Tengo un amigo que siempre frente a la coyuntura me desafía a que exprese una opinión taxativa respecto de hechos circunstanciales, al menos de aquellos difundidos como los más trascendentes por los medios de comunicación. Lo hace de tal forma que sospecho muchas veces que responde al estilo de abogado del diablo. Esta vez insistió mucho en el tema de la declarada independencia de Cataluña de España, de tal manera que decidí darle mi mirada respecto de este caso.

Para empezar, le consulté si sabía desde cuando las corridas de toro estaban prohibidas en Barcelona y todo Cataluña. Me miró sorprendido, reflejando que no conocía de esa prohibición y además parecía no concebir que eso ocurriera en España. Junto con contarle que esa disposición se aplicaba desde enero del 2012 y respondía a una ley aprobada democráticamente por el Parlamento Autónomo Catalán, le comenté que esa cuestión seguramente era el fruto de un largo camino de carácter cultural, que contribuía a comprender las diferencias respecto del reino de España. No obstante, quise intentar una respuesta más arriesgada con tufo de hipótesis, que paso a comentar.

Sabemos que en los dos últimos siglos la convivencia de los seres humanos en la sociedad occidental se ha basado en la estructuración, instauración y fundación de los llamados Estado-nación, como una primera globalización. Sin ir más lejos, la llegada de los invasores a nuestras tierras, cada día más es entendida como la oportunidad que tuvo el capitalismo de seguir subsistiendo y transformarse en lo que hoy conocemos, luego de 500 años de saqueo y despojo de nuestras riquezas. Desarrollar la tarea respecto de la fundación de los Estado-nación no fue fácil en nuestras tierras, significó derramamiento de mucha sangre y la estructuración de relaciones de poder por parte de los invasores primero y luego de quienes, instalándose en estos territorios, fueron formando las clases dominantes beneficiadas con ese poder.

Sin embargo, los Estado–nación se formaron, existieron y existen con las tensiones que significan la economía, la política y la cultura. En este punto, mi amigo me interrumpió y me dice “no, por favor; no partamos por la economía”. “Perfecto”, le manifesté, “entonces permíteme hacer un paralelo antojadizo entre Cataluña y el territorio mapuche, que por cierto cubre parte de dos naciones como Chile y Argentina, se trata de hablar de valor”. Se lo dije recalcándole que no se trata del valor que tiene que ver con las equivalencias o intercambio como lo hizo Smith y que permitió a Marx construir su teoría del valor; sino que el valor referido a aquello que las personas consideramos valorable, y en ese caso -le advertí a mi amigo- que ese valor es inconmensurable. Es decir, no se puede medir ni cuantificar. Por tanto, los esfuerzos que se hacen para resolver, en el caso de los mapuches, las tensiones y conflictos con la entrega de tierras (que efectivamente fueron arrebatadas a sangre y fuego) no resolverán el problema, porque lo más probable que lo sentido con mayor profundidad, esté constituido por aquellas cosas inconmensurables. Como por ejemplo, en el caso de los catalanes dejar de festejar la fiesta que significaban las corridas de toros o su idioma que ya en 1556 Felipe II advertía que quien osara simplemente escribir en catalán sería castigado con cárcel y pena de muerte y se le incautarían todos sus bienes. Volviendo a los mapuches, sería en su caso su visión cósmica o símbolos considerados profanos.

Decir que no existe solución a partir de aquellos conflictos basados en cuestiones inconmensurables significaría renunciar a encontrar salidas. Sin embargo, le comenté a mi amigo que es posible construir salidas, pero esas salidas cuando tienen que ver con integración, si en vez de ser pensada no sólo en el sentido que signifique forzarlos a integrarse al modo de producción capitalista -que es la que nuestros estados han asumido como si se tratara de una ley universal- se hicieran esfuerzos creativos en otro sentido, estaríamos en condiciones de explorar una salida.

Sin embargo, le comento a mi amigo, para no defraudarlo respecto de no profundizar en torno a Cataluña y su sofocada independencia en estas horas, que la explicación que yo puedo aventurar  para entender a los socialistas y liberales alineados con el reino de España en contra del proceso de independencia de los catalanes, se basa precisamente  en que estos actúan como cómplices de esta nueva forma de acumulación de capital, que se ha llamado neoliberal, pero que en concreto se trata de la preeminencia del capital financiero sobre el capital productivo, que obtiene enormes ganancias por la vía de destruir derechos sociales y transformarlos en negocios como la salud y la previsión (que nosotros en Chile conocemos muy bien).

Esta situación nos permite confrontar lo que podríamos llamar una primera globalización destinada precisamente a la formación de los Estado-nación, con la globalización actual que ha estado dirigida al sometimiento de los Estado- nación al control del capital financiero, en manos de las multinacionales o transnacionales que han derivado el control a organismos externos a los estados, como el FMI y el Banco Central Europeo, cuyas acciones precisamente pudieran provocar reacciones como la de Barcelona respecto de Madrid, desde donde se opera con el poder de la centralización sin considerar compensaciones como las que produce el turismo u otras en Cataluña

Un ejemplo comparado con lo anterior que le hizo mucho sentido a mi amigo fue el caso de Antofagasta, que tiene el PIB per cápita más alto de Chile y de los países latinoamericanos y donde no obstante hay grandes sectores sin agua potable y alcantarillado. Le agregué que colocara atención a la pobre declaración de nuestro canciller respecto del caso catalán: “el Gobierno de Chile expresa su pleno respaldo a la unidad e integridad territorial de España, al respeto al estado de derecho y al orden democrático y constitucional español, marco en el cual puede existir espacio para el diálogo institucional y el ejercicio de los derechos y libertades de todos los españoles”.

En esta declaración, que opera como un simulacro, el señor Heraldo Muñoz la hace desde un lugar donde la soberanía es vapuleada y burlada diariamente, un lugar en que aún se insiste en valores como la de un Estado-nación y que se arguye, frente al tema territorial y cultural del pueblo mapuche y que, por otro lado, hace que el rol potencial de las fuerzas armadas sea en algún momento la de la penosa misión de defender los intereses de los dueños del agua potable, de las comunicaciones, de la energía eléctrica o de las diez empresas más grandes de minería que operan en nuestro territorio. Que dicho sea de paso, y según un estudio de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile, se llevaron en ocho años una renta regalada equivalente a dos años del presupuesto de este Estado-nación.

Cuando le hablaba del atropello de las fronteras, adelantándome a la pregunta de mi amigo que con su mirada me advertía del peligro de los nacionalismos que pueden estar presente en estos fenómenos, al momento que  le enumeraba lo que ha pasado en casos como Escocia, la Lombardía en Italia y algunos síntomas en Flandes en Bélgica, le digo: “ok, en la próxima hablamos de eso”.