Transmordernidad, oprimidos, lumpen, representaciones, Estado, capitalismo, pueblo. Lo que sigue a este repertorio de conceptos es una larga conversación luego de un extenso viaje por la historia de América Latina, con escalas en México, Argentina, Bolivia, Venezuela, Ecuador y Chile. Un viaje a través de cortas y largas revoluciones; a través de un itinerario marcado por una ética liberadora y también por corrupciones opresoras. Un viaje guiado por siglos donde las culturas residuales, emergentes y dominantes han ido turnándose los protagonismos, entre yugos y aires transformadores. De eso y más dialogó Enrique Dussel con una audiencia principalmente joven y letrada en el “I Coloquio sobre Filosofía de la Liberación Chile: hacia una Estética de la Liberación latinoamericana de cara al siglo XXI”, organizado por el Centro de Investigación en Estéticas Latinoamericanas de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile (CIELA), con apoyo de la Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo y de Vicerrectoría de Extensión y Comunicaciones. De eso y más habló ante un Salón de Honor repleto que por dos horas lo recibió atento y lo aplaudió de pie cuando el Rector Ennio Vivaldi le otorgó el grado de Doctor Honoris Causa, impulsado por las Facultades de Artes y de Filosofía y Humanidades.

Enrique Dussel (Argentina, 1934, radicado en México desde su exilio en 1975) viajó a Chile a fines de agosto al aceptar una agenda ambiciosa y no dar tregua a charlas masivas y encuentros selectos. Es su estilo y bien lo saben en la Universidad Nacional Autónoma de México o en la Universidad de Buenos Aires o en Suiza, Italia y Francia. Ha hecho escuela con la mirada que desde el sur se ha dado a una forma de comprender las matrices culturales, políticas y sociales que nos cruzan, tensionan y hacen estallar. Levantó la Filosofía de la Liberación y también fue uno de los precursores de la Teología de la Liberación, procurando que el sentido-mundo fuera decolonial (con claves similares en Medio Oriente, África y América Latina, en los bordes).

“Me pareciera que vamos tocando fondo en ciertos lugares. En 2006 América Latina estaba viviendo una especie de primavera política. Ahora podríamos decir que estamos en un otoño político, porque no se sabe muy bien qué hacer con el pueblo. Es lo que pasó también en etapas populistas, que vinieron los gobiernos desarrollistas que quisieron ordenar la cosa según una visión más liberal, capitalista, y no pudieron porque la gente era más activa. Además nos tocó una buena primavera porque Estados Unidos se embarró en las guerras en el Medio Oriente para asegurar el petróleo y armó una hecatombe de la que no ha salido todavía. Ellos armaron el Estado Islámico y luego este se les vuelve en contra. Pero ahora Estados Unidos está volviendo a América Latina. El fracaso en Medio Oriente propicia una presencia nueva de ellos en América Latina con una nueva metodología”, sostiene el autor de obras como Filosofía de la Liberación y 20 Tesis de Política.

Al armar un pequeño mapa geopolítico para evidenciar lo que condiciona hasta nuestras subjetividades, Dussel cree que “no hay una alternativa a corto plazo al neoliberalismo”, aunque es optimista al decir que “se puede poner un freno y salvar lo que se pueda salvar, y sobre todo se puede movilizar al pueblo”. Y es ahí cuando valora proyectos como el de Hugo Chávez, “quien no fue un dictadorzuelo sino un teórico de la política. Me acuerdo que uno se reunía con él y luego daba un discurso donde metía los diez libros que había leído los días anteriores, comentando las lecturas. ¿Qué presidente de América Latina puede dar una lección de política a nivel casi universitario? Ninguno. Pero de pronto todo empieza a derrumbarse porque está la crisis del petróleo. Entonces, eran revoluciones triunfantes porque tenían recursos”. Venezuela le sirve de bisagra para afirmar que “no hay sistema político perfecto debido a la condición humana. Pero se puede gestionar esa imperfección de muchas maneras: para diez personas o para todo un pueblo. Ahí está el límite”. Un límite crítico para izquierdas y derechas. “Hoy hay que ver lo que está pasando en Venezuela a la luz de que es el país con la reserva de petróleo más grande del mundo. Es superior a la de Arabia Saudita, y Estados Unidos sabe que ahí está la solución energética para medio siglo más”, enfatiza para decir que las intervenciones son externas e internas, cuando los dirigentes pierden al pueblo que los constituyen.

Crítica a la condición humana

Dussel advierte que “hay que tener cuidado, porque la única sede del ejercicio del poder es un pueblo. La soberanía tiene al pueblo como sujeto actor y no al Estado. El Estado es un aparato obediencial del pueblo y representante del pueblo, elegido por él, y que debe crearse además una participación institucional que el Estado moderno no ha creado. Nunca hemos creado instituciones de participación que propongan a la representación los fines que controlen esa representación y que la destituyan en el ejercicio del poder si es necesario. Una democracia participativa no debe ser contradictoria a la representativa, pero hay que saberla articular. Esa es la revolución del siglo XXI. La izquierda soviética no sabía lo que era representación y tampoco participación. Desde la Revolución Francesa no se sabe lo que es un Estado participativo y por eso hay que inventarlo”.

