“Me enamoré de ella cuando tenía 14 años. Era muy bonita, pero lo que más me gustó fue su manera de ser, bien chora. Andaban todos los hombres detrás de ella. Yo entonces tenía 17. No sé por qué se fijó en mí”. Han pasado más de 20 años desde que Andrés y su pareja empezaron a pololear. Hoy, con una hija de 13 años, su relación se ve sacudida por la pandemia de la violencia de género.

Andrés tiene 37 años y trabaja como conductor de camiones. Es hijo de una familia de siete hermanos, tres hombres y cuatro mujeres. “Los varones no teníamos ninguna labor dentro de la casa, no cooperábamos y no ayudábamos en nada”, recuerda. Pese a que él no tiene recuerdos de violencia de su padre hacia su madre, menciona que su hermano sí lo tiene presente: “Antes esto no se veía, fue con el uso del celular, y los videos que salen los casos ahora”, reflexiona.

De su juventud, le viene en mente “los aprendizajes” del servicio militar, donde le enseñaron a “ver la violencia desde la otra parte” y a llevarse mejor con las personas que lo rodean.

La vida de este sanramonino ha transcurrido dentro de las lógicas patriarcales de un hombre, nacido en los 80 en una de las comunas más humildes de la Región Metropolitana. Vivió entre el trabajo, salidas con amigos del barrio y el cómodo descanso en la casa, donde asumió el rol de proveedor.

-“Sentía -a lo mejor desde mi parte machista- que como yo era quien aportaba los recursos no tenía que hacer nada en la casa. ¿En qué momento lo hacía si salía muy temprano en la mañana y llegaba a la hora de dormir? Cuando estaba en la casa buscaba paz y tranquilidad porque se supone que en mi casa me tienen que dar eso y no al contrario. El fin de semana quería puro descansar y ella quería puro salir. No nos entendíamos”.

Según su versión, en mayo de 2016 el matrimonio experimentó un profundo cambio. Un accidente de moto en el que Andrés sufrió una hernia y una discopatía cervical, gatilló la situación actual.

-“Estuve un año con licencia y empezaron a bajar los ingresos. Nos teníamos que apretar, pero ella me entendió repoco y siguió utilizando las tarjetas. Para ella era consumir y comprar. Pensé que se interesaba en mí sólo por las cosas materiales que yo le daba y no por amor. Empecé a estar mal. Quise hacer un cambio y a lo mejor fue muy brusco porque llegó un momento que le quité los plásticos. Eso nos llevó a las discusiones y peleas”.

De todas, la de aquel domingo fue determinante. Andrés cuenta que su compañera le pidió “unas cosas que no eran necesarias” y que al no aceptarlas “la cosa subió de tono”. Durante la discusión, en la que asegura que ella “provocaba y provocaba”, Andrés se sirvió un vaso de agua. “Ella me pegó en la mano y el vaso cayó en la mesa derramando agua. Yo pesqué el agua que quedaba y se la tiré en el rostro. Ahí llamó a Carabineros y dijo que yo le había agredido físicamente”, termina el hombre. Hace un silencio.

Cuando retoma el relato, redunda sobre la idea de la provocación: “Ella tenía ganas de que nos agarráramos de los moños”, “quería que yo le levantara la mano para poder llamar a Carabineros y sacarme de la casa”, reitera.

Después de aquel episodio, quedó detenido y tras pasar una noche en el calabozo, empezó un proceso judicial que lo llevó -a petición de la mujer- a iniciar una terapia para hombres que han ejercido violencia hacia las mujeres en el Centro Comunitario de Salud Mental (Cosam) La Bandera, en la comuna de San Ramón, donde acude entre una y dos veces al mes desde el pasado mes de abril.

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Cosam La Bandera de San Ramón / Google

Cosam y HEVPA, dos modelos de atención

Un total de 120 hombres que, como Andrés, han ejercido violencia género han recibido atención psicológica en el Cosam de San Ramón durante el 2017. El mismo centro atiende actualmente a 180 mujeres víctimas de agresiones machistas. La comuna registra una tasa de denuncias de violencia intrafamiliar (VIF) un 25 por ciento superior a la del total del país.

Según datos de la Subsecretaría de la Prevención del Delito, durante el año 2016 se registraron 72.672 denuncias de mujeres por VIF, una cifra que representa un 3,6 por ciento menos que el año anterior. Desde enero hasta junio de 2017, han sido 35.905 las mujeres han denunciado a sus parejas por violencia.

