Martes 12, por la tarde. Faltan tres días para que los chilenos y chilenas inauguren cuatro días de frenesí a base de música, asados, amigos y familia. Las Fiestas Patrias están a la vuelta de la esquina y en el bar Las Tejas se percibe el ajetreo de la cuenta atrás. Meseros, cocineros y administradores llevan días organizando los preparativos para acoger la multitud que desde el viernes desfilará por el local de San Diego.

Cristian Lira da instrucciones, atiende a proveedores y resuelve imprevistos arriba y abajo. El administrador del Las Tejas recibe a El Desconcierto en plena ebullición dieciochera.

Ese ingeniero en márketing, lleva desde los 18 años –hoy tiene 46– al frente de uno de los locales más emblemáticos de la capital, que ha atraído a reconocidos personajes del mundo político, artístico y cultural del país como el ex presidente Eduardo Frei Montalva, y su camarada Bernardo Leigthon, el poeta Pablo de Rokha o el escritor Francisco Coloane.

Con una quincena de trabajadores a su cargo, se encarga de reinventar el local para que nunca llegue a pasar de moda, para que no quede obsoleto ni vacío, relegado al recuerdo de aquello que “el Palacio del Terremoto” un día fue.

Cristian Lira

Cristian Lira

Los orígenes en San Pablo

Las Tejas llegó a San Diego en los años 70, en pleno apogeo de la bohemia santiaguina, cuando el comercio y la entretención nocturna marcaban el día a día del barrio. Eran tiempos en que los grandes letreros luminosos de los teatros Caupolicán, Cariola y Roma se disputaban el protagonismo de la avenida, anunciando sus concurridísimos espectáculos de revista, cabarets, zarzuelas o musicales. El bar-restaurant se emplazó, entonces, en el número 236 de la calle, en la sede del teatro Roma.

teatro roma

Foto: Comité de Desarrollo Barrio Arturo Prat – San Diego

Sin embargo, las historia de Las Tejas se remonta a 1920 unas cuadras más al norte, en la calle San Pablo, cerca del “Barrio Chino” de Mapocho, donde nació como una chichería popular en el sector de Santiago Centro. Así fue hasta que en 1940, según fecha el actual administrador, un incendió la destruyó.

La nostalgia y la porfía de resignarse a ver el establecimiento cerrado, llevó a un reportero gráfico del diario “El Mercurio” a recuperarlo. Leoncio del Canto Zamora, alias “Caruso”, vendió prácticamente todos sus bienes para volver a levantar Las Tejas, que abrieron nuevamente sus puertas, esta vez en una casa colonial de la avenida Nataniel Cox, a tres cuadras de la Alameda. Después de décadas, el local cambió de dueños y de ubicación, y fue la familia Lira Durán la que se hizo cargo del local.

Tampoco la dictadura y su estricto, y atemorizador, toque de queda lograron bajar la persiana de Las Tejas. El administrador recuerda como varios políticos de la época llegaron a comentarle que “era el único lugar donde podía convivir bajo el mismo techo gente de las Fuerzas Armadas y gente de izquierda en reuniones diferentes”.

Hasta que falleció, en 1986, Adolfo Lira, que había estado al frente de otros restaurantes, dirigió el negocio familiar. Pese a que su mujer, Rebeca Durán, asumió entonces la responsabilidad, desde 1990 es su hijo Cristian quien lleva el mando del comercio, que ya se había ganado buena fama y reconocimiento por las variedades de pipeño y chicha y la devoción que le tenían sus comensales. que, en muchos casos, se ha traspasado de generación en generación: “Hay gente muy fiel al local, clientes que ya venían los abuelos, luego vinieron los papás, los nietos y ahora vienen los bisnietos”, dice el gerente.

Cuna de la nueva cumbia chilena

Los asiduos de Las Tejas destacan la comida, la música en vivo, el carrete y la tradición chilena que el local ofrece:  “El público nos ha reconocido como un lugar histórico chileno”, narra Lira.

La picada ha ido evolucionando en los últimos años, adaptándose a los cambios sociales, políticos y económicos del país. De un público mayoritariamente masculino, de oficina y del ámbito de la construcción, se consiguió atraer también a la clientela femenina: “Del 90 a esta parte, mejoramos baños e infraestructura y se abrió un poco más el público; y a partir de los 2000 empezó a llegar la gente más joven”, precisa el gestor.

El cambio más visible llegó cuando el local decidió convertirse en altavoz de la cumbia chilena. Lira recuerda como la idea de traer a bandas en aquel entonces desconocidas partió con la finalidad de entregar a los músicos un espacio para promover la autogestión: “Me gustaba mucho la música y tuve la oportunidad de recibirla acá. Ellos tocaban y nosotros les pasábamos [los beneficios de] la puerta y las barras”, detalla.

