Luego de escuchar un arsenal de “discursos exultantes”, y no pocas afirmaciones anarco/anacrónicos, que abundaron en calificar al movimiento social del 2011 como “pantalla moral” y ofensiva anti-neoliberal, la izquierda -lo que aún queda de ella- tuvo su “última cena” con metáforas maximalistas de igualdad y gratuidad (2014). Qué duda cabe sobre este desolador balance de una arruinada socialdemocracia barroca que no tiene por donde desbordar el presente, ni siquiera apelando a la producción y venta de “mitos morales”. Para hacer un retrato de la izquierda chilena me sirvo de un sentencia de Dante que aparece en “Inferno”: “¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!” (Commedia, canto Tercero).

Luego del “momento napoleónico” es posible “aventurar” una primera tesis, no del todo novedosa, sobre los sucesos acaecidos aquel año para entender las vacilaciones fatídicas de la Nueva Mayoría. La voluptuosa biblioteca del 2011 (¡ay, el modelo se cae: asamblea constituyente y sujeto popular! y ¡ay, El Otro Modelo, porque el modelo se cae y los trabajadores rompen las fábricas) se precipitaron en deslizar velozmente un “tremendismo literario” cristalizado en la movilización como una extensión de demandas ciudadanas, a la manera de un fractura con la matriz socio-económica pactada a fines de los ’80 y refrendada a comienzo de los años ’90. Sin embargo, la calle también fue una revuelta mesocrática, de insospechadas microfísicas, cuyo paradero más probable será el eventual triunfo de Sebastián Piñera –y sí, ¡sorpresas siempre pueden haber en la política! Paralelamente, la elite progresista, confiada en la fuerza auto-explicativa de algunos libros para guiar los procesos sociales, comenzó a restituir “el régimen de lo público”, desde una emergente esfera ciudadana plasmada en un libro que lleva por título El Otro Modelo. En cinco años pasionales debimos leer varios bets seller, discrepar y frustrarnos con una “literatura del derrumbe” –asediada por la urgencia mediática- provista por una emergente izquierda elitaria que formó parte del proceso de pactos mediáticos y redistribución de las representaciones de poder. Las escrituras públicas del 2011 concebidas para un sujeto de la desobediencia estética (estudiante de pregrado), libros y artículos, no fueron sino un largo obituario cincelado por una presuntuosa “aristocracia cognitiva”.

En Chile, el desencuentro elital fue determinante para estimular la rotación política y el reformismo gradual: bajo este encuadre debemos entender aquel año. Ello entrelazó con una elite que en el (pos)malestar no se puede solapar en la teoría de la gobernabilidad, por ello participó en las reconfiguraciones del 2011. En suma, ya no basta con refugiarse en la democracia de consumo, la hebra hegemónica se trizo por la parsimonia cupular y ya no es posible justificar de cualquier modo el crecimiento soslayando una desigualdad estructural; he aquí la mejor interpelación a nuestras clases dirigentes. El 2011 fue la escena de un nuevo contrato corporativo que aún no termina de cuajar, que sigue en construcción.

¿En qué momento la política institucional perdió legitimidad en Chile y la elite tuvo que salir a escena? Pues bien, la preciada gobernabilidad de los años ’90, que por estos días valoran tardíamente los dirigente del Frente Amplio y el PC, ya no respondía a la demanda social. Fueron cientos de tecnócratas y operadores que no dieron abasto para que nuestra elite se mantuviera en estado de frugalidad, en actitud de templanza y observancia feudal, luego de su deslucida actuación en 1973. Ante el conflicto generacional de las izquierdas, la clase política fue declarada ínterdicta -Caval y Penta, un banquero y el infierno-m los tecnócratas de turno no dieron respuesta y la elite quedó expuesta e incurrió en una cierta “visibilidad histérica”. Aquí no podemos olvidar esa imagen postmoderna de Luksic desde el despacho oval. Sin la gobernabilidad de los ’90 ya no es posible mantener el anonimato y la invisibilidad de las elites. Esa circulación de las representaciones elitarias fue la mejor noticia del 2011 en cuanto a re-estructuraciones de pactos mediales y nuevos diseños corporativos. En la derecha apareció el discurso innovador de Mansuy, Ortúzar y Hugo Eduardo Herrera (IES) que proyectan una derecha post-pinochestista –que se alejan de los intelectuales de orgánicos la UDI y se distancian de la figura de Guzmán- y que en su crítica a la elite nos sugieren (aunque no lo dicen) que pronto ostentaran ese lugar del privilegio decisional. En la izquierda la tarea de rearticulación político-intelectual es un proceso de mediana y larga duración, y ello sin descontar esa predica católica y moralizante del diputado Jackson y compañía. Incluso más allá del tecnoprogresismo que ofrece el Frente Amplio, no resulta muy inspirador constatar que no hay izquierda con un afán declarado de alterar el sentido común hegemónico. Pero tal proceso no llego para fundar un “populismo plebiscitario”, sino porque una “mayoría fáctica” mediante un collage de reivindicaciones –esencialmente de mercado y otras que derivan de la segregación- interpuso una queja colectiva frente a la modernización que era imposible desconocer.

Sin embargo, y a riesgo de que esta reflexión sea rotulada de “guerrilla de retaguardias”, cabe interrogarse majaderamente si durante el año 2011 asistimos a la reconstitución de actores políticos con agendas de “larga duración”, o bien si nuestra “ciudadanía empoderada y ubicua” estableció un genuino reclamo por las promesas incumplidas de la modernización –en la línea de Carlos Peña- y no así un cuestionamiento estructural al “milagro chileno que la dictadura instaló a la manera de una vanguardia productiva y que Foxley reconoció públicamente a inicios de los ’90–.

