A menudo se dice que la filosofía se preocupa de preguntas fundamentales cuyas respuestas nos ayudan a comprender lo qué somos y el mundo en el que vivimos. Si esto es así, ¿cómo podría la filosofía ser prescindible en la educación? Quizá algunos (inclusive en el Mineduc) piensen que podría serlo porque creen que el propósito de la educación es servirle a la economía y que una educación filosófica no puede hacerlo. Después de todo, para prosperar económicamente debemos equipar a las personas con un cierto tipo de habilidades y quizá algunos crean que las habilidades que la filosofía entrega no forman parte de estas. Pero esto último es ciertamente un error (y aunque también uno podría cuestionar el presunto propósito de la educación, aquí no lo haré). De hecho, dada la creciente automatización de trabajos, la filosofía debiera tener un papel primordial en la educación.

El estudio de la filosofía requiere del desarrollo de ciertas competencias, como: la identificación de asuntos subyacentes en todo tipo de debates; el análisis y formulación de problemas complejos y controversiales; la sensibilidad al contexto en la interpretación de ideas y pensamientos extraídos de la historia y el presente; la claridad y rigor en la evaluación crítica de argumentos; la habilidad de abstraer, analizar y construir argumentos sólidos e identificar inconsistencias lógicas; la habilidad de reconocer errores metodológicos, consideraciones irrelevantes, recursos de retórica, vaguedad y superficialidad; la habilidad de considerar ideas y modos de pensar no familiares y examinar supuestos; y la honestidad en reconocer la fuerza de un argumento así como la voluntad de considerar y evaluar argumentos que llevan a conclusiones contrarias a las que uno sostiene; entre otras. Y estas son el tipo de competencias que, aunque no tan apreciadas hoy en día por algunos empleadores, en un posible futuro no muy lejano serán sumamente codiciadas en el mercado laboral.

Para apreciar esto, considere lo siguiente. En el año 2016, en Tokio se abrió una tienda de celulares que es atendida exclusivamente por robots humanoides, llamados Peppers, y actualmente hay Peppers hasta en los PizzaHuts. También desde ese año, el programa Jill Watson es utilizado como ayudante académico para un curso online en Georgia Tech. Los autos sin conductores de Waymo existen hace seis años y están recorriendo las calles de California, Texas y Arizona, entre otros lugares. En las autopistas de Nevada, Florida y Michigan ya hay camiones Mercedes-Benz sin conductores. Trabajos manufactureros, de construcción, de ventas, de transporte y otros servicios, incluyendo de asistencia médica, financieros, educacionales y hosteleros, están siendo automatizados continuamente, inclusive aquellos que no requieren habilidades rutinarias.

Parece entonces que podría haber una creciente obsolescencia de trabajadores humanos. Tanto es así que últimamente se ha vuelto normal escuchar que avances en Inteligencia Artificial (IA) nos han puesto en un camino hacia un futuro sin empleos. Después de todo, las compañías de IA avanzan a pasos agigantados: por ejemplo, un programa de DeepMind, la compañía de IA de Google, recientemente logró aprender nuevas tareas sin olvidar las anteriores, otro programa a caminar, correr, saltar y negociar obstáculos, y otro programa a jugar un juego de mesa sin enseñanza o entrenamiento previo. Estudios de 2013 y 2016 sugieren que por lo menos la mitad de los empleos en EEUU están en riesgo de ser automatizados antes de los próximos veinte años. Y los líderes de la tecnología, como Mark Zuckerberg de Facebook y Elon Musk de Tesla y SpaceX, entre otros, están seguros que este futuro sin trabajo es inminente.

Si los avances tecnológicos son una amenaza legítima a nuestro futuro laboral, ¿cuáles serían las habilidades que una fuerza laboral en una sociedad automatizada debiera poseer? Obviamente, las habilidades que son difíciles de reemplazar con IA: justamente las habilidades que caen dentro de lo que se conoce como Inteligencia General Artificial—IGA—y que las máquinas aún no poseen y que por lo tanto no pueden todavía igualarnos por completo. Por el momento, esas habilidades son, por ejemplo, habilidades cognitivas flexibles que pueden ser explotadas en distintos dominios para resolver nuevos problemas y para evaluar y adoptar distintas perspectivas. Un estudio de 2017 acerca de las habilidades más valiosas en 10 años más, que involucró a 1,408 profesionales de la tecnología y la educación, concuerda con esto. Y estas son habilidades que, como hemos visto, un entrenamiento filosófico debiera entregar.

