Estamos casi en la recta final de las campañas. Ya todos sabemos que salir a algún lugar público es arriesgarse a encontrarse con una seguidilla de personajes extremadamente elocuentes que tratarán de convencernos de que la solución a nuestros problemas están a un voto de distancia. No lo sabré yo, que soy uno de ellos. Es por eso que en esta ocasión cambiaré la aproximación y les contaré cómo fue que un día, no hace mucho, cuando firmé el compromiso del Frente Amplio, me convencí de que esto es cierto.

Lo primero que quiero aclarar es que solo en una sociedad tan desigual como la nuestra, tan regida por los intereses particulares, por la acumulación sin fin, por el consumo desenfrenado es que estos compromisos nuestros son nuevos, diferentes, inentendibles para la gran mayoría de la clase política y utópicos para los demás. Porque no deberían serlo, lo que defendemos debería ser obvio y estos pequeños hechos no deberían ser fuente de esperanza, pero lo son.

Que contrasentido más grande comprometerse a que si somos electos nos bajaremos el sueldo y no solo eso, si somos electos además, con todo lo que nos costó llegar a este puesto de poder, nos comprometemos a dejarlo luego de una reelección. Pero hablando en serio, solo en un país donde tenemos diputados y senadores que se perpetúan en los cargos -16 parlamentarios llevan 7 reelecciones- y que cada periodo buscan subirse sus propios sueldos es que esto es un contrasentido para alguien. Lo cierto es que nuestro compromiso causa sorpresa y no que todos los demás no lo hagan. ¡Este es el real contrasentido!

Pero eso no es todo, también nos comprometemos a impulsar la Asamblea Constituyente, aún cuando ya son pocas las voces que quedan defendiéndola luego del proceso constituyente del gobierno. Y es que nos encantan las utopías dicen, nos encanta meternos en peleas que no podemos ganar, nos encanta defender lo imposible. No, es solo que hay peleas que realmente vale la pena pelear, porque no perdemos nada más que nuestra energía y lo que podemos ganar es tanto. La asamblea constituyente es la única forma realmente democrática de cambiar la constitución de nuestro país, pero de nuevo, solo en un país tan acostumbrado al silencio de la ciudadanía es que pedir democracia es un imposible.

Decir que hasta antes del momento de la firma no creía en la importancia del voto es, desde luego, una mentira. No, lo que cambió en ese momento fue que ya no sentí que fuéramos demasiado pocos para hacer una diferencia real, ahí vi, por primera vez, a un gran grupo de gente suficientemente grande comprometiéndose a defender dos contrasentidos y un imposible sin dudar ni un segundo, porque era lógico defenderlos.


Diputado de Revolución Democrática, Frente Amplio por el Distrito 7 - Quinta Costa