Ya hemos festinado suficientemente con el polémico video de Huenchumilla con los grandes empresarios. Si se trata de una actitud de traición a su pueblo mapuche, lo juzgarán las comunidades y dirigentes que confiaron en él. Más bien creo que vale la pena aprovechar para ir a los temas de fondo, que raramente se tratan. Es más fácil quedarse en la chimuchina politiquera.

Para estas líneas me apoyaré principalmente en un libro, producido recientemente por los Lov y Comunidades Lavkenche en Resistencia, quienes están dando la pelea diariamente a las forestales en el sur de la Provincia de Arauco.

Antes, revisemos la propuesta de Huenchumilla respecto al tema forestal.

Huenchumilla: “Matizar sin afectar la producción”

Francisco Huenchumilla desarrolla su postura respecto a las forestales en Wallmapu en el documento que entregó al Gobierno poco antes de ser despedido como Intendente:

“En Nueva Zelanda, Australia y algunos lugares de Cánada, la propiedad de la tierra no está en las manos de las empresas forestales. Quienes conocen dichas realidades saben muy bien que tener tierras no es un buen negocio para una empresa forestal”.

“Es verdad que la gran empresa forestal considera la propiedad de la tierra como un valor de certidumbre del abastecimiento de las materias primas que necesita para la industria que le aporta los flujos financieros que le den rentabilidad a su negocio; y, por otro lado también es verdad que hay un punto cuando se hace la crítica al actual sistema de devolución de tierras en el sentido que se sacan predios de un sistema productivo para llevarlos a un sistema de improductividad (en los términos occidentales)”.

“El punto a resolver respecto de las tierras plantadas con espacios forestales, no es la tierra misma sino que el hecho de deshacerse de ella trae consigo una gran incertidumbre relacionada con el riesgo generado al abastecimiento de materia prima para sus plantas de procesamiento (en tierras que no les pertenecían)”.

“Si se pudiese resolver el problema de la incertidumbre ¿por qué no podría pensarse en separar la propiedad de la tierra del abastecimiento de las materias primas necesarias para la industria procesadora?”.

“Por otra parte, los predios traspasados en las comunidades se tornan improductivos no por voluntad de los comuneros sino porque ‘no cuentan con los medios para mantener el predio en la línea productiva que se traía anteriormente, incluso existiendo el interés de la comunidad mapuche propietaria’”.

“Yo estimo que la actividad forestal, tal como hoy día la conocemos, ya está en la cultura económica de la mayoría de las comunidades mapuche, ellos saben que suelos [des]cubiertos de vegetación serían causa de muerte y erosión –tipo cáncer- del suelo”.

“Las comunidades mapuche con tierra y con los recursos necesarios para la producción, matizarán la actividad forestal como hoy la conocemos, lo que no afectará de forma significativa el resultado de la ecuación final”.

Hasta aquí con Huenchumilla.

Viendo el video completo de su reunión con los empresarios, llama la atención que se trata precisamente de la propuesta que tiene Eliodoro Matte, de Forestal Mininco, quien en esa reunión puso el ejemplo de Nueva Zelanda.

Dice Matte: “las comunidades maoríes recibieron más de 100 mil hectáreas de las empresas forestales, y han hecho asociatividad, se han plantado las tierras. Acá en Chile, yo soy de CMPC, Mininco, que es el principal tenedor de tierras en La Araucanía, nosotros hemos vendido dos campos importantes, presionados por la CONADI, que eran terrenos forestales de primer nivel, y hoy día están botados”.

El documento de propuesta al Gobierno de Huenchumilla, donde asume la propuesta de CMPC, es posterior a la reunión, por lo que se ve que el encuentro fue fructífero.

Respecto a lo que dice Matte, sobre “terrenos forestales de primer nivel, y hoy día están botados”, es importante denunciar el modo en que CONAF califica un predio como de “aptitud forestal”. Por ejemplo, cuando se quema un bosque nativo, para ellos es de “aptitud forestal”, y lo plantan con pino y eucalipto, lo que es un gran negocio, pero una aberración desde el punto de vista ecológico.

