A mi querida Francesca Lombardo,
In Memoriam

Quizás, deberíamos haber escrito una columna así hace muchos años. Pero los avatares de la escritura son así. Acaso, el peso de lo que implicaba el conjunto de acusaciones que surgieron a propósito de la figura de la “boleta ideológicamente falsa” de la medida –en toda su “des-medida”– del Chile actual.

Jurídicamente, una “boleta ideológicamente falsa” se define como aquella boleta que se ha emitido y que, a su vez, queda registrada en Impuestos Internos, pero que sin embargo, falsea el servicio que se prestó. Se trata de una boleta verdadera, no sólo en cuanto fue “emitida” como tal, sino además, porque fue “registrada” en el Servicio de Impuestos Internos. Pero lo que da el peso de ser “ideológicamente falsa” es el servicio que prestó. La boleta, en su emisión, hace “como si” tal o cual servicio hubiese sido realizado. “Como si” es la figura clave de esta singular boleta. Sobre todo, cuando se trata de un país que no descansa un día para que el otro (la OCDE, el FMI, el “mundo” –como suelen repetir algunos) no deje de darle “boleta”: “dar boleta” en léxico chilensis significa “reconocer”. Un país tan precario de sí que requiere permanentemente de la mirada del otro para que le recuerde quien es. Y sobre todo, que le “reconozca” que ha sido un “buen alumno”, un excelente aprendiz que no sabe mas que repetir lo que el maestro le ha enseñado.

En efecto, los militares formados en la Escuela de las Américas aplicaron perfectamente las enseñanzas para la dictadura, los economistas formados desde la escuela de Chicago aplicaron perfectamente las recetas neoliberales, los gobiernos –indistintamente si han sido o no de “derechas” como se dice– no han hecho más que aplicar una y otra vez las fórmulas legadas del Otro al punto de resaltar –sí ¡resaltar!– el hecho de que Chile ha podido ser el “mejor alumno” para el FMI. Curioso es que el “mejor alumno” sea en realidad el “ideológicamente falso”, aquél que imita al Otro de manera ciega, aquél que obedece, por tanto.

No se trata, por cierto, de reivindicar la machacona lamentación que brota de vez en cuando acerca de la supuesta falta de “identidad” del país, de un Chile “huacho” jamás reconocido por la firma el padre. Mas bien, todo consiste en problematizar lo “ideológicamente falso” de esas boletas que funciona como condensación de una forma en que en Chile se concibe el poder. Un modo en el que opera el “como si”. Y, sobre todo, será necesario poner en cuestión a esa misma firma paterna para, a su vez, mostrar que no hay ni copia ni original que pueda legitimar algún tipo de jerarquía.

“Como si” designa el lugar del simulacro. Ahí donde la diferencia entre verdad y mentira se difumina en cada instante. Es el “lugar sin límites” –si se quiere recordar a José Donoso– y, como lo muestra la farándula, es el espacio en el que el lenguaje ya no refiere a una realidad externa a él, sino que habla permanentemente a sí mismo en un circuito de nunca acabar. Muchos le han llamado a esa extraña situación “posverdad”. Pero, más bien, tal término confirma la pereza del pensamiento antes que la rigurosidad de una crítica. El “como si” es lo que por mucho tiempo cierta tradición marxista llamó “ideología”, en cuyo extremo mediático se convierte en lo que Debord llamó “sociedad del espectáculo”: “El espectáculo no es un conjunto de imágenes sino una relación social entre las personas mediatizada por las imágenes.” –escribía Debord. “Espectáculo” no designa, entonces, sólo a los medios de comunicación como esfera separada, sino a una “relación social” sostenida en base a la representación devenida nada más que mercancía. Se trata de que tal “representación” ya no representa más un objeto exterior, carece de la exterioridad con la que medirse y, más bien, actúa como productora de signos del poder que remiten nada más que a sí misma: el espectáculo es “tautólogico” –decía Debord. Así, la “ideología” ya no representa “falsamente” a la realidad, sino que la produce una y otra vez. En la sociedad del espectáculo –como en las sociedades totalitarias–  ideología y realidad coinciden peligrosamente sin fisura alguna.

