No hay cuerpo sin inscripción que lo narre, no hay cuerpo sin una norma que lo escriba”
-Alejandra Castillo

Por una educación no sexista es el lema o consigna con que se nombran las acciones, actividades y programas de formación o capacitación que se proponen contrarrestar las consecuencias normalizadoras y naturalizadas de una educación sexista que expresa y refleja la sociedad en que vivimos, la cual nos (de)forma en función de ciertas identidades y relaciones necesarias para su existencia y reproducción: la relación binaria jerárquica hombre-mujer, base y andamiaje de la sociedad patriarcal.

“Una educación sexista es aquella en que existe una clara y rígida división entre lo que se espera de los hombres y de las mujeres de acuerdo a las generalizaciones o estereotipos presentes en una sociedad o cultura determinada. Es decir, una educación basada en los estereotipos de género“.

Para Sofía Devenir, historiadora y activista transfeminista, la educación no sexista “no significa la simple igualación de los géneros en el aula, sino que encarna una transformación integral. Educación no sexista es una reparación social frente a los efectos nocivos que la dictadura sexual ha dejado en nuestras corporalidades. La familia, la escuela y el binomio Estado-Mercado son dispositivos de control del régimen político que es la heterosexualidad“.

Hablar de educación sexual es hablar de campos en disputa donde chocan visiones encontradas, irreconciliables, así como de las sensibilidades y conocimientos existentes al respecto, como se puede observar en los tres ejemplos siguientes de situaciones y realidades en el Chile de 2016 (eppur si muove, habría que decir, “y sin embargo, se mueve”[1]):

1. La derecha en el Congreso se opuso recientemente a promulgar la ley de identidad de género mediante la cual los menores de 14 años de edad podrían decidir su identidad. Hasta hace poco, profesionales de la medicina son los que frecuentemente han decidido desde el autoritarismo violento de la acción normalizadora, en qué dirección binaria intervenir sus cuerpos. En 2015, el Comité de los Derechos del Niño de la ONU le expresó al Estado de Chile su “preocupación por las limitaciones del ejercicio del derecho a la identidad que sufren los niños homosexuales, bisexuales, transgénero e intersexo”. En sus recomendaciones explicita que Chile “adopte las medidas legislativas, normativas y administrativas necesarias” [para que] “se reconozca el derecho a la identidad de los niños homosexuales, bisexuales, transgénero e intersexo, y en particular la identidad de género de los niños transgénero”. Las actuales organizaciones de niñes trans expresan una realidad invisibilizada hasta ahora.

2.- Una mujer indignada compartió en redes sociales la circular que recibió anunciando “el inicio de talleres divididos por género en la escuela de Maipú donde estudia su hijo: a las niñas les pedían llevar juguetes que emularan útiles de aseo, mientras los niños tenían que ir vestidos de futbolistas“.

3.- Una niña de 11 años denuncia segregación de género y postula al Instituto Nacional, reconocido establecimiento educacional solo para hombres (bio-hombres: nacidos ‘machos’ según sus órganos sexuales).

La desigualdad entre géneros es una realidad de larga data que reproducen diversas instituciones socializadoras como la familia, la escuela, las religiones y los medios de comunicación. En Chile son recientes los procesos políticos que comienzan a oponerse en forma explícita al sexismo en la educación. En septiembre de 2016 varios colectivos feministas y la Secretaría de Sexualidades y Géneros de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (Fech), entre otras organizaciones, realizaron el Primer Congreso Nacional por una Educación No Sexista en las ciudades de Concepción, Antofagasta, Valparaíso y Santiago.

Dos años antes, en 2014, la Universidad de Chile aprobó el proyecto Bicentenario “Por una educación pública y no sexista”, mediante el cual se promovieron talleres y actividades con estudiantes secundarixs. Una experiencia principal e inédita fue el Festival Contracultural por la Educación No Sexista, que tuvo lugar el 7 de mayo de 2016 en la Corporación Parque por la Paz Villa Grimaldi, organizado por el Colectivo Lemebel, la Escuela de Arte Feminista, la CUDS (Coordinadora Universitaria de Disidencia Sexual), Amnistía Internacional y la Compañía Teatro Público, donde participaron varias otras organizaciones.

Tras estos ‘temas’ o ‘temas valóricos’ como se les llama (decir temas es obviar el término problemas), se vislumbran décadas y décadas de trabajo feminista y activismo en el país, es decir, de acción-reflexión permanente en organizaciones sociales, colectivos y redes. Desde las primeras obreras mutualistas y anarquistas “sin dios ni patrón ni marido” que se agruparon en las últimas décadas del siglo XIX y comienzos del XX para hacerse cargo de los problemas de desigualdad que las afectaban por cuestiones de clase y por el hecho de ser mujeres. Sin educación formal, tuvieron sus propios periódicos (por ejemplo, La Alborada, de 1905 a 1907 en Valparaíso y Santiago, y La Palanca, en 1908) Décadas después destacará el MEMCH, Movimiento Pro Emancipación de las Mujeres de Chile (1935-1953), que se extendió a nivel nacional con un completo programa (en sus estatutos planteaban “la emancipación económica, jurídica, biológica y política” de las mujeres): el derecho al voto universal fue el principal logro. En los años 80 del siglo pasado, en plena dictadura cívico-militar, nuevas organizaciones feministas, nuevas publicaciones y nuevas consignas, como la que exigía Democracia en el país y en la casa, la que devino después en Democracia en el país, en la casa y en la cama. Se proseguía así la tarea de desnaturalizar lo ‘natural’ de las identidades sexuales y las consiguientes desigualdades, mediante la politización del concepto género y su progresiva instalación pública desde los ’70.

