Los procesos desarticuladores de nuestra sociedad, la falta de participación en debates y espacios de intercambio de saberes, la precarización de nuestra cultura y el proceso colonial de nuestra educación han descompuesto relaciones y acciones sociales comunitarias elementales para un desarrollo humano democrático e identitario con sentido social, educativo y valórico, situación que deja a la infancia desprotegida culturalmente ante el hecho de que sea su propia formación educativa la que trasmite saberes foráneos sin mayor juicio crítico, y por ende de escaso saber local.

La tendencia hegemónica ha impuesto una dimensión de sociedad con resistencias culturales, sociales y educativas, siendo el sistema educativo y la escuela tradicional criticada por la reproducción de prácticas en sintonía con categorías dominantes.

Esta crítica ha dado pie al abordaje de diversas dimensiones de acción educativa en busca de cambios de mentalidad y actitud. La Ley General de Educación (LGE) da cuenta de la existencia y distinción entre la educación formal y no formal: la primera es estructurada, sistemática y secuencial, conformada por niveles y modalidades; y la segunda entendida como proceso formativo a través de un programa sistemático, posible de ser evaluado, reconocido y verificado como un aprendizaje de valor. Atravesadas por la educación informal a partir del proceso vinculado a nuestro desarrollo personal en la sociedad, ambas manifiestan distinciones con implicancias para quienes educan  y se educan.

En nuestra sociedad exacerbadamente neoliberal, la educación formal representada en la escuela tradicional pareciera estar cooptando posibilidades de acción educativa a partir del cumplimiento y exigencias curriculares, procesos instituidos sin mayor crítica al desarrollo de la acción educativa. En otra perspectiva, la existencia de la educación no formal pareciera ocupar un lugar preferente de acción participativa. Lo instituido existe, pero pareciera dialogar con lo que ella presenta en su cotidianeidad: buscar encuentros, espacios de acción, creación, protesta y propuesta política. Me atrevo a decir que deja en deuda a la educación formal, que vemos muy representada con grandes muros y rejas, apartada de su espacio local.

La educación que sale de lo tradicional representa una corriente contra hegemónica de la cultura dominante como formas de acción política, a través de movimientos sociales y comunitarios, que deja surgir alternativas de escuela como territorio de perspectiva crítica y política, en la emergencia de movimientos educativos, culturales y pedagógicos. Una educación representada por sujetos, hombres y mujeres conscientes de su acción en la sociedad.

De esta manera, se habita lo comunitario, testimonios y conjunciones de acción como conjunto de saberes compartidos de crianza, de juegos, patios, calles, plazas; cotidianeidades y costumbres que hacen la diferencia. Este refugio refiere a un núcleo necesario de vida social y vínculos solidarios importantes para la vida de los niños y niñas. Conocer y protagonizar la cultural local es un derecho humano. Su vínculo es una forma de integración social y sentido de vida. Los que han vivido desplazamientos forzosos de sus comunidades lo hacen patente y se agrupan para una nueva comunidad. Vivir la comunidad se transforma en un espacio sublime de vida.

Por ende, hacer escuela con y en comunidad es sustento necesario para construir e intervenir en el mundo, porque la educación de niños y niñas construida desde el conocimiento comunitario permite develar concurrentes atributos de participación, de expresión y creación. Por ello, pensar lo local es pensar en un espacio y tiempo real que acontece aquí y ahora, es la diferencia, es la oposición a la visión dominante etnocéntrica, a una relacional; que reconozca la diferencia, sus heterogeneidades, sus gustos, sus espacios, sus niños y niñas, sus jóvenes, sus adultos, sus abuelos y abuelas, que permita de esta forma, comprender y actuar mejor en este mundo, hacerlo más humano.

Pensar lo local en relación con la infancia implica reconocer un acontecer cotidiano valiosamente diferente a lo que la cultura dominante pretende elogiar en el niño o niña. Una escuela tradicional subsumida en la adulta efeméride sin sentido contextual. Pensar lo local es tener presente un vivir cotidiano donde se expresa la necesidad y la exigencia de nuestras acciones; tenerlo presente comporta profundas adaptaciones y renuncias. Lo local es pensar en lo biocéntrico, en conexión e interacción con el sistema viviente, abierto y en movimiento. De esta forma la educación desde lo local es el intercambio veredal de cohesión y trabajo colectivo.

El punto de partida es asumir una educación como núcleo de encuentro, como territorio de llanura comprensiva y dialogante con la calle real a la que pertenece, como punto de entrada en su incidencia en el espacio público. Reconociendo a las comunidades, su riqueza, sus fragmentaciones y potencialidades, estamos dando pasos en la construcción significativa de nuestra identidad. Tomarnos los espacios de la comunidad donde se vive, haremos presente, consciente, visible y plausible un vivir crítico y en comunidad. La cultura y la experiencia sin sintonía se desvalorizan y pierden sentido.

Más que una forma de educar, se habla aquí del educarnos, de valoración del conocimiento. Debemos derribar los estereotipos dominadores de cultura, debemos derribar la ignorancia local y construir nuestras propias categorías identitarias. En este territorio educativo-comunitario, las narraciones locales constituyen un sinnúmero de biografías como sustrato de registro memorial. La escuela y su comunidad, que vive y se reconoce parte de la cultura local, se hacen fuertes y, en tanto memoria e historia, se convierten en un lugar virtuoso de aprendizaje y de vida.


Académica Departamento de Educación, Universidad de Chile.