Cristóbal tiene ocho años, su mamá es lesbiana y él no lo sabe. No viven en Santiago y la visibilidad lésbica en el sur del país es nula. Cuando Margarita decidió embarazarse estaba enamorada. Fabiola, su novia, también se embarazó.

Hasta los cinco años Cristóbal y Matías fueron hermanos, casi mellizos. Nacieron con una semana de diferencia. Una separación dura y en malos términos de dos adultas – como muchas en Chile – fue la que, sin la legislación correspondiente, terminó distanciando a estos niños. Hermanos, probablemente de por vida.

Cristóbal tiene mucho carisma. Es simpático, extrovertido, pelotero y de muy buen corazón. Vive junto a su madre en la casa de unos tíos. Gloria, su madrina, es la tutora legal. Margarita es temporera y por largos periodos no vive con ellos.

Ese trabajo la ayuda a mantener su vida “en el armario”. Margarita no conoce a muchas lesbianas; ni a mucha gente que tenga una opinión sobre la diversidad sexual. Con el quiebre familiar fue más fácil convertirse en una madre soltera más. El pueblo dejó de hablar de “las camionas” del lugar.

La ciudad es pequeña y el ambiente lésbico lo es también. A Cristóbal me lo cruzo en cada paseo de fin de semana en el parque. A Margarita, en las pocas instancias en que se reúne la comunidad LGBTI. Ella es una lesbiana más. Se ríe y comparte en distintas instancias.

A él le llama la atención que yo camine de la mano con una mujer. “Hola tía, ustedes son hermanas?”, fue su primera duda. “¿Por qué van de la mano? ¿Cómo es eso de pololas? ¿Pero se quieren como un hombre y una mujer?”.

Trato de contestarle siempre de manera simple y clara. Me cuesta demasiado entender cómo a su edad no logra recordar mis respuestas y se vuelve a impresionar cada vez que nos ve.

Una vez no entendió por qué mi perro se había “enamorado” del otro perro que había en el lugar.

–¿Por qué tu perro lo persigue tanto?
–Porque se enamoró – le respondí, para no explicarle que mi mascota era básicamente un califa.
–Tía, ¡el otro perro también es macho! – dijo sorprendido.
–Pero es lo mismo que nosotras,  enamoradas y las dos somos mujeres.
–¡Que lindo! – fue su última acotación.

Filiación homoparental

Margarita, por más de que tiene una linda relación con su polola, tiene una mirada triste. Matías está de cumpleaños y tanto ella como su hijo ya no son parte de su familia. Cristóbal lleva un poco más de un mes viviendo en la casa “de la amiga de su mamá”. Todavía me lo cruzo y me pregunta si es verdad que dos mujeres se pueden amar.

La invisibilidad de las familias homoparentales hace que esta historia se repita en muchos hogares. Ni siquiera la comunidad LGBTI está educada respecto a la diversidad sexual. Pero educar no es lo único.

El AUC y Matrimonio Igualitario son leyes importantes, pero no contemplan a las millones de familias que fallaron como pareja, pero tienen el derecho a ser una familia no tradicional, como tantas otras a lo largo de todo nuestro país.

El proyecto de ley Nº10626-07, que busca regular el derecho de filiación de los hijos e hijas de parejas del mismo sexo, cumplió un año y medio durmiendo en el Senado. El único avance que tuvo desde su ingreso, el cambio de una comisión a otra. Fue en junio del 2016.

Son millones las que no logran ponerse de acuerdo sin la ayuda de un juzgado. Necesitan de un intermediario. Son millones los niños y niñas que necesitan que las leyes los protejan, que les permita tener a ambas madres o padres, sin importar la forma y la madurez con que terminen su relación. Son millones los Cristóbal que merecen no perder a un “partner” para toda la vida, como lo iba a ser Matías. Como lo fue en sus primeros años de aventuras y travesuras.