Esta semana Fernando Karadima fue ingresado de urgencia a la clínica de la Universidad Católica. Algunos estudiantes protestaron de inmediato la atención otorgada por la institución médico-religiosa, desplegando un lienzo que decía: “Aquí atienden a violadores y no a mujeres violadas”. Dicha acción no tenía por objeto que Karadima muriera en la sala de espera de la clínica, sino, más bien, recalcar una cierta incoherencia al momento de hablar de la objeción de conciencia.

En este sentido, ¿cuál es el uso o propósito de la objeción de conciencia? En términos generales, ésta se refiere a la moral y valores propios del médico, quien puede rehusarse a realizar un procedimiento a alguna persona cuando atenta contra sus valores personales.

Si aceptamos que la moral personal de los doctores se coloca sobre los cuidados que le pueden entregar al paciente (a lo cual me referiré más tarde), el caso de Karadima plantea una pregunta sobre, precisamente, esa moral: ¿Por qué la clínica de la UC no se negó a darle tratamiento a un violador, pero negará, como ha anunciado, la atención a niñas y mujeres que soliciten interrumpir un embarazo producto de violación?

Los doctores de la UC nos dicen que creen que cuando realizan un aborto “están atentando activamente contra la vida de un ser humano”. En el caso de no atender a Karadima, no estarían atentando contra su vida de manera directa, sólo no le darían tratamiento. Entonces, para los doctores de la Universidad Católica salvar la vida de un violador (de niños, nada menos), no contradice sus principios éticos y morales.

Pareciera ser, por lo tanto, que el doctor puede ignorar sus nociones éticas y morales en algunos casos, pero que en otros puede juzgar a partir de ellas a quién dar o no tratamiento. No puede sorprendernos, pues, que sectores estudiantiles reaccionen con molestia frente al doble estándar de moral exhibido por la clínica.

En este punto, cabe recalcar la posibilidad de objeción. Se podría decir, respecto a lo que se ha venido elaborando, que la comparación establecida es falaz, ya que intenta igualar dos casos que son distintos. En uno es una objeción basada en la persona a quien se le niega un servicio, y en otro sobre el procedimiento que atenta contra la conciencia de las personas. Sin embargo, el problema aquí es que en ambos casos (Karadima/aborto) la pregunta es la misma: ¿Hasta dónde permitimos la intervención de la moral en la entrega de un servicio como lo es el de la salud?

Suponer que la moral del doctor puede afectar los servicios que le da a su paciente es una brutalidad. Como persona de izquierda, creo en la salud para todos como un derecho garantizado. Es por esto que creo que no debería negarse tratamiento a nadie, ni siquiera a una persona tan nefasta como Karadima. Que un médico rechace y repudie los actos y conductas de una persona no justifica negar el tratamiento que necesita. Como un amigo médico me dijo, “mis propias ideas o valores no pueden hacer que uno vaya contra el ‘acto médico’”.

Pero, entonces, ¿por qué negarle a una mujer un servicio que será legal en tres causales específicas? ¿No es parte del mismo ‘acto médico’ asegurar el bienestar físico y psicológico de la persona, en la medida de lo posible? ¿Es acaso el tratamiento para el médico? No, los médicos son para los pacientes y no los pacientes para los médicos. Por eso el que la moral de cada doctor, personal de salud o incluso institución, pueda interferir en la calidad del servicio que recibo, en la atención que me dan, las opciones que me ofrecen, entre otras cosas, va en contra del acto médico, y restringe en gran medida el acceso a salud que me es posible.

Entonces, si instituciones como la Universidad Católica quieren que la ciudadanía les crea que sus médicos actúan en base a sus valores y que esto no interfiere en su labor como médicos, necesitan tener una mayor coherencia en sus actos, y reconsiderar su postura respecto al aborto en tres causales.