En Chile, los programas destinados a los hombres que han ejercido violencia hacia sus parejas se promueven desde institucionalidades públicas diferentes, poco coordinadas entre sí, y cada una con sus propios recursos y enfoques. Además de ONG privadas, otras instancias desde donde se promueven estas iniciativas son el Ministerio de Salud -a través de los Cosam-, el Ministerio de la Mujer y Equidad de Género -con el SernamEG- y el Ministerio de Justicia, a través de Gendarmería para aplicarlo en las cárceles.

El SernamEG cuenta con 15 centros para Hombres que Ejercen Violencia de Pareja (HEVPA) que apuestan por un enfoque “reeducativo”. Durante el primer semestre de 2017 atendieron a un total de 6.900 varones de todo el país, la mitad de ellos procedentes de derivaciones de los tribunales.

Con la protección de las mujeres víctimas de violencia como eje fundamental, según información disponible en su página, “la intervención se enfoca en que los hombres asuman su responsabilidad por la violencia ejercida, renuncien a ella y comiencen un proceso de cambio de roles y actitudes en la vida íntima y familiar”.

Tras una evaluación individual para conocer la situación de violencia, la dinámica familiar, y los riesgos del caso particular, se establecen las reglas del trabajo y metas de cambio personal. Luego se firma un contrato terapéutico que da inicio al tratamiento reeducativo grupal, que tiene entre 9 y 12 meses de duración. En esta segunda etapa se trabaja tanto la detención de formas de violencia física, amenazas e intimidaciones, como de la violencia psicológica y los (mal) denominados micromachismos.

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Programa HEVPA de SernamEG O’Higgins / Twitter @LeoMoralesG

Los programas que existen en Salud, en cambio, tienen un enfoque más centrado en el control de impulsos y en los factores de riesgo, como el alcoholismo, que pueden desencadenar relaciones violentas. Las intervenciones no siguen el mismo enfoque y método en todos los Cosam, sino que dependen del profesional que las lleva a cabo.

En San Ramón, es Falcuneri Ocaña el psicólogo clínico que atiende y acompaña a los hombres que han ejercido violencia contra las mujeres. Lleva 17 años desempeñándose en el ámbito de la violencia de género, tanto con víctimas como con agresores, y su propuesta pasa por un enfoque sistémico e integral que permita trabajar desde sentimientos como la rabia, hasta los mecanismos de afronte y autocontrol, pasando por habilidades parentales o consumos.

Alto índice de abandono

Pese a tener formas de abordar la problemática muy distintas, tanto los Cosam como los Centros HEVPA coinciden en registrar altos índices de deserción de sus asistentes. Tanto Falcuneri Ocaña como Rubén Arenas, encargado nacional del programa HEVPA, insisten en que el principal requisito para una buena intervención es hacerse cargo y responsabilizarse de las conductas violentas y del daño causado a la víctima.

Sin embargo, la buena actitud y predisposición tampoco es garantía de éxito. El proceso psicológico es largo y desgastante, y no todos están preparados para enfrentarlo hasta el final. En el Cosam de San Ramón, sólo un 40 por ciento de los hombres atendidos este año siguen adelante con su proceso. El resto abandonó a los cuatro o cinco meses.

En los HEVPA las cifras no son más alentadoras. Según Arenas, pese a que la demanda espontánea por parte de los propios hombres es la segunda vía de ingreso más importante del programa (con un 35 por ciento del total de los casos), sólo la mitad del total de hombres atendidos llegan al programa reeducativo grupal. De éstos, egresan el acompañamiento alrededor de 600, es decir, un 6,5 por ciento del total.

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HAVPA Estación Central / Twitter @didecoestacion

El coordinador del SernamEG asegura que hay muchos hombres que desertan en las primeras sesiones por “la naturalización y poca conciencia cultural y social de la violencia”. En su experiencia, “muchos varones llegan buscando ayuda o soporte para librar de alguna causa judicial, o para desdecir a su pareja que lo denunció. Como no encuentran nada de eso, abandonan en las primeras sesiones”, explica Arenas.

Una sesión fue lo que duró el marido de la Rosa, una mujer de San Ramón que ha vivido 27 años bajo el peso y la amenaza de la violencia. Hoy tiene 70 años y lleva 12 en terapia. Su periplo le costó el alejamiento de sus hijos, el miedo y mucha soledad, pero ni siquiera pudo lograr divorciarse de su marido. Lo máximo fue que consiguió fue una orden de alejamiento de tres años.

