Conocí a Egon Wolff, el prolífico dramaturgo Chileno que a su vez era químico, en la Facultad de Letras de la Universidad católica en el marco de una actividad organizada por un grupo italiano de religiosos que no usaban sotana ni paños en la cabeza pero que leían a Pasolini, a Miguel Ángel y a otros sodomitas restándoles siempre su potencial homosexual, pero implicándose en su filosofía con pasión. Era un grupo intelectual, de académicos e investigadores que me seducían, invitándome a escribir en sus fanzines y una vez hasta me llevaron por un fin de semana a la nieve: comimos, bebimos y leímos. Nunca había estado tan cerca de la montaña. No los entendía pero me dejaba querer, todo en mi biografía era un poco lo opuesto a la vida que ellos llevaban: yo era ateo, estudiaba Biología, salía con un chico y leía intensamente a Judith Butler y a Diamela Eltit en la biblioteca de la facultad de letras mientras esperaba la hora para entrar a alguna de las interminables tardes en los laboratorios de química analítica donde observábamos precipitados de diversos colores y formas, uniendo metales con cationes, sales con otros compuestos químicos con el afán de encontrar experimentalmente las constantes de equilibrio de esos enlaces. Teníamos que describir el color y la textura que adquirían esos precipitados cuando se unían. Lluvia de oro, amarillo lechoso, azul paquete de vela eran las anotaciones que hacíamos sobre esas soluciones de química inorgánica. Como dije anteriormente, Egon Wolff era químico, esa había sido su formación y su trabajo por muchos años. Me invitaron a entrevistarlo, quizás por mi cercanía literaria y científica. Armaron una carpa en el campus, era un grupo con dinero, pusieron sillas, pegaron afiches del encuentro y llegó mucha gente. El año anterior habían entrevistado a Diamela Eltit, profesora de esa facultad, preguntándole sobre el rol del escritor en la sociedad. Diamela con su conocida oscuridad e ironía les dijo que ninguno, que no había ningún rol específico del escritor. Ellos no se lo tomaron bien, recuerdo que me contaban lo decepcionados que estaban de ella. Llegó el día de la entrevista. Egon, no tenía celular, no lo usaba y quedamos de encontrarnos en la entrada del campus para dirigirnos a la carpa y a la entrevista. No llegaba nunca y mis ansias de estudiante de ciencias, histérica responsable, algo que he ido perdiendo por suerte, me tenían muy intranquilo. Llegó tarde, pero llegó. Era el 2004 y ya se veía muy mayor, su voz tiritaba, su mirada era tranquila y cada vez que hablaba a mi me daba una profunda emoción, por el tono que tenía, por lo entrecortado de su voz, por el tanteo y el tiempo que necesitaba para hablar, la falta de aire, la vejez, el trabajo, no sé bien, pero me emocionaba mucho. Nos habló de la identidad desde la metáfora de la casa. Dijo que todos somos como el living del hogar, ahí vivimos, bebemos, conversamos, damos nuestra mejor semblanza, pero que la verdadera identidad está en una puerta que te lleva a un rincón bajo el living, a una pieza muy tranquila y pequeña a la que solo puedes acceder tu mismo, solo tu, tranquilo y despojado de disfraces y máscaras y maquillajes. A ese espacio el lo llamaba la escritura y la creación, un espacio silencioso y ficcional de una casa que no existe o que somos nosotras mismas. El 2 de noviembre se cumplió un año de la muerte del dramaturgo. Escuché que murió solo, un poco aislado del mundo cultural y teatral, parece que se peleó con todos.

Actualmente su obra “Flores de papel” está en cartelera en el teatro de la Universidad Católica dirigido por el talentoso Marcelo Leonart. La obra transcurre en el comedor y living de un hogar donde Eva, una mujer solterona de clase media debe resguardar en su casa a un mendigo, sucio y harapiento que lo van a matar a la salida. Este mendigo hace flores de papel para matar el tiempo libre mientras la mujer trabaja y el se esconde de su muerte anunciada. El montaje exige mucho a los actores pues esta es una obra donde la presencia de la palabra ocupa un protagonismo inusual, sobre todo en un momento de tantas experimentaciones escénicas donde el texto pasa muchas veces a segundo plano. Pero esta versión apuesta por un delicado trabajo musical, una iluminación protagónica y la pasión de dos grandes intérpretes que no renuncian a recrear una época. “Flores de papel” es un duro y crudo choque de dos personajes en los años 70, previa dictadura militar. Ninguno de los dos es lo que aparenta ser, el habla francés y ella no es la mujer fría y dura que parece. Ambos se unen en un torbellino pasional que incluye deseo, lucha de clases y egoísmo pero también el despojo de esas identidades que portan bajo las cuales subyace otra y otra y otra. En una de la escenas “el merluza”, el mendigo, rompe fuertemente una silla que había fabricado y desordena completamente la casa. Hacia el final de la obra, Eva, la mujer solterona, aparece con un vestido de novia sucio y a maltraer y sale de la casa para irse a vivir al mapocho como otro mendigo más, en una escena intensamente visual e icónica de una sociedad que sigue obsesionada con el matrimonio en todas su formas y géneros. Me quedo con la insistencia de poner en crisis la vida familiar o el hogar como escenografía que Egon Wolff siempre sabía escribir y que Marcelo Leonart profundiza cada vez más en sus puestas en escena. Me quedo con esos diálogos de profunda belleza, esos mismos que el dramaturgo y químico escribió no en el living ni en el salón, sino que en esa pieza interior donde nos unimos todos, los que hemos estudiado ciencia y los que no hemos estudiado, para destruir, con ficciones, las familias y los hogares como los conocemos hasta hoy.

Hasta el 18 de noviembre
Miércoles a sábado, 20 hrs
Teatro Universidad Católica
Sala 2 “Eugenio Dittborn”
Duración: 120 minutos
Dirección Marcelo Leonart
Elenco: Alexis Moreno, Mariana Loyola
Diseño de iluminación: Andrés Poirot
Diseño de escenografía y vestuario: Catalina Devia


Biólogo, Doctor en Bioquímica. Colectivo Universitario de Disidencia Sexual (CUDS)