1.

En el siglo XII uno de los mas reputados juristas y asesores del califato de Córdoba, Abu-L-Walid Ibn Rushd, conocido en el Occidente latino como Averroes, escribió una fatwa o respuesta jurídica frente a una consulta que, para esa época yacía como una problemática política: ¿es compatible el islam con la filosofía? Los teólogos de la época sostenían que no y que, si bien había que usar algunas cuestiones clave de la filosofía como la lógica, según había resuelto Al Gazhali un siglo antes, no había que seguir su “metafísica” puesto que inevitablemente conducía a la herejía.

Siguiendo los trabajos previos de Al Farabi, Averroes enfrenta a los juristas y teólogos de su entorno distinguiendo tres términos: la filosofía como discurso racional de corte aristotélico, la religión (sharia) que no es más que la vía para la salvación (no una ley estatal como suele considerarse) y la teología (el kalam) que es una especulación racional y dogmática sobre los preceptos de la revelación quránica.

En este contexto, Averroes propone una tesis políticamente crucial que, posteriormente, tendrá una enorme influencia en el pensamiento occidental: la teología debería ser expulsada de la esfera pública porque su presencia divide al pueblo en diversos sectarismos, conduciéndolo hacia su guerra civil (fitna). Los teólogos embaucan al pueblo, y lo conducen hundiéndolo en un faccionalismo que carece de cualquier salida y que se despliega como guerra civil (fitna).

Para la expulsión de los teólogos de la esfera pública Averroes no sólo debe considerar que la filosofía debería ser permitida por el islam, sino además, obligatoria dado que la verdad quránica revelada al pueblo en su totalidad y la verdad filosófica privativa de una élite, no son dos verdades diferentes, sino una misma verdad. Revelación y especulación, fe y razón serán, para Averroes, parte de una misma verdad.

Una revelación no teológica comparte los principios de verdad con la filosofía. Así, el gesto político de Averroes consistirá en liberar al Qurán de la interpretación teológica, sustrayéndolo como su fuente de legitimación, y volviendolo conciliable a la filosofía antes que a cualquier teología. El teólogo queda sin el texto que dice defender y al que ya no puede referir dogmáticamente. Queda hundido en el lodazal de un dogmatismo sin fundamento, porque la revelación quránica (la sharia), ha encontrado en la filosofía y no en la teología, a su verdadera y única, “hermana de leche”.

Así, lejos del teólogo que capturaba a Dios y al Qurán, haciendo del primero poder decisionista y al segundo un texto culpabilizante, Averroes restituye su respectivo carácter común, abriendo el curso al ethos en el que el pueblo puede ceñirse a Dios y al Qurán sin necesidad de la mediación teológica.

2.

Según la tradición de la jurisprudencia malikí, Averroes denominará a la crítica bajo el término iytihad que, perfectamente podríamos traducir en la fórmula kantiana del “uso público de la razón”. Con ésta, la crítica averroísta abrió las posibilidades para la expulsión de la teología de la esfera pública. Thomas Hobbes en el Leviatán o el joven Spinoza en el Tratato Teológico-Político, seguirán la estela “averroísta” de manera diversa, pero rescatando el meollo de su proyecto civil: que la esfera pública no puede ser colonizada por la teología. El averroísmo se dirige, sobre todo, contra la “teología”  y no contra la “religión”, contra la razón de la obediencia y no contra el ethos de la ciudad.

Hoy, el peligro entrevisto por la tradición averroísta se ha expresado en el fascismo exhibido en el Te Deum evangélico. Los teólogos han colonizado la esfera pública y no la religión. El pensamiento “laico” se ha apresurado a sancionar a la “religión” como si fuera un conjunto homogéneo sin comprender que el problema no ha sido jamás la religión sino las lecturas astutas y llenas de pasiones tristes proveídas por los teólogos. El discurso laico no advierte el matiz que distancia a la teología de la religión, el abismo que hay entre el dogma de la imaginación popular. Y, sin embargo, ello se debe a que el cristianismo -en particular el catolicismo– unificó una lógica vertical de corte teológico con otra de tipo horizontal de carácter religioso. Así, cuando los supuestos “laicos” critican a todas las religiones por igual, tendrían que notar que, en su gesto, reproducen la estructura cristiana que no distingue entre uno y otro y que hace de la religión una teología, cooptando sus formas para fortalecer las estructuras del poder.

Y nótese que la famosa frase de Karl Marx según la cual la “religión es el opio del pueblo” que frecuentemente se usa para dar aires de radicalidad, en rigor, está sacada de contexto e incompleta puesto que su afirmación es la siguiente: “La miseria religiosa es, por una parte, la expresión de la miseria real y, por otra, la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura agobiada, el estado del alma de un mundo desalmado, porque es el espíritu de los estados del alma carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo.“El propio Marx reconoce en la religión dos lados: por un lado, la expresión de la miseria material y, por otro, la protesta contra esa misma miseria. En cuanto “opio” no significa que simplemente alienación, sino también, posibilidades de emancipación, enclavadas en la protesta que se juega en cada religión y que, podriamos decir, el discurso teológico intentará silenciar. El “opio” como la religión tiene una doble faz de la que Marx es perfectamente consciente y que, por tanto, admite una lectura que, como han hecho las teologías de la liberación, rescata la dimensión subversiva de la religión.

La distancia entre teología y religión advertida por el averroísmo, es la que hoy parece haberse vuelto insoportable para la pequeña-burguesía planetaria que requiere del terror y la culpabilización permanente para gobernar (donde ya no es la culpa, sino la deuda la que forma parte de su juego, tal como asume el término alemán schuld usado sobre todo por Nietzsche y posteriormente por Benjamin).

En efecto, si la época contemporánea fue concebida por Walter Benjamin bajo la fórmula del capitalismo como religión (no como una religión secularizada, sino como una nueva religión) es porque las religiones precedentes (judaísmo, cristianismo, islam) experimentaron mutaciones sustantivas en orden a adaptarse parasitariamente a la nueva y hegemónica religión. Aquello es porque las formas hegemónicas de las respectivas religiones son expresión de las capturas teológicas y sus dogmas que le hacen converger con las formas de la nueva religión capitalista.

Si el capitalismo terminó siendo una religión es porque se nutrió a las diversas teologías para clausurar la promesa de salvación acentuando al dispositivo de culpabilización (endeudamiento). Y si hoy un Te Deum vuelve a exponer con desparpajo al fascismo que creíamos cosa del pasado, es simplemente porque las religiones siguen al mando de teólogos que reciben sus míseros salarios del nuevo capitalismo corporativo-financiero impuesto por Pinochet. No queremos a los teólogos en la esfera pública, porque, tal, como advirtió Averroes, éstos no hacen más que destruirla. Mas bien, necesitamos una revitalización de una religión como un ethos popular de creación imaginal.


Académico, Universidad de Chile