Los calendarios viven de las arritmias de los pueblos. Distribución del tiempo y articulación rítmica del sol y la luna, llevan consigo reductos de memoria en que las sociedades se han desgarrado en sangre y cuerpo. Ríos de violencia que expanden su estela en los pequeños espacios ofrecidos por sus calendarios, recrean imaginariamente sus condiciones, sus formas, su textura. Podríamos decir que todo calendario se ensambla desde las anomalías, las interrupciones al continuum histórico para inscribirles en los marcos de un orden espacio-temporal que terminó imponiéndose. Como dispositivo de normalización de la violencia, el calendario es el modo en que los pueblos reeditan imaginariamente una violencia a través de rituales que mantienen vivo su legado. O bien, los pueblos recuerdan la alegría de la venida de un mesías o un profeta, o bien, la penuria de una violencia que les ha condenado y en cuya fecha recuerdan la injusticia cometida contra sus muertos.

Este último, es el caso de Chile. En la historia de los últimos 30 años, la fecha del 5 de Octubre en la que supuestamente ganó el NO a Pinochet y se “recuperó la democracia” parece haber quedado olvidada y, en cambio, la del 11 de septiembre una y otra vez no deja de ser recordada. La primera no tuvo jamás un feriado para ser conmemorada, restringió su celebración a una cúpula gobernante que no comprometió jamás la suspensión del tiempo histórico de un específico día. La segunda, en cambio, no sólo implicó la suspensión del tiempo histórico sino la  fundación de un nuevo curso, con otro ritmo –el del capital corporativo-financiero trasnacional– que impuso su violencia frente al excedente al pacto oligárquico de 1925 que significó la Unidad Popular.

El 5 de Octubre fue devorado por el 11 de septiembre que, sin embargo, era la fecha que pretendía desplazar: las bondades de la democracia por el desgarro de la dictadura, el 5 de Octubre con sus colores y arcoiris contra el 11 de septiembre con su estética en blanco y negro. Y, sin embargo, todo sucedió al revés: el 11 de septiembre extendió su terror más allá del 5 de Octubre; el 11 de septiembre sigue diciendo mucho acerca de nuestro presente que el 5 de Octubre, porque lleva consigo el grito de injusticia cuyo pálpito nos interpela en la actualidad.

El 5 de Octubre diluyó su promesa cuando años de movilizaciones populares durante la “democracia” que encontraron en el año 2011 su condensación más intensa, terminaron por mostrar que éste había sido la extensión mítica de la violencia del 11 de septiembre y que, por tanto, no había contradicción entre ambos, sino una misma política de ejercicio soberano, articulada en dos tiempos diversos: el tiempo de la fundación y el tiempo de la conservación, el tiempo de la creación y el de la administración. Y, puesto que no existe algo así como un “primer momento” en sí mismo, será siempre el segundo el que haga inteligible a un primero, será el segundo el que, en un ejercicio “hacia atrás”, construya la ficción de un “primer momento”.

Así, no se trata de dos momentos separados, sino del hecho de que el primer momento jamás puede constituir tal sino es a partir del segundo que consolida, institucionaliza y legaliza. Los Ponce-Lerou, los Piñera, los Edwards vienen de este segundo tiempo que dinamiza la violencia del primero: empresarios que jamás ganaron en inteligencia, pero mucho en astucia para hacer efectivo el pillaje institucionalizado que traspasó los bienes del Estado al negocio de los privados. Su emprendimiento –del que se jactan hoy y con el que lucen una supuesta vida de “esfuerzo”– en realidad fue la restitución de un poder de clase que renovaba internamente sus delirios: la burguesía que había crecido bajo el patrón de acumulación rígido articulado bajo el pacto desarrollista de corte estatal-nacional, pasó a constituir una nueva burguesía que aceitaba un patrón de acumulación flexible que ponía el acento en la dimensión corporativa-financiera. Tal renovación burguesa se expresa en la renovación de los partidos políticos de derecha (La UDI y RN que surgen a fines de los años 80) consolidada en la renovación del pacto oligárquico en la nueva Constitución de 1980. El capitalismo industrial quedaba hegemonizado por el nuevo capitalismo corporativo-financiero de corte mundial. Chile fue uno de los puntales de tal transformación.