Desde la “larga duración” deberíamos volver a esta desgastada pregunta aparentemente ingenua (superada por trasnoches) para evitar cualquier piratería argumental. El estado de la cuestión nos lleva a postular que la primera audacia, para no hablar de “inoculaciones”, fue observar los sucesos del año 2011 con una lupa “sesentera” –relapse cachorril– y sugerir que los malestares de los grupos medios masificados (malestares híbridos y difusos) concordaban (o no) con la “fidelidad” del diagnóstico reformista o la “pasión igualitaria” del bacheletismo. A la luz de la actual coyuntura electoral, nuestra pregunta no es ¿cuán fiel fue el diagnóstico, sino cuan políticamente acertado resulto? Y ello so pena de que el movimiento social se auto-imputó deliberadamente –con una gramática gruesa y de trasnoche- los malestares de los grupos medios.

Antes de eso: ¿El grito de la calle, con sus malestares tan bullados, nos permiten ensayar una comprensión que no apele a la sátira? Cómo se propuso leer nuestro progresismo elitario-moderado o napoleónico los nuevos antagonismos, incluyendo el caliz de la protesta mesocrática, sin cosificar todo en un sujeto popular, o bien, en el esperado “sujeto político”. ¿No fue acaso la calle el lugar “oportuno” de grupos medios masificados aquejados por acceso a coberturas estatales, gratuidad en los aranceles de diplomados y maestrías, quienes marcharon so pena de que a su vez reclaman los goces de la modernización de turno? ¿Cómo entender un reclamo –no homogéneo- donde el neoliberalismo protesta contra el propio neoliberalismo? ¿No es posible –acaso- leer la calle como una avanzada del capital en medio de las energías de la multitud que no reclaman otro horizonte sino mejorar la bancarización de la vida cotidiana? ¿Qué pasa si las mayorías fácticas quieren proteger el mercado en sintonía con algunas reformas afines a la boutique de los servicios? ¿Un gobierno de derechas sería la tragedia de la calle, o bien la calle era tibiamente piñerista y no lo percibimos? O bien, el inicio de otras retóricas apocalípticas de parte de una izquierda que carece de todo por-venir. ¡Calle insurgente, cuestionadora, mesocrática, jacobina y oportunista! Por fin se trata de una calle de múltiples insurgencias que esta vez la elite no puede desconocer porque la subjetividad suntuaria requiere de gestión política. El resultado de esto último es una elite híbrida y copada de neoburócratas, especialistas y expertos que deben digitar orden para los nuevos satélites elitarios.

Y qué decir –nuevamente- sobre la vociferante biblioteca del 2011 y el diagnóstico inmolador de nuestros intelectuales totémicos; ¿tantos ríos de tinta y tamaña ciencia ficción para terminar en una derrota (posible) este mes de noviembre? Y qué podemos esperar si ese escenario amargo se cumple. Todo indica que es posible una segunda transición que promoverá el piñerismo como puerta de acceso a una “profundización neoliberal” –con un relato de conciliación- que esta vez será escenificado en una derecha neo/conservadora que quiere retomar la ruta de una modernización sin reformas: PIB, empleabilidad, contención del conflicto vía mercado crediticio, aquello que nuestras mayorías fácticas reclaman.

En una aproximación preliminar, ya sabemos que el año 2011 fue esencialmente una “rebelión de consumidores” integrados pero insatisfechos, una “irrupción de expectativas” con una cuota de politización, asociado a un malestar por los retrasos de inclusión o acceso a la boutique de bienes y servicios. Pero no podemos abandonar nuestra premisa de base: el movimiento en cuestión no fue una interpelación a la “raíz” de la cobertura en educación superior, sino una queja por acceso simbólico y ausencia de “prevención regulatoria”. No hubo cuestionamiento ontológico, y si lo hubo, fue más bien periférico. No hay dos tesis en la discusión como afirma el diputado Boric, a saber, la crítica interna a la modernización, más un cuestionamiento crítico-ontológico al modelo de desarrollo. Ambas tesis no poseen las mismas magnitudes. ¡Eso es un reflujo ochentero ¡La proporcionalidad es falaz por cuanto niega la fuerza hegemónica de la modernización –so penas de sus mitos, falacias, distorsiones y fabulas-, y no da cuenta de otros antagonismos que bien pueden ser leídos en la clave de nuestro alicaído progresismo.

En suma, el año 2011 no existió una genuina sedimentación de actores políticos con proyectos de sociedad que trasuntan la reproducción inter-elitaria de nuestra clase política. Se trata de una afirmación que raya en la obviedad. La izquierda padece un déficit ideológico, actoral y programático que la empuja a retorizar y muchas veces a exacerbar los espíritus de la centro-derecha y sus dolos. Por fin dada la condición miserable que padeceremos en la segunda vuelta –las espantosas imágenes de la clase política- me permito un inciso para arriesgar una secreta esperanza emotiva. En Silogismos de la Amargura Emile Cioran se refirió a J. S. Bach en los siguientes términos, “Sin Bach, la teología carecería de objeto, la creación sería ficticia, la nada perentoria [gracias a él] el universo no es un fracaso. Sin el absoluto yo sería un nihilista absoluto”. Después de esta aseveración, y evitando un nihilismo salvaje, solo se me viene a la cabeza una voz: Leipzig.