¿Cómo es que te introduces en el tema principal de “Sprinters”?

La verdad es que no sé cómo. Es un tema que me tuvo obsesionada durante mucho tiempo y, por lo mismo, mi historia con ese libro es larga. Yo vivía en España en esa época. Sabía muy poco sobre el tema. Venía de visita a Chile a ver a mis padres y recopilaba antecedentes. En un principio sólo me dediqué a juntar material, pues tampoco sabía qué iba a hacer con toda esta información: ¿Una investigación periodística? ¿Un guión de cine? ¿Una novela de ficción? Finalmente, “Sprinters” resulta una mezcla de todo eso. Escribí muchos borradores que no tienen nada que ver con lo que publiqué.

El formato es una muestra de lo que cuentas: además de la presencia de ilustraciones, existen fragmentos en los que es difícil distinguir si lo que se lee es ficción o una crónica, por ejemplo. ¿De dónde viene la elección de este multiformato?

Tampoco fue una decisión de un día para otro. Creo que los libros tienen que madurar muchísimo antes de ser publicados, y en el camino hubo gente que me ayudó, en primer lugar, a encontrar casos reales que funcionaran como los cimientos de esta ficción. Contar lo ocurrido en Colonia Dignidad sólo a partir de los relatos criminales, de las causas judiciales y la exposición mediática de los horrores cometidos por Paul Schaefer y su séquito hubiese sido muy repetitivo. Ya estaba hecho. Por esta razón es que me enfoqué en un caso particular: Hartmut Münch. Me parece fascinante el que, en este tipo de historias, tan misteriosas, no existe “la” verdad como un hecho incuestionable, sino que esta varía de acuerdo a la fuente. La ficción es eso: la imposibilidad de aprehender una sola verdad.

En Colonia Dignidad, esa ambigüedad es permanente. Quiero decir, hay múltiples focos desde los que emana una verdad. Por ejemplo: las organizaciones de derechos humanos tienen una versión, y los y las colonas que aún residen en el lugar tienen otra perspectiva distinta. Es innegable que, sí, existe un punto que no está sujeto a revisiones, que tiene que ver con los crímenes de Paul Schaefer, pero los matices variaban de acuerdo con quién estabas hablando. Es por eso que en el periodismo, oficio al que me dediqué por muchos años, siempre está presente el ángulo de la verdad desde el que se ha de contar cada noticia. Como el caso de Hartmut Münch nunca se resuelve, por lo menos hasta que yo dejé de investigar, en el 2007, todas las versiones que encontré sobre el hecho son distintas y contradictorias. Eso fue lo que me atrapó y por lo que ese hilo es la columna vertebral de la novela.

Sin embargo, al ir avanzando en el libro se hace evidente que el protagonismo reside en Lutgarda, una colona que, pese a crecer en la ignorancia mandatoria de todos los residentes de la Colonia, posee características especiales que la distinguen del resto de las mujeres del lugar, a la vez que es víctima de las mismas violencias de género. ¿Cómo nace este personaje?

Me interesaba contar la historia desde un punto de vista más localizado e integrado a la vida cotidiana de la colonia. Como te decía, todo lo que se sabe de Colonia Dignidad hacia afuera tiene que ver con eventos policiales y yo quise relatar las vidas “invisibles”. Y hay un punto interesante: aun cuando Villa Baviera, desde Chile, nos parece un hecho aislado, donde los horrores que ahí se ejecutaron los observamos con distancia, te das cuenta con Lutgarda que las cosas que le pasan, lo que sufre, no es tan alejado de lo que sufren las mujeres en Chile. La literatura permite eso: tender puentes entre contextos que, a primera vista, son totalmente distintos y que, al ir más allá, posibilita verse en los ojos de un otro. Acceder a otra forma de mirar el mundo. Con Lutgarda, quien al final decide quedarse en la Colonia, intento enarbolar otra conclusión: ella tiene conocimiento de todo lo que ocurrió dentro de ese lugar, sin embargo opta por no salir al mundo. Intuía que el mundo de afuera sería hostil y no entendería quién era ella. Y si te fijas en lo que sucedió realmente con los colonos, al intentar integrarse a la sociedad chilena, eso fue lo que ocurrió. Chile no los acogió, ni los apoyó ni les brindó oportunidades de generar redes. Recuerda que hablamos de personas que nunca habían visto un cajero automático, para darte un ejemplo gráfico. 