La naturaleza tiene la capacidad para recuperar un bosque nativo que se quema. Se puede ver a los 10 años cómo el mismo fuego hizo germinar millones de semillas, y el renuevo de bosque nativo está aún más tupido que antes (al menos ese es el caso de las principales especies en el territorio en conflicto, eso pasa con el coihue, el hualle, el boldo, etc).

En cambio, ellos convierten el bosque nativo quemado en plantación de eucalipto. Va a crecer rápido, pero en 10 años, con la cosecha, será sometido a un estrés similar al de una quema, e incluso peor porque después lo fumigan para volver a plantar. Así van matando el bosque nativo. Eso es un “terreno forestal de primer nivel” para ellos. Su mentalidad empresarial no les permite mirar a largo plazo.

Hacer realmente sustentable la actividad forestal afecta la producción

La permanencia de la propiedad forestal en Wallmapu, y en esto al parecer Huenchumilla coincide con el movimiento mapuche, es hoy insostenible. Tal parece ser la opinión también de Forestal Arauco, Volterra y otras menores, al menos en el territorio donde el conflicto es más álgido.

El libro que mencionamos de las comunidades –Pu Lov y Comunidades Lavkenche en Resistencia: “Xipamün Pu Ülka”-, tiene un capítulo en que se detalla, con documentos notariales, judiciales y con testimonios, el proceso espurio a través del cual las grandes empresas Mininco y Arauco se hicieron de estas tierras en dictadura. Se trata de un trabajo de recuperación histórica imprescindible de leer para cualquiera que pretenda opinar sobre  la industria forestal chilena.

La propiedad forestal en Wallmapu se hace insostenible no sólo por su origen, sino por sus efectos, por la crisis ambiental y social actual. Sin caer en la caricatura de que el pino y el eucalipto fueran árboles en sí demoníacos, la realidad es que el monocultivo a gran escala ha convertido el territorio en zona de sacrificio ambiental y social.

Huenchumilla habla de “matizar la actividad forestal sin afectar la producción”, tema que es abordado desde la experiencia actual de “control territorial mapuche” en el libro de los Lov y Comunidades. Se trata de un amplio territorio en que las grandes empresas han tenido que retroceder frente al auge y masividad del movimiento. Parte importante de las comunidades se encuentran realizando trabajo forestal autónomo, de distintas formas.

Las buenas experiencias actuales de recuperación, para proyectarse a largo plazo, hacen necesario poner límites a la producción forestal, mucho más allá de lo que es conveniente para la cadena empresarial. “Que el bosque dure”, se dice en las comunidades.

Para que los miembros de las comunidades puedan alcanzar niveles de ingresos suficientes, se puede decir en general que basta con 2 días de trabajo forestal no mecanizado a la semana. Ir más allá parece ser insostenible a largo plazo (a menos que se quiera tener ingresos cada ocho o diez años, que es el tiempo de cosecha del eucalipto, y luego sentarse a esperar que crezca otra vez). No existe lov en Wallmapu que pueda trabajar a ritmo de empresa sostenidamente y que las plantas que van creciendo vayan reemplazando a las que se van cosechando.

La mecanización forestal y la cosecha intensiva es, en palabras de las comunidades, “pan para hoy, hambre para mañana”. Los ingresos se los llevan rápidamente los dueños de las maquinarias, que entran en una vorágine productiva en que ya no se trabaja para vivir, sino que se trabaja para mantener el ritmo que requiere la maquinaria para ser rentable. La propiedad comunitaria de la maquinaria puede ser una opción, pero lo principal es que se pongan límites a la producción de manera que “el bosque dure”. Lo contrario es insostenible tanto ecológica como socialmente. Con la mecanización y trabajo intensivo, se hace necesario depredar más territorio, y finalmente se vuelve a la escasez que lleva a la emigración. No es razonable trabajar intensamente un año pensando en guardar dinero para los 5 o 10 siguientes.

