*Versión original publicada en la Revista Multiverso #3

Lunes 7 de diciembre, 2015. 5:40 am.

-Va a temblar –dijo Cristián al despertar.

-Ya tembló –respondió Stéfanie, cuando la mayor parte de la ciudad dormía. El temblor de 5,5° en la escala de Richter quizás despertó a varios, pero a ella las ondas sísmicas la encontraron acostada en el suelo de su casa, media adormecida, durante un trabajo que la estaba dejando exhausta y que había comenzado diez horas antes.

“Fue un trabajo de las dos”, reconoce refiriéndose a Maëlle.

Veinticinco horas después del temblor, Stéfanie y Maëlle se vieron por primera vez.

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La experiencia más importante de la vida, junto con la muerte. El canal es estrecho y atravesarlo implica toda una lucha. Es nuestro primer viaje del héroe, así lo explica Stanislav Grof, psiquiatra checo y uno de los fundadores de la psicología transpersonal, aludiendo a la teoría del monomito de Joseph Campbell.

Todos venimos con un agujero en el corazón, el foramen oval, que se cierra una vez que ya respiramos. Además, son muchas las acciones que hacemos por primera vez en nuestra vida: respirar, digerir y llorar son sólo algunas.

En su libro “El juego cósmico”, Grof reconoce que la “representación del nacimiento y de la muerte en nuestra psique y la asociación cercana entre sí puede sorprender a los psicólogos y psiquiatras tradicionales”. Y es que ambos procesos están más relacionados que lo que parecen. El psiquiatra aclara: “El parto termina brutalmente con la existencia intrauterina del feto. Este ‘muere’ como organismo acuático y nace como forma de vida que respira aire y que es fisiológica e incluso anatómicamente diferente”.

Debido a la trascendencia del asunto, se han alzado voces críticas que cuestionan el idealizado modelo biomédico imperante, el cual ha priorizado el uso de tecnología a toda costa, entorpeciendo la que debería ser la primera gesta heroica de toda persona.

El trance de la voz

Lunes 7 de diciembre. 9:00 pm.

A partir de la mañana del lunes, y luego de toda una noche en trabajo de parto, las contracciones se suavizaron. Pero Stéfanie sabía que volverían en la noche y con más intensidad. La tarde la pasó en su casa con Cristian, su pareja y padre de Maëlle. Apenas se movía, porque estaba con contracciones cada 15 a 20 minutos, en promedio. Le dolían harto, pero menos que las matutinas. Sin embargo, mantuvo la calma: “No me hacía muchas preguntas, sólo vivía ese momento único e inolvidable”.

A las nueve de la noche su pronóstico acertó y las contracciones regresaron con más fuerza que durante el día.

Entonces comenzó con ejercicios de vocalización, bajo la premisa de que la parte superior del cuerpo está conectada con la inferior. “La relajación de la boca y la mandíbula está directamente relacionada con la capacidad del útero y de la vagina de abrirse a su máxima capacidad”, aclara.

Stéfanie sentía tan fuerte las contracciones que quería estar sola. Se acostaba en la cama boca abajo y gritaba con los ojos cerrados: “aaaaaommm”, esperando abrir el chakra de la garganta. Lo recuerda como un trance: “Cada contracción era como estar en el universo. Todo oscuro y mi voz se expandía. También era como entrar en mi voz. Es muy difícil de explicar… era el infinito.”

Un par de horas después la vocalización se convirtió en gritos de dolor, por lo que Cristian tuvo que cerrar todas las ventanas para no asustar a los vecinos. Aunque la había descartado, incluso pensó en pedir anestesia, pero luego lo olvidó.

Era el momento de tomar un baño de tina. Esa fue la recomendación que dio por teléfono Marta Mujica, una de las matronas que trabaja con el doctor Jaime Robles, conocido defensor del parto natural y seguidor del cirujano y obstetra francés Michel Odent, uno de los más citados a la hora de hablar de parir.

Stéfanie apenas se podía parar cuando se metió al agua, mientras sentía tres contracciones cada ocho minutos. La luz era tenue y el olor agradable, gracias a la aromaterapia. Todo este escenario fue preparado por Cristian. “El agua caliente acelera las contracciones y facilita toda la labor del parto, pero no al principio porque provocaría el efecto contrario”, explica ella. El dolor disminuyó, pero sólo un poco.

Media hora después, Cristian llamó a Martita para comunicarle sobre la señal que estaban esperando: tres contracciones en diez minutos durante una hora. La matrona respondió:

-Nos juntamos en la clínica en 40 minutos.

