Se inscribió apenas vio el anuncio en Facebook: “Primera versión del Congreso para una Educación TRANSformadora”. Isabel Vera leyó la frase y escribió a la organización. Su amor hacia Cataleya, su hija trans, hizo que pasara por alto los más de 3.700 kilómetros que separaban su hogar en Ecuador del lugar del evento, en Santiago de Chile.

No hay problema, te quedas en mi casa le dijo desde Chile Evelyn Silva, organizadora del encuentro a través de Fundación Selenna.

Las inquietudes de Isabel eran las mismas que ella tuvo en algún momento. Las mismas dudas que poco a poco fue resolviendo con la ayuda de su hija Selenna y que las llevaron a ambas a luchar por hacer que la niñez trans no sea algo invisible. “Si me ves, existo”, es el lema de la fundación.

Una sola recomendación, de madre a madre, le hizo Evelyn a Isabel:

Ven con tu hija. Este viaje es para ella.

Los cinco días de estadía en Chile, que se suponían serían de carácter informativo para Isabel, tomaron un significado mucho más profundo para ella y su hija.

Un viaje incómodo

Isabel relata así su complejo vuelo a Chile:

“En el momento en que salí de Ecuador con mi hija, estaba llena de miedos. Me habían dicho que sería la primera niña trans en salir del país.

Esto se notó en la cara de desconcierto de la oficial ecuatoriana de migraciones que recibió el pasaporte de Cataleya. Leyó palabra por palabra el permiso de salida. Miraba y volvía a mirar sin preguntarme nada. Estaba confundida al ver a la Cata, que se ve como niña, pero que obviamente en su cédula no aparece así. Finalmente una colega suya atinó a preguntar:

Me parece que se han equivocado en la cédula, porque dice masculino y la niña es niña.

No se han equivocado, ella es una niña trans respondí.

La Cata estaba súper nerviosa, corriendo de lado a lado y preguntando ‘¿qué pasa mamá? ¿Por qué no nos vamos?’. Se olvidaron de que si tienen alguna duda está el registro de huella, para no hacer el momento incómodo. Yo también me vi súper mal, porque tenía que dar una explicación de algo que ya estaba a la vista.

Finalmente, entre una y otra se ayudaron y nos chequearon el pasaporte.

El momento de ingresar a Chile fue súper distinto. El chico de inmigración cogió el pasaporte, lo selló y nos dio la bienvenida. Nunca miró mucho a la Cata como lo hicieron allá, con la foto al lado de la cara como para saber si era ella.

En Ecuador hemos vivido entre mentiras. Solo la familia sabe de esto. La Cata está ‘enseñada’ a mentir, sabe muy bien cómo ocultarlo. Ha vivido una doble vida en la escuela, en la casa.

Llegamos al domicilio de Evelyn en Maipú y cuando la Cata habló con Selenna, que también es una niña trans, me di cuenta de que la situación era totalmente distinta, porque lo primero que le preguntó fue:

Oye, ¿en tu colegio saben que eres trans?

Sí, obvio que sí -respondió Selenna.

¿Y yo? ¿Cómo voy a llegar?

¡Como trans, poh!

Bueno, tú les vas a decir que yo soy trans… pero si se ríen o se burlan, ¡tú les dices que era una broma!

Fue una decisión que tomaron ellas. Nosotras, las madres, no nos metimos. Ese tipo de cosas fueron súper nuevas para la Cata. El tema de no mentir”.

Foto por Fundación Selenna.

“No somos princesas, somos inteligencias”

En los vagones del Metro de Santiago está desplegada la campaña de la Asociación Organizando Trans Diversidades (OTD Chile) por la promoción de derechos de las personas trans.

“Hija, amo tu mirada, amo tu sonrisa, amo tu ser trans… y me la juego por el derecho a tu identidad”, reza uno de los afiches. Acompañan el mensaje datos de la Encuesta T -realizada por OTD a más de 300 personas trans en Chile- respecto a la niñez trans: más de un 60% de los estudiantes declaran haber sido discriminados en sus establecimientos escolares y un 35% dice haber sufrido violencia verbal o física de sus compañeros.

