Desde hace dos años, el court central del Estadio Nacional tiene una placa recordatoria que honra el nombre de Anita Lizana, la mejor tenista chilena de todos los tiempos. El mismo día que se oficializaba el nuevo nombre del coliseo tenístico era también el centenario de su natalicio, hito que, salvo excepciones, fue prácticamente ignorado por los medios criollos.

A las nuevas generaciones les cuesta dimensionar el peso de esta deportista que paseó el nombre de Chile por los mejores torneos del mundo, sacudiendo el sino derrotista del deporte nacional a punta de logros que están a la altura de las máximas proezas de Marcelo Ríos, Fernando González o Nicolás Massú y que solo podían disfrutarse a distancia y con el desfase que permitían las comunicaciones en las primeras décadas del siglo XX lo que hace de ella un héroe casi mitológico en la historia del tenis nacional.

Todo parecía predestinado en la vida de Anita Lizana. El solo hecho de haber nacido el 19 de noviembre de 1915 en una casa ubicada al lado de una cancha de tenis en la Quinta Normal, el club Detscher Sport Verin de la colonia alemana, fue un presagio de su futuro. Y no podía ser de otra manera: con un papá y un tío tenista, la jugadora tenía pocas opciones de no tomar una raqueta.

Anita tuvo cinco hermanos  (Clotilde, Loreto, Ricardo, Roberto y Juan) con quienes entrenaba desde el amanecer hasta la noche, ya que sus únicos juguetes eran raquetas y pelotas. Anita fue precoz desde un comienzo. En 1929, ya era campeona nacional en adultos, con sólo 13 años, mientras que, a los 17, con fantásticas actuaciones en Argentina convenció a todos de que podía estar entre las mejores del mundo, surgiendo casi de inmediato el deseo colectivo de que llegara a las canchas de Europa.

Dos años después, en 1935, se programó una colecta que finalmente recaudó 120 mil pesos de la época, una fortuna similar a lo que costaba una casa en la exclusiva calle República. Así fue que a los 19 años se embarcó en la aventura de su vida.

Anita jugaba de fondo de cancha, era una gran devolvedora y resistía hasta los intercambios más agotadores. Pese a su metro y 59 centímetros de estatura, voleaba sin problemas y no tenía inconvenientes para irse a la red cuando jugaba en pasto. La velocidad de piernas fue su sello y permitió que un ocurrente reportero la bautizara con el apodo de “Ratita” por su rapidez en el court.

Otras efemérides con sentido trágico como el Golpe de Estado de 1973 y el atentado a las torres gemelas de Nueva York en 2001 han postergado injustamente una fecha que para el deporte chileno es significado de máxima gloria. Porque ese mismo día 11 de septiembre que el mundo recuerda los episodios de brutal violencia que abrieron heridas que no cicatrizan del todo, la chilena maravilló al mundo con su raqueta hace 80 años, en 1937, al conquistar el título de Forest Hills, como era llamado antiguamente el US Open, uno de los cuatro torneos del Grand Slam. En un campeonato redondo, donde la tenista de 22 años arribó a la final sin perder un solo set, Anita batió con facilidad a la polaca Jadwiga Jedrzejowska, por 6/4 y 6/2, emoción que incluso la llevó a desmayarse durante la premiación. El triunfo dio la vuelta al planeta y la consagró como la número uno del ránking mundial, provocando una verdadera revolución en el país.

Tras su conquista regresó a Santiago con sentimientos encontrados. Volvía a casa para recibir los homenajes por su proeza, como lo atestigua la cariñosa recepción del presidente Arturo Alessandri en La Moneda y su salida al balcón para perpetuar un ritual que después se popularizó con las grandes figuras del deporte chileno. También venía a despedirse, porque se iba a casar con Roland Ellis, el segundo jugador en el ránking de Escocia, y pensaba radicarse definitivamente en el Viejo Continente. Anita se radicó para siempre en Dundee, la tercera ciudad escocesa en importancia, donde su marido, que no permitió que la Ratita se hiciera profesional, amasó una importante fortuna como único comerciante de carbón del lugar. Ellis murió de un paro cardíaco en 1978, a los 63 años. Años más tarde la chilena se trasladaría a Londres.

La última visita de Anita al país se produjo en 1989, con motivo de un torneo internacional senior en Viña del Mar. El 21 de agosto de 1994, poco después de haber comentado al desaparecido diario ‘‘La Época’’ que era ‘‘fantástico’’ que en Chile hubiera surgido un ‘‘niño talentoso’’ como Marcelo Ríos, la ex tenista chilena falleció en Sutton, Inglaterra, afectada por un cáncer al estómago. Ninguna de sus tres hijas se dedicó al tenis.

Las grandes hazañas de Anita Lizana fueron golpes liberadores para la mujer chilena de esos años. En la primera mitad del siglo XX desafió, sin dimensionarlo, la manera de pensar de la sociedad chilena de la época, cuando se consideraba que una mujer preocupada de la cultura física era poco femenina. Para el concepto machista de la época la mujer “no transpiraba”. Ella venció esos prejuicios transformando su juego de niña en su profesión. En lo personal, su mayor logro fue doblegar la rigidez de su padre que a regañadientes aceptó que fuese tenista profesional.

Sus méritos deportivos que le permitieron conquistar el mundo con una raqueta y ser la primera gran embajadora del deporte nacional la convierten de seguro una las mujeres más notables en la historia de Chile, no solo porque conquistó un título del Grand Slam (hecho único hasta la fecha) , sino porque puso en otra condición a la mujer chilena , que en su época de máximo esplendor ni siquiera tenía derecho a voto en el país. De alguna forma y sin buscarlo, para la reivindicación de su género fue una “rebelde” de su tiempo. Para nuestro deporte, la más grande de todos los tiempos.


Periodista, autor de los libros “La Historia del Tenis en Chile 1882-2006” y “Grandes Historias del Tenis chileno”