“Tú eres independentista y yo no”, “Madrid si, Barcelona” no, “tú eres monárquico y yo digo abajo el rey”. Los últimos meses la discusión política en Barcelona y en el Estado Español se ha tornado compleja, escribo este texto intentando desbaratar o exhibir problemáticamente cierta racionalidad política discursiva que hemos aprendido por mucho tiempo, una forma de habitar el mundo donde la realidad se vuelve más rígida y donde cada uno vuelve a marcar su nuevo argumento, su nuevo slogan o afincar el que ya tenía. Tengo una sensación discursiva que naufraga solo en las sospechas, en lo matizado de un cuadro, en una zona de grises, que vuelve contradictoria la realidad. Tengo muchos amigos independentistas que respeto por su trayectoria de lucha social/sexual y no se me ocurriría descartarlos por la causa que levantan, también tengo otros amigos que sospechan de este tablao y ponen en escena los argumentos culturales-críticos que ellos manejan mejor que yo, pero en esta pasada prefiero seguir mi intuición o mi devenir escritural y comentarles lo que me ha provocado este escenario en Barcelona.

Hay una atmósfera política de muchos efectos en el cotidiano, en los carretes, juergas, mercados, transporte público, metro, parques, playa etc., he vivido mis propias batallas discursivas, entre el apoyo y el cuestionamiento de los otros. En casi la mayoría de esos debates que valen la pena por cierto, ha quedado una sensación de falta de algo, de una ausencia estructural en el horizonte como percibir una racionalidad política que no contiene del todo lo que quisieras debatir o expresar, pues este debate en siglo XXI nos pilla, nos encuentra desnudos, en pelotas, o desconcertados, es decir ¿cómo intento tener una visión amplia cuando la realidad se ha vuelto liquida y contradictoria, fragmentada y violenta? No me interesa aquí desplegar la gran cantidad de argumentos e información sobre este legítimo debate que sin duda tiene efecto en millones de personas, las hay, pero me interesa más develar o dibujar los procedimientos en las prácticas de enunciación.

Es evidente que en mi caso arrastro biográficamente un campo político y cultural que fue declarativo, es decir, soy de izquierdas, pudiese caer al abismo con esa instalación, pues ya solo su declaración es confusa , ¿Qué es ser de izquierdas hoy? Crecí con un modelo discursivo de las izquierdas que declaraban todo y afirmaban a la vez su identidad, cuestión que en contextos brutales de violencia institucional/estatal ayudaron en algo a sobrevivir en medio de la intemperie. También fui desconcertándome sobre gran parte de las generaciones políticas que asumieron en su momento un discurso de transformación (de eso ya se ha escrito mucho en Chile), pero luego cayeron rendidos a la voracidad del capital y traicionaron su propio ideario. Me sorprendo en este caso en las formas de comparecer o argumentar del PSOE aliado al PP en este escenario, voracidad y violencia para justificar sus propios errores. Pero prefiero detenerme en las formas donde se juega a la verdad en el discurso. Un juego que adquiere formas éticas que eliminan al enemigo de un plumazo. La violencia discursiva en el debate sobre la independencia de Cataluña ha sido una tormenta inestable donde cada día uno descubre alguna trampa discursiva que quisiera evidenciar, los juegos de ficción política del poder pervierten “cierta estabilidad” que creímos en algún momento en la política tradicional, es decir existía cierta posibilidad de ubicarnos (derecha-centro-izquierda), Hoy los campos se mueven difusos, extrañamente productivos pero con dificultad para vislumbrar. Pienso en los mismos juegos de verdad al abordar la causa mapuche y la aplicación de la ley antiterrorista a sus comunidades. La ecuación aquí fue mapuches =delincuencia terrorista ¿Cuál ha sido la retórica política del Estado Chileno con la Nación Mapuche? Será reiterativo ese mantra estatal liberal moderno que se ha impuesto en nombre de la “libertad”: “Respetar el Estado de Derecho” ¿Qué Estado de Derecho, de quienes o para quienes? Mantra que se escucha en estos dos escenarios.

Las palabras en si o sus propias construcciones ya contienen la violencia histórica que le ha dado su potencia. Walter Benjamín decía: todo documento de cultura es un documento de barbarie, mejor dicho imposible, caminamos sobre las luchas de otros, sobre los discursos y los cuerpos de otros que ya se devaluaron sirviendo como abono para nuevos acontecimientos políticos, sociales y culturales. En uno de mis cuentos, un personaje decía: sospecho de la que gente que no odia a nadie. Quizás ahí se evidencia una forma de ver, pues la violencia en el discurso siempre ha prevalecido y se ha vuelto natural, no nos damos cuenta de esos procedimientos en nuestra propia habla, practica discursiva y enamoramiento liquido por colocarnos en esa angustia inventada en la modernidad, un hedonismo sobre lo individual que se vuelve un éxtasis permanente. ¿La violencia discursiva como adquiere forma? Las nociones de lo colectivo, lo comunitario se vuelven espacios negociados donde ya no existe una ética de lo público. Quizás en ese sentido, vuelvo a la noción de utopía como retorica anclada en un determinado modelo, hemos visto la utopía como ese lugar perfecto, inaccesible, único que nos ha movilizado por un simbólico que se debería traducir y transformar en realidad.