Uno de los resultados más dramáticos es que, del 55,2% de las personas trans que dijo haber intentado suicidarse, un 83% dijo haberlo hecho entre los 11 y los 18 años.

En lo legal, ni Chile ni Ecuador cuentan con una Ley de Identidad de Género. Según el Informe de Mapeo Legal Trans 2016 del de ILGA (Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex), solo hay cuatro países de Latinoamérica que tienen una legislación específica para personas trans: Argentina, Bolivia, Colombia y Uruguay.

Isabel Vera destaca que al menos en Chile es visible la niñez trans. En su país, asegura, es un tabú.

La propia Cataleya conocía desde antes a Selenna:

Cuando llegué acá para estar con ella yo dije ‘¡Ay, esto debe ser un sueño!’, porque la veía mucho en YouTube y me gustaban las frases que decía.

¿Qué frase te gustaba?

Mmm, esta: “Las niñas trans no somos princesas, somos inteligencias”.

Ambas corren de lado a lado con sus muñecas Mal e Evie de las “Descendientes” de Disney. Se ríen con complicidad mientras se suben a los distintos juegos de una plaza de barrio en Maipú. Selenna, más calma. Cataleya, más rebelde. Ambas con la energía propia de niñas de 8 y 9 años.

Isabel Vera y Evelyn Silva se ríen con sus juegos. Entre ambas también está la complicidad tras haber vivido exactamente la misma experiencia de que sus hijas, cuando fueron criadas como niños, se les plantaran de frente y les dijeran: “Mamá, yo soy una niña”.

Foto por Fundación Selenna.

Cuando Isabel escuchó esa confesión, inició una serie de consultas con profesionales de Ecuador. Un “adultocentrismo” del que hoy se arrepiente. “Fui buscando psicólogos y uno me decía una cosa, otro me decía otra”.

—¿Qué recomendaciones te daban?

—Que le quitara las muñecas de su hermana y le pusiera cosas de niño. Pero ella cogía trapos y los moldeaba en forma de muñecas. Luego: “¿Qué tal si usted la junta más con el papá y él se la lleva a hacer actividades de niño?”. Ok. Mi esposo la llevaba a una cancha a jugar fútbol, pero la Cata no quería. Otra psicóloga me decía: “Si no tiene mucha familiaridad con el pene a la hora de hacer pipí es porque no ha visto al papá hacer pipí. Póngalo al lado de él”. Lo hicimos. Otra psicóloga me dijo “¡no lo hagas!”. La sacamos. Siempre siguiendo lo que los profesionales sugerían, pero nada surtía algún efecto.

—¿Crees que el tabú del que me hablabas influía en lo que te decían?

—No les ponen este tema como una materia. En Ecuador incluso hay clínicas para que la gente deje de ser homosexual. Muchas familias meten ahí a sus muchachos y los torturan de una manera increíble. Todo porque no ha habido otra mamá que diga: “A mí también me pasa”. Solo una profesional trans, Diane Rodríguez (hoy asambleísta en Ecuador), nos dijo: “Veo muchas características, pero no puedo dar un diagnóstico porque no quiero ‘influenciar’ esto. Esperen algunos años”. Eso hicimos, pero años después dieron otros diagnósticos como disforia de género.

—¿Cómo terminaron ese ciclo de consultas?

—Hubo un episodio en que la misma psicóloga de la escuela de la Cata cometió un acto terrible y le dijo que ella nunca iba a ser niña, por más que se dejara crecer el cabello o se pusiera ropa de niña. Sumado eso al bullying que le hacían en su curso, la Cata estaba muy mal. Con coraje, yo puse una demanda en contra de la institución y de esa profesional. Para mí, ese fue el detonante.

—¿Qué hicieron al respecto?