Su pareja, quien nunca recibió una sentencia para acudir a una terapia para hombres que ejercen violencia, asistió una única vez a una sesión con el doctor Falcuneri Ocaña. De eso ya hace ocho años. “Abandonó tras el primer encuentro porque dijo que no cree en los psicólogos. Yo creía que él iba a reaccionar y que seguiría viniendo pero ya me dijo que nunca iba a cambiar y que ni el papa ni el presidente lo obligarían a hacer nada”, explica la señora Rosa.

El doctor Falcuneri recuerda como aquel día, el marido de la anciana “habló poco, alterado y quería irse altiro. En ningún momento reconoció que agredía y la responsabilizó a ella argumentando que él tenía derecho a tomarse unos tragos sin justificarse”.

El gran desafío: deconstruir la masculinidad

Atribuir las cifras de abandono de los programas de acompañamiento para hombres que ejercen violencia a los organismos que los llevan a cabo sería ignorar la complejidad del problema que enfrentan. La violencia de género es un problema estructural, sistémico y global que manifiesta la máxima expresión de poder que los hombres tienen o pretenden mantener sobre las mujeres. Su abordaje traspasa de largo las competencias de un ministerio en concreto, y afecta a la institucionalidad y a la sociedad en su conjunto.

Más allá de las trabas logísticas dar respuesta a la alta demanda de casos -falta de trabajo en red, escasos recursos y poca formación e investigación-, el reto más difícil para los profesionales que trabajan en la “reeducación” de estos varones es luchar contra miedos y estereotipos para deconstruir el modelo de masculinidad profundamente arraigado en nuestras creencias e ideas culturales. “Hay muchos elementos de construcción de la masculinidad que avalan la violencia”, indica Arenas.

El responsable de los centros HEVPA asegura que “por lo general, los hombres que egresan experimentan un cambio importante en la percepción de la violencia: la física y la psicológica más dura -como amenazas o manipulaciones- desaparecen”. Sin embargo, reconoce que la violencia estructural de la masculinidad persiste: “Eso cuesta mucho más desarraigarlo”, concluye.

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Andrés se encuentra hoy en pleno proceso terapéutico. Asiste a todas las sesiones porque “es gratis y además le ayuda a mejorar la situación”. Aunque aún no considera violentas algunas de las actitudes con su pareja, dice que durante los últimos meses se ha dado cuenta “de muchas cosas” y que encontró respuestas y apoyo en el espacio ofrecido en el Cosam.

Desde que empezó el acompañamiento psicológico, siente que ha hecho avances. Habla orgulloso de sus principales logros y destaca que ahora busca espacios para conversar con su pareja e hija y que colabora más en el trabajo de la casa. Pero, pese a su convencimiento, él mismo asume que su pareja opina distinto: “Ella dice que no ha visto ningún cambio -relata-. No se da cuenta de que voy a la feria para que ella pueda dormir un poco o tenga más tiempo; o que a veces la voy a buscar a su trabajo, en vez de ir con los amigos como antes”, lamenta.

La reflexión lo lleva a admitir que el problema va más allá de lo anecdótico y puntual. Y, de alguna manera, busca justificarse.“Me crié con una mente machista. Nos falta más educación porque nuestros papás no nos enseñaron de esto. Aprendimos desde lo que vimos, escuchamos y creemos que es bueno”, se defiende. “Un árbol que ya está doblado jamás se va a enderezar, sólo si lo crías desde chiquitito derechito va a dar resultados”, suelta resignado.

Quizás, en el discurso de Andrés, una clave para intentar entender a los hombres que ejercen violencia hacia las mujeres, que las agreden y violentan, llega al final de su relato. Un pequeño ejercicio de humildad que refleja hasta qué punto es complejo, retorcido y perverso el sistema patriarcal que lleva a pensar que los victimarios -a veces- puedan llegar a ser también víctimas.

– “Que nosotros hablemos más fuerte o tengamos más fuerza que las mujeres no significa que no necesitemos que nos escuchen, que nos ayuden o que nos bajen las aguas”.

 

*Andrés y Rosa son nombres ficticios utilizados para proteger la identidad de los testimonios reales entrevistados para este reportaje