Difícil dejar pasar la irresponsable propuesta de Marco Enríquez-Ominami de dejar en manos de los militares a los niños infractores para evitar su paso por el Sename.

Es legítimo preguntarse si Enríquez-Ominami sabe en el país en que vive o si cree que lo hace en el país que sueña en las noches en que se ve a sí mismo como presidente.

El caso es que la propuesta de dejar a los niños infractores de ley a cargo del Ejército ni siquiera se le ha ocurrido al desquiciado ultraderechista José Antonio Kast.

¿Sabrá Enríquez-Ominami que los asesinos de su padre y de otros más de tres mil chilenos fueron en su gran mayoría miembros del Ejército al cual quiere enviar a los niños delincuentes?

¿Habrá notado que en ese mismo Ejército, parte importante de sus altos mandos y oficiales de diferente graduación, están vinculados a mayúscula estafas, robos y exacciones al erario nacional?

¿Y que a uno de su ex comandantes en jefe, Juan Miguel Fuente-alba, se le han descubierto en sus cuentas miles de millones de pesos provenientes de las arcas de la institución, es decir, en teoría, dinero de todos los chilenos?

¿Sabrá el decano de los candidatos acerca de los malos tratos a que son sometidos los jóvenes que van a hacer el servicio militar, muchos de los cuales han resultados muertos o heridos por los golpes y malos tratos recibidos durante la conscripción?

La cercanía de las elecciones, contexto en el cual se realiza el debate televisivo donde los ocho postulantes a La Moneda intentan convencer a un electorado reacio a asistir a las urnas, genera desaguisados extremos como el de Enríquez-Ominami.

La vocación del poderoso al cual aún no le ha llegado la hora, lo impulsa a mostrar toda su soberbia de niño bien, de sujeto criado en la comodidad de un exilio dorado que jamás conoció los rigores de la dictadura y que hoy se alza a través de su burbuja como el predestinado a conducir los destinos del país, para tratar de encauzar a los tontos habitantes que no hablan francés.

Marco Enríquez-Ominami hace gárgaras con la memoria de su padre y no trepida en levantar el puño y alzar la bandera rojinegra del MIR, en un intento de parecerse. Pero solo le sale una mueca impostada.

Resulta notable como la cultura de la ultraderecha, metida a concho en nuestra sociedad, queda tan de manifiesto en un sujeto que enarbola su superioridad intelectual supuesta, al momento de proponer dejar a niños en manos de una institución que en la historia del país ha sido la culpable de decenas de masacres, con miles de muertos.

Y que durante diecisiete años, a lo menos, dispuso de todo su engranaje al servicio de un traidor que se ungió como general de cinco estrellas, y a su paso dejó un reguero de sangre y sufrimiento que aún no se borra.

En los barrios más acomodados, precisamente los del candidato Enríquez-Ominami, deben estar alabando la propuesta electoral de dejar en manos del Ejercito a los niños infractores.

Sería del todo necesario, que las organizaciones dedicadas a la defensa de los derechos de los niños, hicieran saber su opinión ante la medida de corte fascista y clasista que propone el candidato.

Los profesores y profesionales que trabajan a diario con esos niños, tampoco debieran demorar en hacer ver los perjuicios de todo tipo que significaría para un niño de trece o catorce años, delincuente o no, el estar sometido a una disciplina como la de la Fuerza Militar del Ejercito que, como se sabe, opera en las condiciones más extremas posible, como por ejemplo, en la carretera austral.

En opinión del fantoche candidato Enríquez-Ominami, las profundas y complejas razones que explican la delincuencia, especialmente la juvenil, no tienen que ver con las condiciones de pobreza, marginación, desigualdad, ni con un sistema educacional que reproduce una cultura abyecta e inhumana, ni una salud que enferma ni con sistemas previsionales de espanto.

En su opinión de corte profundamente clasista, la crisis del Sename se debe a un problema de disciplina original, que sería corregida en punta y codos, palos y trabajos forzados por los instructores del Ejército.

Torpe, desubicado, alejado de la realidad, el ególatra candidato intenta combatir la pobreza combatiendo a los pobres.

Y elige una vía que ya fue probada por Pinochet con los resultados que muchas madres aún lloran.