Con ello, volvemos a las “boletas”: un país que parece estar siempre llorando por ser reconocido y que, de haber sido lo que sigue al ejemplo, en su momento neoliberal pretendió ser ejemplificador para Latinoamérica, ha de usar una y otra vez, el “como si”. Peor aún si en el propio himno nacional se escucha la famosa frase de que Chile es “la copia feliz del Edén”. ¿Qué puede ser una “copia feliz” sino aquella que se diferencia jerárquicamente de las demás copias –y que concibe a los demás y a sí mismo como copia– respecto de un original que siempre pretende alcanzar (el Edén)? Chile se presenta no como cualquier “copia”, sino como aquella más “feliz”, en la medida que mantiene una rígida cercanía para con el Edén, el Otro con el que una y otra vez pretende mimetizarse.

En ese trabajo de mímesis el ethos nacional brilla con el “como si”. Dice que realiza un servicio sin realizarlo, declara hacer tal o cual cosa sin realmente hacerlo, se inviste de las ropas del poder sin realmente pertenecer a él. “Como si” es la marca del arribismo nacional que en la época neoliberal se ha expresado en la proliferación del discurso del “éxito”. Las “boletas ideológicamente falsas” son el síntoma del “como si” que caracteriza al pacto oligáquico de Chile y que, desde finales de los años 80 y principios de los 90 se llamó “transición”.

Quizás, todo ese proceso político –si acaso hubo “proceso” y “político”- se condensa en la “boleta ideológicaente falsa”: coaliciones de “centro-izquierda” aplicando políticas económicas de derecha (bajo un Estado subsidiario) y subsumiéndose a formas políticas de derecha (la Constitución de 1980). Sea por miedo al regreso de los militares o a la huída de los empresarios, la transición fue la “boleta ideológicamente falsa” de la política chilena: se hizo “como si” hubiera habido verdad (aún no se sabe que pasó con los desaparecidos), “como si” hubiera habido justicia (Pinochet quedó impune y sus cómplices civiles), “como si” la democracia fuera “democrática” (aún nos regimos por una Constitución articulada en dictadura). En cuanto razón de Estado, la “transición” funciona como un “servicio” no prestado, de un trabajo no realizado que, sin embargo, se inscribió como realizado: desde “Chile, la alegría ya viene”, hasta “crecer con igualdad”, tal “servicio” no fue prestado jamás: ni hubo alegría, pues la pasión privilegiada para la transición fue le miedo, ni hubo igualdad, pues los efectos de la aplicación de dichas políticas fueron en beneficio de los grandes empresarios.

Juego de formas en el vacío, apariencias de un rictus de “seriedad” –“como si” esta última fuera garantía de algo. Instituciones “serias” que supuestamente “funcionan”, lo hacían porque todo se tejía en virtud de las formas: hacían “como si” realizaran tal o cual servicio, tal o cual acción. No se realizaba servicio alguno ni se ejercía acción ninguna, pero queda inscrito “como si” efectivamente así hubiese sido. Bastó cambiar la firma de Pinochet a la de Lagos para decir que la Constitución de 1980 ya era democrática. Bastó cambiar la banda presidencial de Pinochet a Aylwin para decir que ya estábamos en democracia. La transición de los 90 y la promesa de una “segunda transición”, tal como se deja entrever en este segundo gobierno de Bachelet y en el slogan de la campaña presidencial de Sebastián Piñera, significa: renovación del pacto oligárquico de Chile o, lo que es igual, instalación de una nueva razón de Estado que sólo puede funcionar instalando un nuevo “como si” que descanse sobre pactos cupulares que garanticen la consolidación de los poderes fácticos a lo largo y ancho del país. En este contexto, ¿no es el capitalismo corporativo-financiero el que funciona “como si”, en la forma de un “servicio” jamás prestado en cuyo vacío se instala, precisamente la “especulación financiera”? ¿No es la hegemonía de este tipo de capitalismo el que hace de las boletas “ideológicamente falsas” la regla de funcionamiento? En esta coyuntura (que no necesariamente coincide con la contienda electoral), no podemos dejar que otra vez  nos den una “boleta ideológicamente falsa” que sea formalmente emitida, registrada por alguna agencia estatal, pero con un servicio fantasma.