Ha causado gran controversia la venida del Papa Francisco a Chile debido a que su estadía debiera ser financiada con colectas hechas a la comunidad. La campaña que se está llevando a cabo tiene por nombre “Papa Francisco, yo lo invito” y pasará por colegios y sedes católicas. Se que han dejado mensajes invitando a donar para la causa incluso en cajeros automáticos. Sin embargo, el problema no es sólo la plata.

El llamado sumo pontífice, Jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano en Roma, anunció que arribaría a Chile el lunes 15 de enero del año próximo, para marcharse el jueves 18. La razón de esta “afortunada” visita es nada más ni nada menos que un viaje apostólico.

Dado que este año se cumple un siglo de su natalicio, se debe citar a la gran Violeta Parra que escribió sobre el dolor del mapuche ultrajado, abusado, violado y asesinado, víctima de la peor invasión genocida de la historia, a manos de las huestes de la inquisición católica. Y se hace menester traerla a la memoria porque el “huescufe conquistador”, llegado de lejos como reza la canción, vino, allá por fines del siglo XV, precisamente en nombre de su dios y de su Iglesia a concretar la matanza que, pese a la resistencia mapuche, aniquiló a gran parte de los oriundos del wallmapu.

Desde aquel entonces, la Iglesia Católica ha estado presente en la historia de este territorio, tanto en la colonia como en la República, inmiscuyéndose en cuestiones trascendentales para Chile, metiendo sus narices para mantener su poder y seguir existiendo a base de la fe de los adeptos.

Los libros de historia dicen que el Estado vivió su separación de la Iglesia cuando en 1925 se firmó una nueva Constitución que dictaba que los templos, iglesias o cualquier dependencia perteneciente a cualquier culto, incluyendo la religión católica, serían sometidos al derecho común. Esto había sido precedido por un famoso conflicto entre el derecho civil chileno y el “derecho eclesiástico”, en la llamada cuestión del sacristán: un caso de indisciplina dentro de la iglesia provocó que el religioso involucrado, castigado con la expulsión de la institución, recurriese a fuerzas estatales para remediar su aquejar. Sin embargo, las órdenes del Estado no eran correspondidas por el arzobispado, sino que enfrentadas. Aquello significó un escándalo tan grande que acabó, junto con otros motivos un tanto menos emblemáticos, por separar ambas partes.

Para el año 1987, en plena dictadura, Karol Józef Wojtyła o, como todos lo conocemos, Juan Pablo II, realizó la primera visita de algún jefe supremo de El Vaticano a Chile. Su paso por el país fue como un paseo por el parque, pues, aunque tenía el poder para hacer algo respecto a la represión, torturas, asesinatos, violaciones y desapariciones por parte de Pinochet contra el pueblo chileno, el sumo pontífice se limitó a dejar en nuestras mentes la sentencia que nos invita a no tener miedo de “mirarlo a él”. Fue deleznable lo que se ahorró hacer ese Papa como tener una conversación con el dictador demostrando una intención verdadera por derrocar o al menos modificar el régimen, porque dicho personaje tenía el poder para hacerlo.

Los anteriores son sólo algunos hechos en los que la Iglesia ha tenido participación y ha dejado su huella, no precisamente de manera positiva.

Ahora, bien, es entendible que el Estado deba financiar la venida de este personaje teniendo en cuenta que es un Jefe de Estado, en teoría (nuevamente), igual que cualquier otro. Sin embargo, ningún otro Jefe de Estado tiene en su espalda el sanguinario historial que tiene Francisco como representante de la Iglesia Católica. Su Ciudad Estado ha movilizado, en este país y en el mundo, un copioso número de matanzas.

Y luego de identificar quién es, en específico, y a quién representa éste Jefe de Estado, recién es pertinente hablar del financiamiento de su estadía. Se asoman, entonces, las preguntas que tanto han sonado el último mes: ¿por qué tenemos que costearlo nosotros? ¿Por qué no se ocupan las cuantiosas riquezas de El Vaticano? ¿De qué sirve, pragmáticamente, su venida?

En fin, para el pueblo mapuche, él no es bienvenido. Para los historiadores de la inquisición, él no es bienvenido. Para la gente en vulnerabilidad social que oyeron hablar de un Jesús humilde, hijo de carpintero, que andaba a lomo de burro y con estropajos modestos y que, a cambio, reciben a un sujeto representante de una institución ostentosa que poco y nada hace para saciar el hambre o calmar el frío; él no es bienvenido. Para los que podemos ver más allá de la tradición asesina de la Iglesia Católica, él no es bienvenido. El problema no va sólo con que la propia gente deba sostener al Papa durante su estadía en Chile, sino que con el cinismo, sin respeto alguno, que significa pedir dinero a los descendientes de quienes fueron asesinados, denigrados, torturados, mutilados, desaparecidos por mandato de El Vaticano. Francisco, no eres bienvenido.


Estudiante de Periodismo UDP