el acompañante macabro de la vía chilena al socialismo, nuestra «divina comedia», mucho más cercana a Dante. Sospecho que Tomas Moulian –sibilinamente- se hizo parte de una concepción trágica de la historia y tematizo a la Unidad Popular desde el teatro griego -aunque nunca verbalizó tal relación. En su célebre “Conversación ininterrumpida con Allende” (1998) aparece la tragicidad de las revoluciones y el peso «termidoriano» de la derrota. Allende sabía de entrada la necesidad ineludible de trascender la martiriología. Pero a poco andar reconoce que la derrota puede ser una «opción moral», una derrota posible. Ya en los primeros días de su gobierno admite con lucidez que las oligarquías no aceptarán perder sus beneficios, y no cesaran en aplicar obstrucciones lícitas o mercenarias –así trataba de moderar la embriaguez que empapaba a los actores comprometidos con una trama redentora. Salvador deviene en un intérprete de las transformaciones en curso, y a su vez en un «teórico político» (sí, un teórico) de los límites históricos de cualquier exuberancia utópica que desestime el “fatídico” peso del realismo. En resumidas cuentas, la Unidad Popular representó un callejón sin salida y por esa vía una lección moral para la historia de Chile (la martiriología aleccionadora).

Para terminar, podemos explorar algunos contrastes que hacen más evidente nuestra espantosa catástrofe. La historia nos dice que la izquierda chilena tuvo su «sala de parto» en los locos años ’20 (“la cuestión social”). La Unidad Popular heredaba a su manera las conquistas iniciales superando el llamado «Estado de compromiso», a saber, el período que va desde 1938-1970 basado en el régimen de tres tercios. La experiencia de los años ’70 era enteramente distinta al «Frente Popular» (1936-1941), como asimismo, al economicismo desarrollista de Raúl Prebisch. De un lado, el allendismo venía a implementar cambios estructurales en base a un diagnostico compartido sobre las profundas desigualdades imperantes en los años ’70, tales cambios contra el predominio oligárquico estaban sellados en el programa de gobierno. De otro, todo ello se trataba de encauzar por el institucionalismo de un «comunismo letrado» (“último vagón del reformismo”), aparente «dueño de la cordura» por aquellos días. Pero al mismo tiempo, el proceso se ensombrecía por la ausencia de diálogo político con el sector más progresista de la DC. Ello sin olvidar que tal diálogo era impracticable por la irreversible cubanización del Partido Socialista que tornaba inviable todo acercamiento centrista. La fracción de los «elenos» calificaba toda travesía de «realismo» como una infidelidad al proceso revolucionario. De paso, la Unidad Popular prologaba la evolución de la izquierda chilena desde 1938 en adelante (el contexto de post-guerra y los frentes populares, hasta la constitución del FRAP). Solo nos resta consignar que el proceso de indoctrinamiento ideológico que recibieron las Fuerzas Armadas (guerra informal) en la Escuela de las Américas de Panamá, trasciende la citada “doctrina Schneider” –ello a juzgar por los hechos conocidos.

Finalmente, se suma la complejidad de lidiar con los sectores más “radicales” de la Unidad Popular (el MIR y otros hijastros de este proceso); aquella familia no apegada a la vía institucional -de fuerte inspiración libertaria- que hacía de “aprendiz de bruja”, por cuanto presionaban por una salida no institucional que empujaba hacia el despeñadero. Todos estos contrastes, que se expresaban en un sinnúmero de monstruosas vacilaciones, conjuraban en favor de una catástrofe, o bien, pujaban hacia una reducción del campo político. El resto es historia muy conocida y consiste en imputar –con cierta majadería- todos los males del infierno a Nixon y a la CIA. Todo ello es absolutamente cierto al igual que la intervención de El Mercurio. Sin embargo, la teoría del imperialismo no nos permite expurgar las contradicciones incurables de nuestro proceso interno. Por último, no debemos olvidar que el candidato presidencial de la DC (1969), Radomiro Tomic, reivindicaba un gobierno de abrumadoras mayorías nacionales para evitar el despeñadero político-institucional que tuvo lugar con la Unidad Popular. El razonamiento de Tomic abrazaba un diseño que –décadas más tarde- puso las bases de la Concertación. Inclusive, me atrevería a decir que el tan bullado –manoseado- y prometido plebiscito que sería anunciado por esos días, era relativamente adverso para la Unidad Popular. ¿Quién sabe que era mejor? Perder en la épica y no en las urnas.

Como podemos apreciar, la vía chilena gradualmente se fue quedando sin campo de acción. La tragedia es la cancelación total de la política, la reducción del juego de posibilidades: la impolítica. Tampoco había lugar para una caída inducida. A nombre de un «cielo falso» nos deslizamos hacia un precipicio. Por aquellos días el destino aciago de los personajes consistía en la imposibilidad de alterar el curso de los acontecimientos y evitar el despeñadero –escapar a la predestinación desatada por las fuerzas indestructibles de la propiedad privada-. Ello tiene su mayor efervescencia entre junio y agosto de 1973. A pesar de la extraordinaria fuerza emancipatoria, el proceso chileno de la Unidad Popular puede ser interpretada como el último aullido de la modernidad en plena caída al fango de la historia. La historia nos dice que a poco andar el campo socialista, al finalizar los años ’70, nos “enseño” que otro mundo no era posible. Fin del maximalismo.


Investigador Asociado. Centro de Estudios Históricos de la UBO