Por eso, en el plebiscito de 1988 formalmente ganó el NO y fácticamente ganó el SI. Finalmente, el NO se transformó en un SI ejercido por otros medios.  Sin necesidad de Pinochet y su camarilla golpista que habrá terminado disuelto en la deriva “consensual” de la nueva razón de Estado que la literatura política de la segunda mitad de los años ochenta llamó “transición”. Una democracia enteramente oligárquica, instalada ya no bajo la amenaza de los cuarteles, sino bajo el tono aplastante de los bancos. Los bancos contenían a los cuarteles, tanto como el NO terminó conteniendo al SI en sus entrañas.

El 11 condensa la violencia en un solo día, el excedente que se ritualiza y que conmemora la violencia institucionalizada que, como toda “dictadura soberana”, fundó un nuevo orden político a partir de la sistemática destrucción de la Constitución de 1925 y la consecuente fundación de la Constitución de 1980 vigente hasta el día de hoy. Con el golpe, la burguesía desarrollista parió a la nueva burguesía de corte neoliberal quien gestó la renovación del pacto oligárquico. Ella misma modernizó su pacto previo –reflejado en la Constitución de 1925– porque entendió que su estructura había sido excedida por las fuerzas políticas alternativas que, en un momento, se llamaron bajo el término Unidad Popular, en una nueva estructura constitucional reflejada en la Constitución de 1980 que, como sabemos, no es más que un cerrojo a cualquier forma de deliberación ejercida por un poder constituyente que pueda denominarse “pueblo”. Podríamos decir que el 11 de septiembre fue el momento en que el pueblo de Chile fue detenido y desaparecido.

Si el 11 condensa una violencia, no es la de un acto simplemente ya sucedido, sino la de un acto tecnica e infinitamente reproducido que no deja de consolidarse en el presente. Es la diferencia entre un simple hecho historiográficamente datable y una cifra desgarradoramente redimible. Durante la dictadura el 11 de septiembre fue objeto de celebración. Durante la democracia, queda investido de un simulacro “como si” fuera un día normal, forzando al pueblo a conmemorar el día 12 como día de la “reconciliación nacional” que nunca funcionó, pues no tuvo jamás la capacidad para desactivar el núcleo de violencia que tal fecha condensaba en su seno, pues fue una decisión cupular típica de la razón transitológica de los años 90.

En efecto, el 11 de septiembre ya no se celebra formalmente. Al igual que el sistema de engendró, vive de su facticidad. El 5 de Octubre no alcanzó al 11 de septiembre no sólo porque no prescindió de su violencia puesto que la profundizó en la forma civil de la democracia consensual, sino porque no se propuso jamás como su revocación total.

Como si fuera el 18 de septiembre que por 200 años se ha celebrado como el día de la independencia, la permanencia del 11 de septiembre y no del 5 de Octubre, muestra que la llamada “recuperación de la democracia” fue la restitución del pacto oligárquico que tuvo como violencia fundante al golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. El 11 de septiembre funda y el 5 de Octubre administra. No son fechas antinómicas, sino dos momentos de una misma política que se ha extendido hasta la actualidad. Por eso, ¿qué es el 11 de septiembre? No una fecha, sino una cifra, no un hecho ubicado en un momento ya pasado del continuum histórico, sino una violencia que no deja de suceder hoy, no a pesar, sino en virtud del 5 de Octubre.  

El calendario chileno vive algo extraño: el 11 de septiembre que anuda al presente en una fecha mítica, pasa como si fuera un día normal. Salvo, por el hecho de que el espectro de la violencia aún inunda las calles. La gente vuelve de sus trabajos más agitada, con el temor de que “algo puede pasar”. Algunas poblaciones acogen esa violencia y las noches pasan a punta de fusil como si se recreara el escenario de 1973. Como si fuera un día normal, el 11 de septiembre de cada año no dejará de ser el día de la violencia, la reedición de un mito que una fuerza política radical tendrá que revocar. Como si fuera un día normal, el 11 de septiembre, quizás lo sea. En lo que la normalidad contiene de violencia.


Académico, Universidad de Chile