La independencia de Cataluña del Estado Español ha funcionado como una utopía o un horizonte dibujado por el movimiento independentista y partes muy importantes de la sociedad catalana y eso no se pueda obviar. En ese juego, las utopías funcionaron en nuestro imaginario también como retórica del futuro posible. La utopía política que pensamos en los años 70 no contenía la dimensión sexual, cultural que luego exigimos a fines de los 80 las militancias maricas de liberación sexual alejadas del pragmatismo gay neo-liberal que repletó el planeta gay global en la actualidad. Es decir, me gustaría pensar o alivianar esa aura perfecta e inalcanzable de lo utópico, que obviamente en sí misma es una metáfora de lo imposible para avizorar. Lo utópico deja de ser utópico cuando encuentra un lugar de posibilidad. Pienso la utopía desde la idea foucultiana de lo abierto espacialmente, que habrá otros territorios, que proyecta narrativas infinitas., Tengo claro que las decenas de transformaciones del siglo XX fueron movilizadas por imaginarios que quisieron transformar la realidad, algunos con buenos resultados por cierto y otros en desastres históricos. Así ha sido la historia, una larga lucha de oposiciones y re-apropiaciones del poder desde la perspectiva genealógica.  En esta nueva batalla cultural, política y mediática en Cataluña y España  se re-avivan todas las dimensiones para pensar lo político, que va más allá del juego de ajedrez propio y de las estrategias desplegadas, una dimensión de enunciación de lo político, que activa discursos, desaloja a otros, tuerce y exhibe sus procedimientos de poder.

La serie House of Cards de Neflix nos exhibe la hipérbole alcanzada por la política global que sueña la paranoia gobernante en ausencia de lo colectivo Es esa dimensión de lo político la que debería resignificarse para todos y todas. ¿Qué discutimos cuando discutimos?, lo que pasa hoy en Cataluña es una señal para todos, ¿Cuál es el habla del poder? Mi propia habla y la de todos estarían cruzadas por esa perturbación. En ese mismo juego emerge la idea de la justicia discursiva; no estoy con ninguno de los bandos, juego que recuerda o evidencia una neutralidad peligrosa. La toma de posiciones constituye una ética en sí, posición que bien o mal promete un horizonte. Por otra parte, la guerra de significaciones en la prensa española ha revolucionado las formas o análisis sociológicos anunciando hallazgos curiosos. En España la noción o calificativo de fascista analizada e instalada por diferentes medios “preocupa”: si te opones a la independencia se señala en El País: eres tachado inmediatamente fascista. Es curiosa la relación pues ese mecanismo discursivo que se denuncia ha sido naturalizado insistentemente por la prensa con la misma ecuación y procedimiento con diferentes sujetos alejados del aura civilizatoria europea: musulmán=terrorista, inmigrante=peligroso.

El fascismo inmortalizado genialmente por Picasso en Guernica es una escena brillantemente estremecedora de lo que significó la violencia para el pueblo en resistencia. La palabra o el calificativo fascista acumulan en si una violencia o muchas violencias. Por otra parte, la noción clásica de los derechos humanos se ha relativizado y entra en juego con el poder de turno. La guerra gramatical/correctora en los medios se desborda: las cargas policiales defendiendo el estado de derecho el día del referéndum. Una nueva semiótica emerge para traducir las imágenes de violencia en particulares engaños, una mujer es denunciada por aparentar la quebradura de los dedos de sus manos por la guardia nacional. El humor político se vuelve la válvula de escape del acontecer día a día, la banalización de la política promete no solo asumir el espejismo de lo paródico como inocuo, sino también ejerce una construcción dicotómica de la realidad. Rajoy y Puigdemont enfrentados como dos fallas valencianas a punto de quemarse en el escenario político.

Los actos de habla se multiplican: el rey habló. Paco Ibáñez en concierto en Barcelona hace pocas semanas atrás se molestaba por el uso de los poemas de Lorca por personeros de gobierno a pocos días del atentado en las ramblas en Barcelona. Ibáñez sentenciaba: ¡ellos mismos lo mataron y ahora lo citan¡ Cuando en Chile de los 70, el discurso político se profundizaba en una gramática de la crisis, se levantaba cierta estereotipizacion del debate social. (Chile, Venezuela y hoy Cataluña) He recordado el ruido de las ollas de las viejas cuicas (de clase alta) en Chile ampliando su protesta a Salvador Allende por el eco mediático del Mercurio y sus bandoleros. El ruido de las ollas re significadas acá, y vueltas a significar en el Chile de los ochenta en las protestas nacionales ubica sonoridades distintas, ecos y diferencias en momentos históricos particulares. Este recorte de mirada, es solo un fragmento que intenta desplazarse para pensar lo político en la exterioridad de su andamiaje, cruzado con la gramática de guerra de las nociones (DDHH, nacionalismos, estado de derecho, violencias, etc.) declaraciones y tradiciones políticas que asumimos como propias del sistema.