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Desde el punto de vista de la mujer, el nacimiento también es un acontecimiento único. Michelle Sadler, antropóloga que lleva años estudiando sobre la gestación y nacimiento, señala a El Desconcierto que “el parto es la demostración de un momento de poder. Sin embargo, la excesiva medicalización de este proceso lo ha despojado de esta connotación y ha vuelto a la mujer un objeto pasivo. Es una situación que está muy naturalizada”.

Para que este escenario se configurara de esta forma, tuvo que ocurrir un proceso histórico de larga data, en el que interfirieron múltiples factores, según Sadler. La antropóloga recuerda que durante mucho tiempo las mujeres parieron entre mujeres, lo que las dotó de un conocimiento profundo y empírico. Sin embargo, “hoy predomina la ‘medicina profesional’, centrada principalmente en los aspectos fisiológicos del proceso. No es un modelo integral”.

En este contexto, no sorprende la alta prevalencia de cesáreas en Chile. En enero de este año, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) difundió un estudio que ubicó a Chile como el segundo país con mayor número de estas intervenciones: 47,1 cesáreas por cada 100 nacimientos.

Estos datos concuerdan con otros entregados el 2013 por el Ministerio de Salud: el 40,4% de partos fueron resueltos a través de cesáreas en el sistema público. Una cifra que sube hasta el 70% en el sector privado, muy por encima del 10 al 15% recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Pero las resistencias al parto natural no sólo se gestarían desde las instituciones médicas. La autora española Casilda Rodrigáñez apunta a la “violencia interiorizada por las mujeres”. En uno de sus libros, la autora advierte: “El desconocimiento de nuestro cuerpo y la pérdida de confianza en él, junto con el miedo inculcado, nos hace hacer todo lo contrario de lo que el parto requiere; contraídas, llenas de miedo, entregamos nuestra confianza a las autoridades de la Medicina, que –cesáreas aparte– no pueden saber ni hacer lo que sólo el cuerpo sabe cómo y cuándo hacer”.

El amor en los tiempos de la oxitocina sintética

Martes 8 de diciembre. 2:00 am.

Al salir de su casa, en dirección a la clínica, comenzaron los primeros pujos: “Fue impresionante, porque sin pensarlo me puse en cuclillas y mi cuerpo pujó”, recuerda. Se trata de un recinto sin ninguna particularidad, en el centro de la ciudad, que ha aceptado acoger al equipo de Robles y su propuesta médica.

Luego de 30 horas de trabajo de parto, Stéfanie y Cristian llegaron a la clínica al mismo tiempo que la matrona, quien le preguntó si podía palparla para medir los centímetros de dilatación: detectó nueve centímetros, uno menos que los necesarios para permitir la salida de la cabeza.

Aunque ella sabía que lo aconsejable era tenerlo en posición vertical, se encontraba exhausta, así que se acostó en la sala de preparto y dejó que su cuerpo pujara solo. Cuando rompió membrana, sólo Stéfanie, la matrona y Cristian se encontraban presentes, alumbrados por la luz ligera de una lámpara de sal y con música de relajación de fondo. Todo estaba en calma. Nadie hablaba y tampoco la presionaban.

“En ese momento necesitamos oscuridad y silencio para disminuir los niveles de adrenalina y para que aumente la oxitocina, que es la hormona del amor y la que produce contracciones”, explica Stéfanie.

Cuando el doctor llegó la encontró bien y la hizo pasar a la sala de parto, en donde se unió al reducido público silencioso.

Aunque sentía que su cuerpo pujaba solo, se dio cuenta que era necesario ayudarlo con su voluntad. Así decidió levantarse de la camilla y ponerse en cuclillas.

– Tengo que sacar mis últimas fuerzas.

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Otro que también es crítico del parto sobremedicalizado es el psiquiatra chileno Claudio Naranjo: “Cada detalle del parto tecnológico es una atrocidad”. Por ejemplo, es un error cortar el cordón umbilical inmediatamente, ya que “contiene suficiente sangre como para que al bebé le alcance el oxígeno hasta que comienza a mamar, antes de respirar, incluso. Cuando se corta prematuramente se produce anoxia y la angustia que produce tal vez sea la emoción más terrible que hemos conocido: angustia de muerte que llevamos en nuestro subsuelo psíquico como factor debilitante.”

Según Naranjo existe “mucha patología que deriva de la interferencia con lo natural y la más grande es la separación de los niños de las madres, en los momentos que son definitivos”. La angustia que se produce no sólo incidiría en el desarrollo, sino también en la capacidad de amar.

Es la misma opinión de Michel Odent: “Hoy sabemos que la manera en que nacemos tiene consecuencias no sólo a lo largo de toda la vida, sino incluso consecuencias que se transmitirán a las generaciones siguientes. Hay un correlato entre cómo nacemos y el presente”.

