Frente a las terribles muertes de Joane Florvil, mujer haitiana quien fue internada y detenida en la Posta Central, acusada de abandonar a su hija (Focacci, 2017); y del hijo recién nacido de una mujer colombiana que fue abandonada por un taxista en pleno trabajo de parto, el Núcleo Interuniversitario de Estudios Críticos de la Diversidad manifiesta lo siguiente:

Condenamos tajantemente los actos de xenofobia, racismo, misoginia y clasismo de los que hemos sido testigos. Estas dos muertes por negligencia son solo la punta del iceberg de una serie de violencias establecidas en la sociedad chilena, como: la constante instauración, desde ciertos sectores políticos, de la idea que la inmigración es un “problema” y un acto que “atenta” contra la organización del país y que contribuyen, claramente, a la incitación al odio y a la separación; actos cotidianos de violencias racistas, como el apuñalamiento de un trabajador haitiano en el terminal pesquero en mayo de este año (Pizarro, 2017); y las dolorosas muertes que hemos presenciado en los últimas días.

Consideramos que el Estado Chileno debe respetar las convenciones internacionales que, si bien entregan a los Estados la libertad para definir el diseño e implementación de sus políticas migratorias en base a sus propios intereses nacionales y políticos (Galdámez & Lages, 2016), estas deben regirse por las directrices que se han constituido desde las Naciones Unidas, como la consideración de la libre circulación como una condición indispensable para el libre desarrollo de la persona humana (Naciones Unidas, 1999) y el aseguramiento de la no discriminación y del trato digno y en igualdad de condiciones a todas las personas dentro de su territorio (Biblioteca del Congreso Nacional de Chile, 2017).

Pero no solo el Estado es responsable de esta situación. La misoginia, el racismo y el clasismo, en su combinación más perversa, son representaciones de gran parte de la sociedad chilena, expresados en la falta de asistencia a la mujer abandonada, mientras daba a luz, en la muerte de su hijo y en la muerte de Joane. Junto con ello, estos terribles casos nos hacen reflexionar respecto a cómo ciertas mujeres inmigradas se enfrentan a situaciones de discriminación, marginación social y violencia, de forma constante y cotidiana, y cómo esa situación se agrava al ser extranjera y de ciertos países en particular.

La negritud está siendo un ícono para legitimar ciertos actos racistas. Nos cuestionamos en qué medida el Estado y la sociedad chilena pone en acción las ratificaciones de las convenciones internacionales, como la “Convención Interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer” cuando se trata de mujeres que no son chilenas. No podemos dejar pasar este tipo de situaciones sin politizar las violencias que se explicitan y exigir respuestas de justicia y reparación de peso, para dejar de cimentar caminos de “inclusión perversa” (Sawaia, 2002) y constituciones de ciudadanías diferenciadas en nuestro país (Galaz, 2009).

Nos negamos a formar parte de una cultura que promueve la violencia, el clasismo, la misoginia y la xenofobia bajo un aparente ideal de unidad patriótica. También nos preguntamos por las consecuencias políticas de aquellas concepciones de lo humano que a través de un proceso de exclusión-violencia producen una multitud de “vidas invivibles” cuyo estatus político y legal se encuentra suspendido (Butler, 2006).

Finalmente, invitamos a toda la sociedad a reflexionar respecto a qué estamos entendiendo por nación, identidad o cultura, y cómo estos ideales promueven una marginación de personas que no calzan en estos estándares y que promueven marginación, estratificación social y exclusión por color de piel, idioma, nacionalidad, sexo, y un largo etcétera.

Consideramos que cada una/o de nosotras/os debe indignarse por estas situaciones, asumiendo un rol activo y reflexivo en la forma en que instauramos y reproducimos el racismo, la xenofobia, el clasismo y la misoginia. Debemos tomar consciencia de que estas muertes representan las múltiples y perversas violencias que se articulan, una y otra vez, en la vida de miles de personas todos los días. Y que estas muertes nos deben doler. Y que por ello debemos decir basta.