Las imágenes que evoca Colonia Dignidad remiten al aislamiento extremo, a un territorio clausurado donde la modernidad no pudo entrar. Sin embargo, el campo chileno de la zona centro-sur presenta características similares. Durante tu investigación para “Sprinters” visitaste Parral varias veces, ¿crees que es así?

Son también micro-universos que, por supuesto, no comparten la oscura historia por la que conocemos Villa Baviera. Las relaciones sociales se articulan de forma parecida. En el libro constato un orden feudal dentro de la colonia, y es evidente que este es, también, el eje de la sociedad rural: la figura del patrón de fundo, el trato del patrón, el vasallaje. Es más, me aventuraría a afirmar que es parte de lo que constituye Chile, ya que también una lo puede ver en la ciudad, en la agresividad clasista. Es como lo que te decía antes: con escalas distintas, podemos vernos reflejados en ese horror. Repetimos esas conductas.

¿Por qué razón preferiste no darle un giro periodístico a todo el material recopilado? ¿Qué es lo que más te llama la atención de hacer ficción?

Debe ser porque me gusta, a través de la escritura, llegar a las vidas que no he vivido. “Al sur de la Alameda” es, en parte, la forma que encontré para pensar la adolescencia que no tuve en Chile. Siendo hija de exiliados en Venezuela, y habiendo vivido en España toda mi juventud, al volver a este país, justo en el 2006, me nació la curiosidad de visualizarme en este contexto. Quiero creer que si hubiese estado aquí a fines de los ’80 o en la década de los ’90 habría ido a protestar.

Antes sólo habías venido de visita, pero una vez que te instalas en este país, ¿cuáles son los cambios más radicales que pudiste constatar?

Cuando vine por primera vez, en el año 1992, me sorprendió esta ciudad llena de grises y muy triste. La verdad es que no me gustaba este lugar. Crecí en una familia de exiliados en Venezuela y durante toda mi infancia escuché relatos muy nostálgicos sobre este país. Se juntaban con otros amigos a rememorar cosas de acá, con los ojos empañados al pensar en una empanada de pino, esas cosas. Me pasó que les pedí a mis amigos que me llevaran a un bar gay y no, un horror. Yo sólo quería bailar buena música y me llevaron a un clandestino en Bellavista donde todos estaban escondidos, tímidos… ni siquiera existía la Blondie. Esa percepción, tan fúnebre, de este país cambió radicalmente cuando volví el 2006. Lo que hoy es Santiago no tiene nada que ver con lo que era en los primeros años de la transición.

¿Y sigue cambiando?

Por supuesto. El gran desafío que advierto hoy es la migración, con un poco de dolor al constatar que la aparición de nuevos colores, nuevos acentos, otros lenguajes, le inquieta a los chilenos. Para mí, estos cruces culturales son una oportunidad increíble para enriquecer nuestra sociedad, y me horroriza que el discurso anti-migración sea instrumentalizado como chivo expiatorio para los problemas de Chile.

Teniendo en cuenta tu condición plurinacional, y a partir de lo que me dices sobre la migración, ¿Sigues sintiéndote “otra” en Chile? ¿U “otra” en España?

Si algo me interesa, justamente, del fenómeno de la migración en Chile y en este país… que igual hablar de esto me parece tremendo porque ¿¡cómo va a haber tanto problema con una tasa de migración tan baja, cuando la gente se ha movido toda la historia a otros lugares!? Bueno, lo que me interesa es la forma en que este país está enfrentando la migración. La primera vez que pude votar fue para las elecciones del 2010, lo que fue terrible porque sólo estaban Piñera y Frei y qué manera de malgastar el primer voto de mi vida. Chile me hizo parte, pero no me puedo sentir parte. Esto te lo digo desde mi condición de migrante “de lujo”: si bien mis padres salieron de Chile por razones políticas, y ahí sí que lo pasamos mal, cuando me he movido por voluntad propia siempre ha sido por razones de estudio, razones de élite.Y aún así, la sensación de ser “otra” no te abandona.

Sprinters, los niños de Colonia Dignidad
Lola Larra
Hueders
272 páginas
Precio de referencia: $14.000