Sin duda que los límites a la producción afectan la cadena empresarial (a menos que se sacrifiquen otros territorios donde hoy no hay conflicto). Implica que llegue menos madera a las plantas de procesamiento y a los puertos. Sin embargo, las necesidades de la población urbana que trabaja en esas plantas y puertos, o la necesidad mundial de papel, no es endosable a las comunidades mapuche y rurales. No somos quienes tenemos un problema de desarrollo, sino que los centros urbanos nos traspasan el suyo sobreexplotando nuestros recursos.

Si con 2 días de trabajo forestal no mecanizado se puede mantener sustentablemente un hogar, el resto del tiempo de trabajo semanal es necesario en la vida rural para las labores de la autonomía alimentaria y, en mi opinión, sería especialmente importante que se multipliquen las experiencias de trabajo en conservación y recuperación del bosque nativo. Por ejemplo, a través de programas “pro-empleo”.

Así como la dictadura puso los programas de empleo y el DL701 a disposición de las empresas para plantar pino y eucalipto, un Estado que quiera hacerse cargo de la situación actual debiera tener programas de empleo para plantar y cuidar árboles nativos, viveros, etc. Las experiencias de aprendizaje que están surgiendo tanto en la resistencia, como en programas del municipio o los jesuitas en Tirua, son un camino a seguir.

Revertir el daño causado es posible y necesario

Hacer sustentable la actividad forestal, afectando la producción, es imprescindible para recuperar los ecosistemas, hoy dañados por 40 años de expansión forestal descontrolada, pero todavía francamente recuperables.

Parte importante del territorio que ocupan las grandes empresas forestales es la Cordillera de Nahuelbuta, que hasta antes de la llegada de la industria eran miles de hectáreas de bosque nativo.

La recuperación ecológica del bosque nativo de la Cordillera de Nahuelbuta es totalmente posible. En cada territorio que se hace “improductivo” en ese sector, el bosque nativo comienza a recuperarse.

La buena noticia es que hay vuelta atrás, se puede revertir el daño causado en estos 40 años. La mala noticia es que la industria sigue fumigando detrás de cada cosecha, lo que constituye un ecocidio, pues no solamente se están fumigando arbustos de retamo y pica-pica que crecen en las plantaciones, sino renuevos de hualle, coigüe, avellano, arrayán, boldo, canelo, el maqui, el copihue que dicen que es la flor nacional chilena, sólo por nombrar las especies más presentes en los predios forestales hoy en conflicto. La fumigación a largo plazo es mucho más dañina que el fuego, mucho más que la tala ilegal de nativo para leña y estacas (pues muchos de los árboles nativos adultos que caen o se queman dan abundante semilla), pero es un tema que se mantiene silenciado y, quienes toman las decisiones políticas, lo hacen desde la ignorancia.

Contrariamente al enfoque de Huenchumilla, la salida de las forestales de Wallmapu debiera poner el énfasis no en mantener el ritmo de la cadena productiva, sino en que las comunidades y lov puedan realizar un trabajo de “ordenamiento territorial”, lo que sin duda implica “dejar botadas” miles de hectáreas para que el bosque nativo se recupere. ¡Las forestales ya han ganado suficiente con este territorio que les regaló la dictadura, y la salida a la luz de la verdad de cómo fue la historia, no les da derecho a pataleo!

La experiencia actual de autonomía que están ejerciendo los Lov y Comunidades en Resistencia, con todos sus errores y aprendizajes, sin idealizar, ni menos victimizar con paternalismo, debiera ser un ejemplo a imitar.

Más allá del cahuín y la chimuchina política por el escándalo de Huenchumilla, me parece que escuchar la voz de los Lov y Comunidades en Resistencia es fundamental para hacer un análisis real de la situación. El libro “Xipamün Pu Ülka” es imprescindible para el diálogo político, tanto por la historia que rescatan las comunidades, como por el análisis desde el corazón mismo de la resistencia mapuche a la industria forestal.