—Teníamos un viaje a Quito y le dije: “Bueno, para este viaje, ¿cómo quieres ir?”. Ella respondió: “Quisiera ir como niña pero que guardes en la maleta ropa de niño”. Siempre era por precaución por el entorno. Yo le dije: “No, esta vez lo vamos a hacer sin importar lo que la gente pueda decir”. Hizo el viaje como Cataleya. Le brillaban los ojos. Nunca más regresó el niño que nosotros habíamos tenido.

—Al mirar en retrospectiva, ¿qué cosas crees que habrías hecho de otra manera?

—La más importantísima de todas es haber hecho el tránsito mucho antes. Esto lo supe siempre, no sabía el nombre, pero hay ciertas señales que te mandan los niños. Por eso me culpo mucho. Hay veces que uno piensa como adulto y valora la opinión de los adultos. Los padres muchas veces nos centramos en lo que la sociedad diga, pero la sociedad está matando a estos chicos.

—¿Cuál es el rol que juega una madre en estos casos?

—El daño más grande que hay para un niño, niña o adolescente trans es el rechazo de un padre o una madre. Si un niño o niña trans no tiene el apoyo de sus padres, no tiene padres.

Isabel planea manejar de forma paulatina el término de las mentiras en Ecuador: “Con el Congreso me quedó dando vueltas en la cabeza que uno vive tan escondido en el Ecuador. Al ver a tantas familias viviendo cosas similares, me di cuenta de que estaba la oportunidad de vivir una vida real. No es vida el tema de andarte escondiendo o reprimirte por el temor a lo que la gente va a decir”.

Las niñas también hablan sobre el tema. Cataleya asegura que no puede revelar su condición todavía en su escuela: “En el Ecuador no conocen eso del transgénero”. También le pregunta a Selenna cómo tomaron en su curso cuando ella dijo ser trans.

—Nada, lo tomaron súper bien. Es importante nunca tener miedo. Una persona no puede vivir sin luchar en la vida.

El color rosa

Un panel de ocho niños y niñas trans fue una de las dinámicas que se dio en el Congreso para una Educación TRANSformadora. Entre las revelaciones que dieron desde su experiencia estuvo el hecho de que se sentían más cómodos y cómodas siendo visibles como trans y que los profesores entendían mejor el significado de ser trans que otros niños.

Exposición de Evelyn Silva en el Congreso. Foto por Fundación Selenna.

Una de las grandes dudas que planteó Evelyn fue cómo acercar el tema a los compañeros de cursos más pequeños. “No podemos llegar y decirles: ‘¿Saben qué? Hay niños que tienen vagina y niñas que tienen pene'”.

Desde el fondo del público apareció el cuentacuentos Pato Cultivo, quien ha trabajado con la Fundación. “Creo que tengo una muy buena idea para hablar de diversidad”, dijo.

Solo necesitaba un asistente. No tenía idea de quiénes eran las personas en el público, pero le llamó la atención el ángel de Cataleya, que lo miraba fijamente, por lo que la hizo subir entre aplausos. “Después su mamá me confesó que cuando subí al escenario la Cata había dicho: ‘¡mamá quiero subir con él!’. Y que la hubiera escogido había sido algo como mágico”, dice Patricio Herrera, quien interpreta al cuentacuentos.

“El día en que los crayones renunciaron” fue la historia que escogió. Trata de doce crayones que le escriben a su dueño, Duncan, una carta respecto a distintos problemas. El crayón negro está molesto por ser solo ocupado para pintar los bordes, el naranjo y el amarillo no logran ponerse de acuerdo sobre cual de ellos es el color del sol y el blanco quiere pintar más que solo fantasmitas.

En un momento, Cataleya eligió la carta del crayón rosado a Duncan:

“Hola compadre, ¿qué tal? Oye una pregunta: ¿por qué no me has usado en un año? ¿Piensas que soy un color de niña, verdad?

Y bueno, ¿por qué no pintas algún día un dinosaurio rosado o un vaquero rosa? ¡No les vendría nada mal un poco de color!

