En los tiempos que corren, decir que la literatura es un arma cargada aún de futuro –como dijera Celaya de la poesía—o afirmar que ella puede estallar con la fuerza de un pistoletazo en un concierto (Stendhal  via Gopegui), puede parecer un tanto perdido, nostálgico o, simplemente, nadakeveresco. La política que se vende y se compra, la farmacología televisiva, el monopolio diarero, ay, los vicios del mundo moderno dijo hace más de medio siglo Parra, han devenido la norma, la costumbre y, para muchos, ha llevado a la desidia y la indiferencia.

Por eso y por otras cosas –como el amor o la amistad en un bar hasta que cierra—atreverse (de nuevo) con una publicación sobre literatura es un gesto literalmente de volver a querer, es decir, es un acto revolucionario. Contra viento y marea o junto con ellos la literatura es: su única ley, la fuerza del viento; su única patria, la mar.

Y ya que hablamos de mares, digamos que es también (como el  mar) boliviana y paraguaya y por supuesto nica y puertorriqueña ahora que lo están pasando tan mal y, claro está, chilena cintura cósmica con verde Brasil y todo eso, sueño bolivariano y sueño mapuche y sueño trans, mi amor. You get the point. La literatura latinoamericana que recorrerá estas páginas (que de tan virtuales son reales, pues son realidad y deseo) es una búsqueda y una apuesta. Una urgencia y una búsqueda; a veces una tabla en medio del océano que nos rescata a pesar de que somos náufragos en esta tierra (Lihn, por supuesto).

“Tipos móviles” cuentan por ahí (o sea, dice en Wikipedia) fue inventado por Gutenberg allá por los años de 1440. Dicen que Juan estaba tan metido con su idea de imprimir la Biblia que no se enteró que en China llevaban siglos con un sistema similar. Como sea, por este lado del mundo al menos, los tipos móviles cambiaron todo: radicalmente transformaron la velocidad del mundo: de la circulación de las ideas, de las palabras, de los silencios, de las apuestas, de las mentiras a medias y las verdades confundidas, de las declaraciones arrepentidas y las proclamas que harán historia. Fueron una luz, iluminación, iluminada quedó la realidad. Claro que había literatura antes, pero las reglas del juego cambiaron y con ello el mismo juego cambio.

Cierto que entre este “tipos móviles” que ahora larga sus tintas de bytes y mordidas a la realidad y el Maguncia, ha pasado mucha tinta (y mucha sangre),  muchas páginas (y muchos sueños), pero, con todo, persiste un afán que quizá no se pueda explicar sino solo desde el desconcierto: lo que provoca ese pistoletazo en la mitad de nuestra armonía aparente.

Pero además de esta referencia a medias erudita a medias pelotuda, “tipos móviles” nos recuerda las fronteras que están y no debieran, aquellos y aquellas que se circulan, se movilizan, se transforman, se convierten y arrepienten, se hacen literatura y no, se movilizan por las calles y el desierto, los que escriben en Neza apenas resistiendo o en Blanes al solcito, los que nunca volvieron, los que están sin estar o al revés que no es lo mismo pero es igual. Tipos móviles que impresionan y los otros cuya memoria aún no somos capaces de recordar.

Si estuviese en Santiago, alzaría mi copa y brindaría por la nueva revista, como me ha enseñado mi amigo Luis, con el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad (que así se cambia el mundo). Pero creo que la distancia me permite mantener la copa en alto y decir que la razón también está de nuestro lado.

En estos tiempos que corren—o mejor debiéramos decir, galopan–, cuando el desencanto y el desenfado se dan la mano, cuando el fascismo acecha sin tantos disfraces, volver a los tipos móviles es un acto de resistencia, una apuesta insospechada, polvo enamorado, y, capaz, hasta un arma cargada de futuro.


Daniel Noemí

Doctor en Literatura, Universidad de Yale