Oye Olga, sabís que falta uno que se muera. Ya se han muerto dos, falta uno… la regla de tres, po: cuando muere uno, mueren tres le había dicho Ruth Cantillana (22) a su hermana tras una ensordecedora balacera en la Villa Cordillera en San Bernardo a comienzos de octubre.

Jueves 2 de noviembre. Era el día que comenzaba a funcionar la nueva Línea 6 del Metro. La que conectaría Cerrillos con Providencia y que, por su tecnología, estaría codeándose con los mejores metros del mundo. Olga Cantillana (27) le comentó esa mañana a su hermano Juan (21):

Va a ser muy bueno, porque conecta la ciudad y va a ayudar a muchas familias que antes se demoraban mucho en transportarse.

En la tarde, cada uno en lo suyo. Ariel, el hermano menor de la familia, jugaba PlayStation con Christian, su cuñado. Ruth cuidaba a su guagua y Olga veía una serie. Las manillas del reloj de la pared de la casa, en San Bernardo, marcaban las 20:20 horas.

Se acercaba la hora de tomar once y los hermanos se prepararon, como de costumbre, para comer juntos en la Villa Cordillera 2. La mesa estaba servida, pero faltaba alguien: Ruth Lizana aún se encontraba trabajando.

A la hora de sentarse en la mesa, empezó la balacera. Nuevamente bandas rivales de narcotraficantes habían entrado en conflicto y se estaban atacando. No era la primera vez. Hace algunas semanas una bala loca le había quitado la vida a un vecino cuando caminaba a comprar al supermercado. Luego, otro no aguantó más su situación y se suicidó en el patio de su casa. Pero aún faltaba una vida más.

Los disparos se escuchaban fuerte. No cesaban. La familia Cantillana Lizana, como lo hacen siempre en estos casos, corrió a la pieza y al baño para protegerse. Sin embargo, en una fracción de segundos, Olga se desplomó. Una bala le había atravesado el ojo.

Christian, la pareja de la Ruth, junto a Juan, sin pensarlo dos veces, la tomaron en sus brazos, y, entre balazos, se la llevaron al hospital El Pino, el más cercano.

A pesar de haber llamado a Carabineros y avisar de esta situación, no llegaron. Una, dos, tres llamadas y no llegaron. Se trataba de una zona roja. ¿Y la ambulancia? Lo mismo, nadie entra. Su ausencia se repite cada que vez que ocurre algo parecido.

Tras cuatro días en el Hospital, Olga Cantillana falleció en la noche del lunes 6 de noviembre acompañada de su familia y sus seres queridos. Como ella quería, sus órganos fueron donados. Dos personas viven gracias a su decisión. Su familia se quiere ir de la villa para seguir con sus vidas en un lugar más tranquilo y seguro.

Con globos blancos y rosados por todos lados de la villa, familiares, amigos, vecinos y voluntarios de TECHO-Chile, se reunieron en su casa para entregar el último adiós a una nueva víctima de la extrema violencia que viven miles de familias por culpa del narcotráfico y la casi nula presencia del Estado en estos barrios.

¿Cómo es posible que estando en tu propia casa no estés seguro? ¿Cómo es posible que este alto nivel de violencia sea normal en muchos barrios de nuestro país? ¿Basta con tener un techo, si no se tienen siquiera servicios básicos como carabineros o ambulancias? ¿Es digna una vivienda así?

El último tiempo hemos sido testigos de cómo la violencia narco ha ido aumentando en Chile a raíz de la exclusión social en nuestra sociedad. Para algunos pareciera no ser un problema importante aún. Sin embargo, lo cierto es que ésta es una realidad que sufren miles de familias que viven en los más de 400 barrios más excluidos de nuestras ciudades, según el informe de 2016 del Observatorio del narcotráfico en Chile.

Día a día estos grupos se han ido apoderando de estos espacios, obligando a sus vecinos a vivir llenos de temor en el interior de sus hogares. Los niños ya no juegan en las plazas, las juntas de vecinos no se pueden reunir, la organización social disminuye hasta casi desaparecer y, al oscurecer, todos a encerrarse en sus casas.

¿Denunciar? Imposible. El poderío narco es tal que más vale aceptar la situación y pasar desapercibido. En este contexto, hoy muchos niños y adolescentes de nuestro país están creciendo, aprendiendo de un modelo de vida en torno a las drogas que parece seductor, pero que al poco andar deriva en violencia, muerte, cárcel, exclusión y más pobreza. Si seguimos indiferentes ante esta situación, el narcotráfico seguirá apoderándose de los espacios que van quedando, y miles de familias seguirán teniendo un techo, pero no una vivienda digna.