“Ser trans no es algo de otro mundo”, titula la columna de la publicista y modelo trans Fabiana Portella publicada en este mismo medio el día 24 de octubre. Yo agregaría que ser trans es de este mundo y a la vez, de uno paralelo. El doble mundo de la hipocresía no es un término impuesto por las “trans”, al contrario. Las condiciones que derivan en que un triunfo futbolístico sea una especie de gesta heroica, mientras que ser transexual, una vergüenza nacional, son las mismas que rigen y sustentan cierto mundo: el del patriarcado, el machismo y la violencia en contra de mujeres* y trans* (vaya el asterisco en representación de la vastedad de los términos).

En su columna, Fabiana Portella refiere el intensivo maltrato que ha estado recibiendo a través de cientos de mensajes anónimos -y otros no tanto- en redes sociales tras compartir en su cuenta Instagram que, previo al partido que definía la clasificación de la selección chilena al mundial de fútbol, fue contactada por jugadores para “pasarlo bien”, “donde había copete y más para pasarlo mejor” (…) les dije que no y como es de costumbre me dijeron ándate a la… y cuánto querí $”. Nada tan del “otro” mundo, solo que esta vez se trataba de contactar a una trans.

Nadie ha removido mucho el tema ya que Portella tendría respaldo de lo afirmado. Pero más allá de la indisciplina de la selección chilena, que a mí en lo personal me tiene sin cuidado, me parece que se está pasando por alto una excelente instancia de hacer política y dar una declaración valiosa, no tan solo por parte de Fabiana, sino que de parte de los hombres.

Personalmente, me da igual si Chile clasifica o no al Mundial. También me da igual si estos futbolistas engañan a la esposa o polola (seguro que ellas la hacen más piola). Despejado el triunfo de Massú y González de los lagrimones de Solabarrieta, me parece que su repercusión más poética y esperanzadora fueron todas esas mallas, tenistas y canchas improvisadas que se vieron durante un tiempo en calles y barrios. Personas, hombres, mujeres, niñxs, niñes… sustituir todo ese otro imaginario de asados, chelas levanta muerto, pelotazos y machos por bailarinas de la raqueta. Porque de hombres, desodorantes y referencias a  las calugas estamos hartas. La ficción de estos hombres “100% héteros” más depilados y encremados que mi amigo vedetto de disco cola ya no da para más, y eso no es precisamente porque les guste “comerse una trava” de vez en cuando (“chileno come trava”, se burlaban algunos tuiteros argentinos, no tanto del gusto de los chilenos, sino más bien de su doble estándar). Dejemos que aflore el tenista y el futbolista pansexual, bisexual y homosexual. Que haya espacio para las lesbianas, mujeres y travestis tenistas y futbolistas. Ya ha pasado en las grandes ligas y ahora solo juegan mejor. Dejemos de tener tanto miedo y el poto tan fruncido.

Camino con mi amiga Paris por el parque. ¿Una princesa, una sirena? No puede haber una. Después de que pase un río de sangre, violencia, himnos, goles, SIDA y tuberculosis, de marginación contemporánea mutada en “patrimonio” y candidatos de derecha LGBT. Después del cinismo de la intelligentsia gay cis que “rechaza” el pene que a las transexuales a veces cobra la vida, con esa amiga, pensábamos en todas las puertas que se cierran por ser “trans” (travesti, intersex). Desde nuestras vivencias muy diferentes llegamos a una misma conclusión: “las travestis mereceremos reverencia y adoración, no cantos transfóbicos”, meditábamos sabiendo que sacarse las costillas en Tailandia y caminar por los bares repletos de shemales también es un sueño americano trans, otra mentira con doble fondo. La trans* y la travesti recortada y en contraste con el paisaje, ultra visible e invisible al mismo tiempo. En esto pensábamos con la prima, mientras nuestra otra compañera, que venía medio borracha, se bajaba los pantalones y defecaba a vista de todos, con su hermoso pelo rubio quemado ardiendo bajo el sol y una teta afuera, recortada contra toda esa escoria indolente y aburrida camino del almuerzo. Después de que pase el río de sangre, mierda y cantos de muerte de los hombres, bajará por el río no una, sino una horda de unicornias y sirenas vengadoras, mujeres, trans y travestis.

Veo a Fabiana Portella tranquila, segura, denunciando en su lenguaje no tanto una indisciplina -quizás ya ni siquiera “denunciando-, comentando un maltrato más, otra forma idiota, el mismo protocolo de machos vencidos de siempre. Don Julio metiendo a la fuerza al hijo no heterosexual, dentro de la cama de una mujer/travesti. Gol de Chile.

Risa esos encalugados depilados mirando fotos de Instagram, llamando por teléfono ¡a una foto de Instagram! (jaja), con una mano en el celular y la otra en la caluga. La transexual (o transgénero, pero hoy no vamos a hablar tanto desde el diccionario estadounidense, porque el porno, el trabajo sexual y el escortismo nos requieren siempre como decorado, como un bien de lujo, sin un pelo, sin un solo rasgo de “masculinidad” a no ser el pene; pequeño detalle; la tranny, la shemale, la travesti, la transexual con regalo).

Claudio Bravo. El ordenado Claudio Bravo defiende públicamente los cantos homofóbicos (transfóbicos y xenofóbicos también) como parte  del folclore futbolístico. ¿Cómo se la dedicó Carla, mi otra amiga, poeta travesti? Le puso en la revista Travesti que hicimos hace poco, debajo de una foto de Maradona travestido (al 10, a Ronaldo y a otras estrellas les encantan las travestis), “POR Una roja LabiaL (por una repasadita): Claudito, papito, la xenofobia y la homofobia no son folclore.  Yapos, Claudito, si en secreto te paso los goles de hoyito”. Beausejour. ¿Quién no adora a Beausejour por hablar sobre política, por reconocer que el suelo que pisa sigue manchado con sangre y tortura? Ahora, ¿será posible referirse, además, a personas trans, a lesbianas, a homosexuales, explícitamente, aunque sea por una sola vez?

Hablen o no hablen, amenacen o no amenacen, mientan o no mientan, igual vendrá una travesti, una transexual, una transgénera y otra más. Vendrá una intersexual sin miedo. Nunca tuvimos miedo, ya nos cansamos de callar y soportar su entramado de país sin goles, sin amor, sin poesía y sin mundial. Sin amor por las trans no hay nada, menos poesía o mundial de fútbol.


mujer trans, directora Transitar