Desde que el día 30 de agosto se conociera de la activación de un huracán de proporciones gigantescas, la cobertura mediática de la prensa nacional, sobre todo los canales de televisión, apuntó sus cámaras hacia el sur del estado de La Florida en Estados Unidos. Dicha decisión editorial presenta una particularidad insoslayable. Nada dijeron los medios respecto de los otros diez (sí, DIEZ) territorios afectados, algunos incluso donde la devastación llegó a ser del 90% de las carreteras e infraestructura pública, como consignó el diario El País.

La irrupción de un fenómeno climático como éste, además de ser devastador, nos presentaba una oportunidad inmejorable para discutir respecto de las condiciones, generadas por la acción humana, que favorecen la emergencia de este tipo de eventos climatológicos. Nada de eso vimos en las pantallas de nuestros noticieros. Los científicos invitados centraron sus análisis en la trayectoria, la velocidad de los vientos y los efectos provocados, todos datos que  caen en la categoría de lugares comunes. Incluso hubo una suerte de competencia no declarada, respecto del canal que era capaz de poner en pantalla la infografía de estética más moderna. De culturizar al televidente, entregar alguna enseñanza o incluso generar conciencia, nada.

La fijación con Miami, donde el huracán llegó en categoría 4, rayó el absurdo. Desde 3 días antes de que Irma tocara suelo gringo, ya había equipos de prensa desplegados, alabando los planes de emergencia o resaltando las bondades de la evacuación de 6 millones de personas. Mientras eso se mostraba en nuestra tele, en Bahamas el huracán destrozaba todo a su paso, desplegando su máxima potencia.

Es interesante poner el ojo sobre esta situación. Los canales de televisión dependen, en su mayoría del avisaje y los fondos que los auspiciadores entregan, todo ello enmarcado en un cruel duopolio comunicacional que en Chile desplega su poder en la mayor impunidad. Por tanto, y esto es lo más significativo, al televidente le interesa más lo que ocurre en Miami, con su Palm Beach o Key Biscaine, que lo que pueda pasar en Saint John’s, capital de Antigua y Barbuda.

Es mejor observar en vivo y en directo el furioso remecer de las icónicas palmeras de Lincoln Road, en vez de gente arrancando con lo que pudieran salvar de sus casas en una humilde callejuela de Puerto Príncipe, en Haití. Mostrar un par de negritos cubriéndose del viento, en barrios pobres de las islas del Caribe, por muy huracán Irma que sea, no genera interés en los televidentes chilenos, y sin interés no hay rating, y sin rating el dinero no es tan generoso.

Al chileno del neoliberalismo le interesa sobremanera todo lo que se acerque a la cultura exportada por el Tío Sam, con Hollywood como brazo armado de la propaganda post guerra fría. Profundamente arraigado en la sociedad chilena post dictadura, se encuentra la visión, elevada a la categoría de paradigma, del éxito y el lujo ostentoso que el país de Trump es capaz de transmitirnos.

Miami siempre ha operado en el inconsciente colectivo de la clase media aspiracional chilena, como el objeto de deseo de todo aquel que quiera participar en la fiesta del “nuevo Chile”, ese de la fiesta del crédito y donde tener dinero es más importante que tener moral.

Ese Chile donde las familias de escasos recursos, reclaman porque “les quieren quitar la posibilidad de pagar por la educación de sus hijos”, porque si el colegio es caro y tiene nombre en inglés, es garantía de status y roce. En esta lógica, no pocas familias se han endeudado por tres veranos, para disfrutar de uno en las playas de Brickell Point.

Finalmente, todo este episodio mediático, debiera instalar la reflexión, una vez más, respecto del rol de los medios de comunicación masiva en el tratamiento de noticias de impacto global como esta. En esta pasada, renunciaron a la noticia, con todas las aristas que Irma podría tener, para entregarse al show comercial del Miami Lover Chilensis.


Licenciado en Ciencias Políticas y Periodista