Torturan la memoria, la matan y la entierran en las mazmorras de su pacto de silencio.

No soy inteligente emocional, soy inteligente. No van a someter mi sentimiento de imperdón. No me digan imbecilidades como que “hay que dejar ir para sanar”. Su demagogia de best-seller de autoayuda, es puro cinismo.

Me da miedo cuando pienso en mi relato en la Vicaría (un día de mayo de 1979, cuando salí libre) y en el informe de Tortura y Prisión Política en Dictadura (Valech). Miedo a sentir vergüenza (vergüenza que deberían sentir ellos). Pero sobre todo es el miedo a la exposición de mis dolores y esa fantasía racional absurda de: lo pasado pisado.

Sin embargo, esto es como el aborto: aborto por mis propias causales y no porque el Estado me dé tres. La cosa es al revés: si el Estado dice que tengo “Derechos Humanos”, que lo pruebe asumiendo mi necesidad humana.

La verdad que exigimos, la decidimos las víctimas y no los victimarios. Tampoco sus cómplices y camarillas que no han cesado de usar su terrorismo de Estado contra anarquistas, okupas, mujeres, feministas, escolares en rebelión, mapuche que resisten, gente transgénero, homosexuales, migrantes, gente empobrecida…

Soy parte de todo y todo me importa. No estoy afuera, porque no hay adentro ni afuera en mi huella corporal; los límites aparecen sólo con sus agresiones y el horror que han producido.

Nunca he relatado todo porque hay cosas que no tienen palabras y porque hay momentos que mi racionalidad decidió borrar, aunque igualmente surgen cada tanto y me hunden en un nuevo desamparo.

Las vivencias son más entreveradas que la precariedad del decir, del escribir, del leer… lo único imperecedero es lo orgánico decían los pueblos totémicos, lo demás es producción que muere.

Lo orgánico es sentires, memorias celulares, la piel que evoca, el hígado y sus rabias enquistadas, el estómago hirviendo, la garganta en un ahogo… (también la sensación de ser parte de todo lo viviente).

Hay cosas que los que quieren cerrarnos la boca, jamás sabrán… como yo nunca sabré el nombre de los torturadores que me interrogaban… no sé si era de día o de noche, no sé si fueron días o unas horas. Mi emocionar se repliega a menudo en el cosquilleo del miedo justo entre los hombros. Me doy cuenta de mi memoria del cuerpo cuando la mujer que me acompaña –la psicóloga de PRAIS Norte-, me demanda que haga conciencia del sentir.

Antes del ’73, sin racionalidad incrustada, en la sala del colegio miraba por la ventana, seguía con la vista a algún perro en la calle, ¡y ya! Gracias a mis sentidos estaba libre.., mis profesoras solían considerarme una niña más bien “tonta” que no entendía. Y es que el colonizador siempre cree que comprende y sabe lo que ve.

De la escuela yo podía y solía escapar con la primera mosca que pasaba delante de mí (volaba con ella). Sólo aprendí a racionalizar y controlar mi sentir en dictadura: Callar, sospechar, nos pueden denunciar. Y aquí no había pasado nada, más se perdió en la guerra. No me habían matado. No me habían corcheteado los pechos, no me habían metido en un hoyo y pateado la cabeza, no me habían desaparecido y tirado al mar…

El maldito 11 de septiembre chileno fue mi entrada al mundo tal y como es: autodefensa, mentir para sobrevivir, esconderse, creación de estrategia y táctica para enfrentar al enemigo. Y estudiar -ahora sí- no para subir de pelo, no para desclasarme, si no para la recuperación de lo que los adultos llamaban revolución. Porque eso estaba a la vuelta de la esquina: y va caer y va a caer…. no cayó nunca, y acá estoy con la piel endurecida, tolerando esto de que no exista memoria; que la tengan borrada incluso -contra todas sus consignas y “encuentros”- aquellos y aquellas que dicen que la tienen, pero no la sienten.

Hasta nos han observado con ofensivo pudor, como a mujeres que se quedaron en el pasado. Y como la patriarcalidad dominante burla a las viejas, les he oído opiniones ignorantes sobre nuestro ejercicio de la sexualidad. Es que tienen un relato mentiroso y muy lineal de la historia; no logran ni siquiera imaginar lo vinculadas al cuerpo, al placer y a la autoliberación sin apellido feminista que fueron mis hermanas mayores de ese tiempo: adolescentes y jóvenes que las niñas que tuvimos la suerte de estar ahí observábamos con admiración. Leíamos entre líneas una liberación que buscaba ser real y no más sometimiento, todo en medio del movimiento social, entre aires de revolución, con música y bailes que daban paso a los trabajos voluntarios y a las rebeldías de quienes no se tragaban todo el gobierno popular, pero que luego pusieron el cuerpo para defender las grietas hacia la liberación que nos había dejado…

Se borró el dolor y el placer en este territorio. No quieren saber para no sentir: es el mismo efecto de la pasta base pinochetista.

NO OLVIDO NI PERDONO, EXIGO VERDAD: ¡Revelen esa partecita mínima del horror que recopilaron! JUSTICIA Y CASTIGO A LOS CULPABLES, ese es mi sentimiento. Pero los culpables, sus cómplices y un $hile que odia el sentir, están en la ‘nadificación’ de los sentimientos para conseguir que la voluntad vaya contra… el cuerpo…”. “El control de los sentimientos es el control de nuestras vidas”. Pura dominación que separa el sentir del pensar para matar la ética del vivenciar.

No es venganza…

Venganza sería que exigiera que los tiraran al mar amarrados, que buscara que les corcheteen el pene, que les introduzcan ratones en el ano, que desee que sus hijas queden rezagadas en el sonido de las patrullas y los disparos; con gritos por la noche, que quiera que vean morir a su perro por una patrulla de allanamientos; que pida que les quemen sus libros.

Venganza sería, que les siente en una silla bajo una luz brillante, les amarre, les vende los ojos  y en esa posición de vulnerabilidad les insulte: “¡maraca, la puta de quién soi’ voh’!”. Y que les haga simulacro de fusilamiento en sitios baldíos en una oscuridad sin luna sabiendo que morirán sin haber terminado de vivir.

Venganza sería que vieran el cadáver destrozado de un niño en un cajón y no se les borre de los ojos y la garganta la náusea; y el llanto brote cada vez que algún dato cotidiano les traiga a los hombros y la espalda –siempre endurecida- ese desamparo. No es venganza, no, es sentimiento ansioso de JUSTICIA. No tengo pudor de la memoria en mi cuerpo, no me avergüenza el llanto. NO PERDONO, NO OLVIDO. EXIJO VERDAD, JUSTICIA y  CASTIGO A LOS CULPABLES. ¡¡¡A TODOS!!!


Terapeuta, escritora, lesbiana feminista wallmapu