En medio del diálogo, el ejemplo se materializa al decir que “los salarios de diputados y senadores son excesivos y hay un asunto del poder complejo cuando estos representantes, y otros, creen que son la sede del poder y no es el pueblo esa sede del poder. Ahí es cuando se corrompen. Esta es la corrupción ontológica que nadie trabaja”. Para él, “muy distinto es ser servidor del pueblo; y esa es una ética que la forma el partido, pero hoy los partidos son mecanismos electorales de corrupción de los mejores militantes. Entonces, cuando se habla de ética y política hay que tener cuidado; no sólo se debe no robar sino que entender que si cumples con la ley ya eres corrupto porque se te pagó un salario desproporcionado. Ahí es cuando no se salva nadie”.

Lenin, a quien lee como un clásico de la política sin ser leninista, antes de la Revolución decía que había que luchar contra el Estado dominador y reemplazarlo. El acto fallido se produce, dice Dussel, cuando “al mes de la Revolución le dice a los soviéticos que ellos son el Estado y que ahora deben ser más disciplinados que nunca porque deben administrar y, por lo mismo, deben ser más exigentes que antes. Pero es difícil. Es fácil criticar a la izquierda, pero es muy difícil construir” y es así como reconoce que la política tiene muchos momentos: “Se corrompió la izquierda por la condición humana y porque nunca se habló de ética porque se creía que era una investigación científica. Marx tiene una ética y no una ciencia. La ética se constata en la vida cotidiana, en la forma de vivir en el barrio, en la forma de vestirse, en todo. Es humano, concreto, pero también es estructural. Tenemos que formar políticos de un nuevo tipo y yo le llamo a eso el ejercicio de un poder obediencial, como dice Evo Morales y el zapatismo: los que mandan mandan obedeciendo, pero obedecen si el pueblo que manda, manda mandando. La única forma que tiene el pueblo para mandar es institucionalizando la participación”, como lo hacen Estados como el noruego. El problema de la izquierda es que, considera, “cree que hay ocupar el mismo Estado con un nuevo proyecto; pero no, hay que cambiar la estructura del Estado y la subjetividad del político. Es una tarea de una generación de patriotas”. Una generación que, además, debe comprender qué esconde la construcción de conceptos con el fin de generar las condiciones para su deconstrucción. Por ejemplo, sostiene, “la categoría de clase, que está dada más bien por el campo económico, no es la única categoría posible. En eso el marxismo estrechó los conceptos”.

“Bloque social de los oprimidos”

La categoría de pueblo que acuña Dussel es la que define a “pueblo” como el actor colectivo de la política y no de la economía, siendo también el actor colectivo de las culturas. “Mira lo que ha pasado en Estados Unidos, donde no han producido dirigentes sino personas irracionales como Trump. Mientras, en China se ha retornado a la filosofía confusiana, con un sentido ético distinto. El cuasi capitalismo chino es confusiano y no calvinista, pero al mismo tiempo es socialista en el punto que el Estado tiene el capital financiero”, reflexiona al comentar que cada pueblo debería darse sus propias coordenadas de sentido-mundo, pese a los distractores que, asimismo, condicionan la mirada y los proyectos, porque “la educación permanente de un pueblo está hoy en manos de una comunicación que a su vez está en manos de las transnacionales; es cuando la propaganda introduce los valores del capital y destruye los propios”.

Dussel advierte que la clase obrera puede ser tentada y tiene la “ventaja” de ser explotada, pero los marginales, los que están verdaderamente fuera del sistema, “no son ni explotados sino residuos que si dejan de existir, al sistema no les interesa”. Y eso es lo que para Marx, dice, “es un poco el lumpen; pero ese lumpen, con ese indígena, con esa feminista y todos los movimientos sociales, comienzan a constituir un bloque social de los oprimidos, que no es una clase social sino que es un pueblo. Y ese pueblo atraviesa los modos de producción. En otras épocas era el indígena de la encomienda y de la hacienda; en Francia eran los galos y hoy los obreros. Los pueblos, como el francés o el chileno, por dar ejemplos, no están determinados por el capital. El capitalismo es una etapa de ese pueblo”.

Fidel Castro, dice un Dussel que lo conoció bien, jamás dice “obrero” en el Manifiesto de la Habana, pero sí dice mucho “pueblo cubano” y hasta cita a Moisés: “Son mitos culturales los que se reproducen para relevar que el pueblo es anterior al capital. La derecha católica no sabe nada de esto, pero sí la Teología de la Liberación (Cardenal, Romero, Boff, entre tantos)”, que sufrió persecusiones de parte del Vaticano, cuando “la comunidad de base fue el lugar para hacer política en la represión y ahí el pueblo pudo ser pueblo disfrazado. Entonces, los militares no pudieron liquidarlos porque estaban leyendo el evangelio, pero en realidad estaban formando el pueblo”, un concepto “análogo y no unívoco”.

“Con Gramsci puedo decir –destaca- que pueblo es el bloque social de los oprimidos y eso es lo que me interesa. Es el actor colectivo de transformación y como tiene contradicciones en su seno –al estilo confusiano-, ese bloque puede explotar. Hay chilenos que no son pueblo, pero sí son anti-pueblo; el que oprime es anti-pueblo”. Y en este punto no habría que olvidar que para rescatar el futuro se hace necesario detenerse en la imagen de que “el pueblo chileno tiene una historia de cinco mil años, por lo mapuche y por los españoles, siendo la larga vida de un pueblo con sus revoluciones” en medio de una América Latina que aún viaja su destino.

*Original realizado por Ximena Poó y publicado en Revista Palabra Pública de la Vicerrectoría de Extensión de la U. de Chile