Revolución personal

Martes 8 de diciembre. 6:40 am.

Stéfanie sacó fuerzas y se puso en cuclillas. Cristián estaba sentado atrás y la sostenía, mientras ella posaba sus brazos sobre las rodillas de él. El doctor y la matrona estaban cada uno a un lado. Stéfanie cerró los ojos y pujó con toda su fuerza en cada contracción y ya ni siquiera gritaba.

En ese momento Cristián sentía que le podía divisar todas las venas del cuerpo. Finalmente, tanto esfuerzo tuvo resultados:

-Ahí está la cabecita -le indicó Martita.

Siguió pujando hasta que la cabeza salió, entonces Maëlle hizo sus primeros sonidos. Finalmente, Stéfanie esperó otra contracción y volvió a pujar hasta que su hija nació. “Al fin el parto había terminado, el dolor había acabado y ahora tenía a Maëlle conmigo”, pensó.

Se la pasaron de inmediato. “Le vi su carita, la vi tan morena, con unos rasgos tan africanos, también morada, por tanto esfuerzo”, así recuerda Stéfanie esa primera mirada que también le devolvió sus orígenes.

La hija lloraba y su madre la abrazaba. En ese primer momento, a Maëlle no la pesaron, no la midieron, no la limpiaron ni tampoco la inyectaron. Esperaron a que el cordón umbilical dejara de latir. Su padre fue el encargado de cortárselo, entonces le dijo:

-Bienvenida al mundo.

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Odent explica que “es justo después del nacimiento del bebé y antes de la expulsión de la placenta cuando las mujeres tienen la capacidad de llegar a los niveles máximos de oxitocina”. Sin embargo, gracias a su sustituto sintético, “hoy ya no se necesita poner en funcionamiento el sistema de la oxitocina para tener bebés”.

Para Sadler, el problema no son las cesáreas ni la tecnología per se, sino la falsa autonomía en la que se encuentran las mujeres a la hora de decidir. Según la antropóloga, al inclinarse por una cesárea o la intervención de las tecnologías médicas, “la mayoría lo decide por temor, a la idea de riesgo para el bebé asociado al parto vaginal y por miedo al dolor. Ese dolor alude a sufrimiento. Se trata muchas veces del temor a un sufrimiento más moral y simbólico que físico”. Esto gracias a la construcción de un imaginario que asocia al parto con patología, riesgo, dolor y sufrimiento.

Las cesáreas sí pueden salvar vidas, aclara, pero son necesarias sólo en situaciones excepcionales. En este sentido, la tecnología es muy útil, pero solamente en casos necesarios y no en forma rutinaria. Frente a esto, la antropóloga propone confiar y recuperar el conocimiento que alguna vez tuvimos: “Perdimos ese saber en nuestros cuerpos. Debemos decidir teniendo todas las herramientas y saberes a nuestra disposición”. Esto significa promover una lógica del cuidado, que permita a las mujeres y familias usuarias dialogar con los profesionales de salud sobre sus expectativas y en base al conocimiento científico actualizado.

Hay una frase célebre de Odent que lo resume todo: “Para cambiar el mundo hay que cambiar primero la forma en que nacemos”.

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Entre cinco a diez minutos después del corte del cordón, Stéfanie pujó y botó la placenta. La única indicación médica en ese rato fue que intentara darle pecho, luego dejaron a Maëlle a solas con sus padres.

“Estuvimos solos una hora en todo este éxtasis. Todo mi cuerpo vibraba. Me sentía como en un estado alterado de la conciencia. Estaba como en otra dimensión”, recuerda Stéfanie, sospechando de la oxitocina.

Luego, no tardaron más de cinco minutos en pesar y medir a Maëlle.

“Los primeros días pensaba que era una locura lo que había hecho. Me dolía todo. La primera semana no me podía mover”. Pero hoy Stéfanie no se arrepiente: “No cambiaría nada. Siento que con la misma fortaleza que tuve durante el parto, puedo criar a mi hija y hacerme cargo de todo este periodo de puerperio que es una revolución a nivel personal”.

Para ella “el parto natural, un evento potente a nivel físico y espiritual, es como tener un rito de transición. Es pasar de ser una mujer individual a otra que cumple un nuevo rol en la vida: ser madre. Es un cambio de etapa extremadamente grande que amerita de un rito que implique esfuerzo, confianza, conexión e incluso dolor”. Stéfanie lamenta que en las sociedades occidentales actuales ya no existan rituales de transición, pues “son de suma importancia al permitirnos cortar lazos con nuestra condición anterior”.

Maëlle, en cambio, aún no tiene palabras para referirse al episodio.

Cristián, Mäelle y Stéfanie