En Las Tejas partieron la mayor parte de los grupos de cumbia chilena que por estos días trabajan más que nunca tocando sus ritmos de fonda en fonda. Pocos habían escuchado a Chico Trujillo cuando en 2006 tocó en el escenario de Las Tejas ante poco más de 200 personas. Aunque para la mayoría era un completo desconocido, Cristian Lira, que sí sabía quién era, decidió abrirle Las Tejas. A partir de ahí, empezaron los shows de muchos de los grupos que hoy congregan a miles de seguidores, como La Combo Tortuga, Santaferia, Villa Cariño o La Banda Conmoción, entre muchos otros.

“Los artistas valoran mucho este espacio por la cercanía con el público, porque dicen que es igual que un estadio, como La Bombonera, que el público está encima y corea las canciones”, presume Lira.

Siguiendo esta misma filosofía, ante la aparición de nuevos movimientos musicales, el gerente decidió ahora reservar la tribuna de Las Tejas para las nuevas bandas emergentes. Así, los días jueves los grupos de nueva creación tienen un espacio reconocido desde el que llegar al público y darse a conocer.

Identidad culinaria

Fue el actor y folclorista Daniel Muñoz, protagonista de varios “cuecazos” en Las Tejas, quien bautizó al local como “El Palacio del Terremoto”. De hecho, esa mezcla de pipeño con helado de piña se ha convertido en uno de los tragos más demandados de estos días, relegando a un segundo plano los elixires más tradicionales que servía el bar.

La asociación del bebestible con el restaurant es tal que la dirección creó el Festival del Terremoto, uno de los eventos musicales más relevantes de la cumbia chilena con el que en cinco ocasiones han logrado llenar el Teatro Caupolicán.

La familia Lira Durán apostó también por introducir a la carta la cocina tradicional chilena, más allá de los clásicos sándwich que desde siempre ya servía el local. Platos como el costillar, la cazuela de vacuno, los porotos o el pollo asado pasaron a ser parte de la oferta que conserva hasta hoy. “La maestra de cocina trabaja acá desde el año 1974 y cocina con las recetas de la familia”, sostiene Cristian Lira.

Pero si hay un testimonio de gran valor en la historia de Las Tejas es el de Ramiro Anrique, quien desde hace 32 años trabaja como mesero y las ha visto de todos los colores. “Los días viernes llegaban muchos obreros de la construcción y sacábamos 4 o 5 parrillas por mesa. Comían acá y ya no regresaban a la pega. Abríamos de 8 de la mañana a 1 de la noche y estaba lleno todo el día”, recuerda. “Antes el arrollado, el pernil, las pichangas y las parrilladas eran los platos estrella, junto con el jarro de chicha o de pipeño. Ahora las cosas han cambiado mucho y todos terminan pidiendo la chorrillana, que es un invento del puerto”, relata.

Ramiro Las Tejas

Ramiro Anrique

Hacia el centenario

Como todos y todo, Las Tejas tiene que reciclarse constantemente si quiere llegar a cumplir un siglo de vida. Entre los proyectos inmediatos, Lira trabaja para sacar la patente de restaurante turístico y salón de baile, para tener más visibilidad, sobre todo en las guías turísticas de Chile.

El gerente niega que el turismo pueda eclipsar la identidad del negocio porque, dice, “en el fondo, ya es un espacio turístico, siempre lo ha sido”. Tampoco quiere sacar provecho de los vínculos que algunos han querido establecer entre el local y la recién popularidad de la cultura guachaca. Lira asegura sentirse lejos de todo esto y opina que son solo estrategias comerciales. “Nunca nos han considerado ni en la Cumbre Guachaca ni en ningún otro evento por el estilo”, asevera.

“Nosotros tenemos nuestra propia identidad y hemos de recorrer nuestro propio camino”, expresa con convencimiento. Un camino, el que va dibujando Las Tejas, que aúna gastronomía y música bajo el paraguas de la tradición y cultura chilena. “Queremos convertir a Las Tejas en patrimonio cultural, queremos que sea un restaurant cultural gastronómico, un espacio donde ir a mostrar tu arte (música, exposiciones, etc.)”, explica.

El pasado 5 de agosto, el Teatro Caupolicán se llenó de amigos y conocidos del bar que quisieron celebrar, junto con una decena de bandas dela nueva cumbia chilena, su 97º aniversario. Con ánimo de llegar a las tres cifras, el local se renueva de la mano del arte, en su sentido más completo.

Nuevos aires llegan a San Diego, pero estos días la marcha se detiene para dar prioridad a la tradición, y que este dieciocho se respire la esencia más genuina en el salón de los murales.