Género no es sinónimo de mujer (es necesario reiterarlo cada vez), aunque ha llegado a serlo en el imaginario colectivo en tanto concepto analítico que permite ver/distinguir la diferencia que deviene en desigualdad de las mujeres, la mitad de la humanidad, en las sociedades organizadas patriarcalmente.

Hace tres décadas, a fines de los ’80, la artista Roser Bru pintó la serie ‘Las cariátides’, las mujeres que soportan, mujeres-columnas que sostienen las construcciones griegas, ‘las que aguantan’ dijo la autora: “Hay temas que no cesan; uno es el cuerpo de la mujer. La modificación en ella, ‘la mujer que aguanta’, como cariátide, entre el suelo y el límite. Es lo que la ‘mujer-pueblo’ hace en Chile: aguantar la vida, criar hijos, trabajar, y todavía acoge al hombre que transita. Columnas sustentadoras y reproductoras de la sociedad patriarcal de la cual derivan lógicamente los modelos de desarrollo que conocemos -hoy capitalismo cognitivo o capitalismo mundial integrado-, productivizando las principales orientaciones valorativas de este tipo de sociedades: autoridad y poder para la apropiación y dominio de bienes y personas. Un orden que privilegia al UNO: masculino/blanco/heterosexual/occidental.

Consecuente con este tipo de organización social, lo que se aleje de la norma heterosexual (hombre-mujer/masculino-femenino) es considerado una desviación, un atentado a lo ‘normal’. De allí la exclusión de ciertos cuerpos que amenazan tal orden: cuerpos abyectos. Numerosos estudios antropológicos han dado cuenta de los variados sistemas de sexo-género existentes en culturas no patriarcales, como se ejemplifica en Calles caminadas, anverso y reverso  (pág. 27 – 32).

Actualmente, y de manera similar a esas primeras obreras y anarquistas que se organizaron, una joven como Sofía Vargas, de la Red de Estudiantes y Activistas Jóvenes por una Educación Sexual Laica e Integral, expresa lo que movería a quienes integran esta red: “Si yo no me hago cargo, nadie lo hará por mí”. Leer este Cuaderno de Educación No Sexista, de la Red de Estudiantes y Activistas Jóvenes por una Educación Sexual Laica e Integral, es interiorizarse no solo de nuevas miradas y concepciones de mundo, sino de prácticas cotidianas consistentes con lo que sienten y piensan. Se trata finalmente de las cuestiones del saber y el poder –poder patriarcal- sobre las que reflexionara y escribiera lúcidamente la socióloga feminista Julieta Kirkwood en los años 80.

Una transformación radical en el modo que tenemos de percibir las cosas es un cambio revolucionario. A esto aludía Thomas Kuhn al referirse a los cambios de paradigma que ocurren en ciertas épocas. Los cambios de paradigma no equivalen a cambios sociales y culturales en tiempos cronológicos cortos o de mediano plazo. El feminismo expresa claramente una transformación radical en el modo que tenemos de percibir las cosas, las relaciones, las identidades, más allá de miradas pesimistas o en contrario. El feminismo es un cambio revolucionario de largo aliento, un proceso en marcha.

Este Cuaderno de Educación No Sexista se inscribe en cada acto o acción concordante con este cambio de paradigma que significa el feminismo y la cuestión de género, contribuyendo a  hacer  visible y  viable aquello que manifestara hace un siglo Antonio Gramsci, pensando en la Rusia de ese tiempo: “Es necesario que el hecho revolucionario demuestre ser, además de fenómeno de poder, fenómeno de costumbres, hecho moral.

El feminismo es subversivo, se opone a toda relación de poder, y en una sociedad patriarcal todo es relaciones de poder, pues en estas se reproduce y sostiene, partiendo por las relaciones de género, construidas para tal efecto con opresión y violencia naturalizada para el segundo término de la relación, las mujeres, principales reproductoras sustentadoras –la mitad de la población–, y  para toda persona que más allá del sexo/género adscrito rompa o intente romper con tal construcción binaria.

Niki Raveau, vicepresidenta de la Fundación TranSitar, señala: “Chile precisa urgentemente educación no sexista y feminista, donde las actividades no sean segmentadas ni jerarquizadas por roles de género. Una educación donde todxs existamos como opción a un proyecto de vida, basado en la vivencia feminista que, a diferencia de las propuestas paritarias ‘hombre-mujer’, emancipe todas las identidades que se ubican fuera del lugar de poder ‘hombre-macho-patriarca’.  Una educación no sexista no apunta a una mera ‘inclusión en la diversidad’: las actividades más provechosas son aquellas que apelan a la creatividad y a la búsqueda de soluciones múltiples, a la riqueza y libertad de no encasillarse, y eso es válido para toda la población. Por lo mismo, tampoco requerimos simplemente una educación ‘trans’: requerimos educación transformadora.

Por su parte, Iván Figueroa, del colectivo Lemebel, introduce un giro en la expresión lingüística de estos enfoques, en su significación: “No me gusta hablar de educación no sexista, porque creo que lo que se necesita es una educación feminista que realmente sea transformadora e inclusiva”

Nuevas generaciones haciendo lo suyo.

[1] Así habría dicho Galileo Galilei, obligado ante el tribunal de la Inquisición a abjurar de sus planteamientos que negaban que la Tierra estuviese inmóvil en el centro del universo y rotaran a su alrededor los astros, incluido el sol.


Feminista, Licenciada en Antropología