Reconstruir la memoria histórica fuera de los márgenes de la oficialidad (estatal o académica), implica necesariamente que los sujetos colectivos, es decir, los movimientos sociales-políticos que se involucran en esa tarea, se planteen una gesta inmensa: sacar del olvido procesos, hechos, biografías, que han sido excluidos de las páginas oficiales o que también pudieron incorporarse de manera tergiversada en la llamada historia oficial.

Esto es lo que han logrado organizaciones de derechos humanos, tras los 17 años de dictadura y los casi 30 de gobiernos democráticos.

Esa gesta, levantada principalmente por mujeres que conformaron la organización de familiares detenidos y desaparecidos y otras agrupaciones de derechos humanos, fue y es compartida por cientos de organizaciones y miles de personas que hicieron y hacen eco del llamado a favor de la memoria. El recordar e instalar en distintos espacios la pregunta “¿Dónde están?”, junto con los nombres y los rostros de las y los desparecidos, tenía un claro objetivo: justicia y verdad, estableciéndose además este objetivo, como una condición básica y sustantiva para el proceso de recuperación democrática. En rigor, no era ni es posible construir sobre miles de cuerpos olvidados, un proceso que pretendía superar el trauma instalado por el golpe militar y profundizado por la dictadura.

La lucha contra el olvido trajo consigo también reconocer otros hechos y procesos. Por ejemplo, el intento de tiranicidio contra Pinochet, la operación retorno y la guerrilla de Neltume y una serie de acontecimientos puntuales y relevantes que conforman lo que fue el movimiento social anti-dictatorial y la historia de resistencia. Del mismo modo, han aparecido las delaciones y traiciones de quienes estando cercanos o siendo parte de organizaciones revolucionarias, terminaron trabajando para los organismos de inteligencia de la Dictadura.

Así, es posible apreciar como una pregunta “¿Dónde están?”, que carga la urgencia del presente inmediato post golpe, ha permitido articular una reconstrucción de la memoria histórica y colectiva que nos permite hoy entretejer parte de nuestro pasado rebelde como pueblo.

Pero hay algo más que hace de la memoria un ejercicio político potente y necesario. No es solo la pregunta por el pasado y la posibilidad que brinda para ir armando las distintas piezas de las verdades históricas. Ese ejercicio político adquiere aún mayor fuerza cuando tiene como intencionalidad fortalecer los procesos actuales y, con ello, la visión de futuro de un colectivo que se apuntala tras la utopía de la transformación total.

Por ello, tras 44 años del golpe militar y con casi 30 años de democracia, teniendo claridad que de algún modo se ha logrado hacer frente a las fuerzas del olvidado, pero también sabiendo de las medias tintas con que se imprime la historia de la democracia post Pinochet; es quizás importante pensar qué preguntas debiéramos enunciar, cuáles son nuestras actuales urgencias que hacen necesario una y otra vez reconstruir ese pasado reciente.

Frente a esto tenemos ciertas certezas en el presente: la democracia moderna ha sido una promesa fallida de la modernidad y la recuperación democrática chilensis no es la excepción. Así, la democracia se ha construido con menciones y silencios, con la imposibilidad o la no intencionalidad de construir un relato que permite establecer la verdad y justicia frente a lo ocurrido. Hoy tenemos nuevas promesas, cerrar Punta Peuco y desclasificar el Informe Valech I, promesas que de acuerdo con la dinámica democrática podrán traducirse en anuncios no concretados o en procesos parciales, donde el cierre y la desclasificación, probablemente hagan carne los dichos de Aylwin “en la medida de lo posible”.

Otra certeza es que la máquina arrasadora del capitalismo ha avanzado hasta el extremo. Hay una suerte de descontrol en los procesos a pesar de que el poder tienda a concentrarse en cada vez menos sujetos; hoy es difícil predecir. Las grandes catástrofes ambientales; el aumento de la violencia, particularmente contra las mujeres y la infancia; los procesos de automatización y el desarrollo tecnológico ligado a la vida, hacen evidente una crisis del estar humano.

Por tanto, frente a la fallida democracia y frente a la crisis de lo humano, existe la necesidad de preguntarnos, ¿cómo recuperamos la vida y los proyectos colectivos?

Quizás esa sea la pregunta que nos inquieta el cuerpo, que nos impone urgencias. Ojalá pudiéramos interrogar al pasado, a ese pasado donde miles fueron parte de la construcción de proyectos alternativos, de proyectos profundamente rebeldes que no aceptaban las penumbras que imponía lo injusto. ¿Cómo se construye esa rebeldía colectiva, ese estado en que lo político era la posibilidad de apostar por propuesta, por ideas, por realidad emancipada?

Entonces, la reconstrucción de la memoria histórica, colectiva con carácter político, se hace evidente como un ejercicio absolutamente consciente, que sopesa la importancia del pasado en tanto impulso para la construcción de lo que se viene; que nos interpela y nos instala responsabilidades, dado que la historia y su devenir supone seres actuantes capaces de romper las lógicas establecidas para proyectar las transformaciones necesarias y urgentes.