Atentamente, tu no usado amigo, el crayón color rosado”.

Herrera dice que cuando lee esa carta se genera una dinámica con el público infantil: “Yo le pregunto a los niños: ‘A ver, ¿quién ocupa el color rosado?’. Y hay respuestas como: ‘Eso es de mujer’. Y luego digo: ‘¿Y quién ocupa el azul?’. Obviamente niñas y niños levantan la mano. Entonces les digo: ‘¿Y por qué el rosado no? ¡Que alguien me traiga el certificado de nacimiento del rosado que dice que es solo para mujeres!'”.

Cuando termina el cuento, los niños empiezan a sugerirle soluciones a Duncan. Que no abuse de los colores, que pinte con todos ellos, que pinte solo con los que no ha ocupado, que pinte un cielo rosado.

La solución que encuentra Duncan es un paisaje con todos los colores cambiados, con cielos amarillos y dinosaurios rosados. Cataleya asegura que la dinámica del cuentacuentos fue una de las cosas que más le gustó de su viaje.

Tal como es

Evelyn se toma el Congreso como una experiencia muy positiva. “No era nuestro interés descubrir el origen de lo trans, sino que queremos que nuestros hijos estén en un espacio seguro. El adultocentrismo en este país es muy fuerte”.

¿En qué sentido?

—En el de la certeza. “Quiero la certeza de que si es niña, es niña”. Pucha, pero a lo mejor mi hija me va a decir un día: “¿Sabes qué mamá? Quiero vivir esta otra parte de la experiencia”. Y es válido. ¿Por qué tenemos que ser tan absolutistas? La niñez trans es mucho más libre.

¿Cuál es el rol de una madre en estos casos?

—Es difícil. Una como mamá se siente súper sola. Nadie más vive lo que vives tú. Además te saturan de información: gente que ya lo vivió, trans adultos, expertos, psiquiatras, psicólogos, endocrinólogos. Es como”¡Arrrg, mucha gente dando opiniones!”. Yo le dije a Isabel: “Usa el instinto de mamá que te trajo hasta acá para ir filtrando qué es bueno para ti y tu hija, porque no todas las historias son iguales”. Nunca hay que imponer a un papá o a una mamá esta situación de hacer el tránsito sí o sí. Hay muchas otras lógicas detrás de la niñez.

¿Cuáles?

—Hay que mirar más allá de lo trans. Eso es una característica, pero hay otras cosas más importantes: el cariño, la comprensión, la salud. A lo mejor un papá no quiere que su hijo juegue a las muñecas, pero quizás es súper cariñoso y atento, trabajador, preocupado de que su familia esté bien. Entonces no vas a ir a meter esta temática diciendo: “¡Cómo se te ocurre!”. Tienes que ir paso a paso abriendo diversidades desde otras lógicas, deconstruyendo ese machismo.

—¿Qué comentarios te ha tocado recibir con el tema de exponer la niñez trans? Hay gente que es más reticente.

—Al principio del tránsito de la Sele, no nos expusimos por consejos de personas trans adultas. Yo, por miedo, por cobardía. Después entendí que mi hija no es una delincuente y que no le ha hecho nada a nadie. No tiene por qué esconderse. Nuestro slogan es “Si me ves, existo”. El tabú siempre esconde algo malo, ¿y por qué va a ser malo ser trans? Alguien tenía que dar el paso. Está el discurso de “no expongamos a los niños”, pero cuando tú invisibilizas a un niño, lo expones aún más. Invisibilizar es violentar.

Esa fue la frase que más marcó a Isabel. Viajó a Ecuador con la idea de hacer una fundación para visibilizar la niñez trans. Evelyn le regaló el nombre de su organización.

Cataleya vivió cinco días sin necesidad de mentir. En el colegio de Selenna, El Trigal de Maipú, la acogieron tal como es: una niña trans.

En una de las clases hizo un dibujo. En el centro están sonriendo ambas niñas, mientras Cataleya le regala a Selenna la flor orquídea que lleva su mismo nombre.