Por eso, algunos, como el inversionista billonario Mark Cuban y el financista billonario Nicolas Berggruen, apuestan a las humanidades y en particular a la filosofía. Por ejemplo, el primero cree que en diez años los filósofos serán más valorados y necesitados que programadores e inclusive ingenieros. Esto tiene mucho sentido, dada la velocidad con que la tecnología avanza y el mercado laboral varía. De hecho, muchos programas de estudios van quedando obsoletos, sobre todo aquellos relacionados a la tecnología. ¿De qué les sirve la carrera a los que hicieron Marketing en los 90´s? Probablemente no de mucho.

Por otro lado, la formación filosófica hace años es bien vista en las grandes empresas, ya que esta proporciona habilidades que los empleadores desean para roles de liderazgo y dirección—aunque lamentablemente estas habilidades no son siempre reconocidas en los titulados en filosofía en este país. Esto incluye empresas tecnológicas, como Google, IBM y Microsoft, entre otras, que hace años contratan a un grupo variado de gente, incluyendo filósofos. Esto se debe en parte para poder llevar la tecnología al consumidor final, pero también porque estas empresas se enfrentan a cuestiones éticas y políticas relacionadas con la IA con las cuales deben lidiar, como por ejemplo: cómo distribuir la riqueza en una sociedad automatizada donde existe el desempleo masivo; si los robots deberían considerarse como personas electrónicas y pagar impuestos; cómo debería reaccionar un vehículo autónomo frente a un posible accidente y quién sería el culpable en ese caso de existir uno; y muchas más.

Entonces, los filósofos serán, en el futuro considerado, de las personas más demandadas por las empresas, sobre todo las tecnológicas. La filosofía entonces es un buen seguro contra la creciente fuerza laboral robótica. Aunque no es una carrera profesional (a no ser que uno realice la Pedagogía en Filosofía—pero en ese caso sería la rama pedagógica lo que otorgaría la profesionalización y no la línea disciplinar), es muy probable que entrenarse filosóficamente lo lleve a uno a un empleo intelectualmente satisfactorio (y bien remunerado) dentro de alguna profesión.

Pero los padres de hoy, y sobre todo los denominados “padres helicóptero,” están a menudo muy interesados en un paso directo entre un programa de estudios y un trabajo. Muchos de estos padres tienden a pensar en la educación universitaria como un entrenamiento para un trabajo dentro de una profesión determinada y a ver a la Filosofía de una manera negativa en ese sentido. Pero esto parece basarse en un malentendido acerca de la manera en que el mercado laboral funciona y la manera en la que carreras profesionales se desarrollan.

Primero, hoy en día, la mayoría de los que estudiaron física no son físicos, la mayoría de los que estudiaron psicología no son psicólogos y la mayoría de los que estudiaron literatura no son escritores (ver estudio). Segundo, hoy en día, la mayoría de la gente no tiene un trabajo de por vida, sino que varios y dentro de distintos rubros. Entonces uno no debería pensar exclusivamente en su primer trabajo, sino que en toda una vida de distintos tipos de trabajos. Parece que elegir un programa de estudio no es elegir una profesión o un trabajo para toda la vida.

En resumen, la filosofía es un muy buen programa de estudios para obtener un primer trabajo y es fabuloso para obtener un segundo, quinto y octavo trabajo en el mercado laboral cambiante e inestable que se espera. La filosofía es entonces estabilidad económica en un mundo automatizado. Mucho del trabajo realizado por contadores, programadores, ingenieros y analistas financieros (y de otros tipos) pronto serán realizados por computadoras. En particular, los buenos trabajos del futuro irán a aquellos que posean el tipo de habilidades flexibles y transferibles que una educación filosófica promueve.

La filosofía quizá no nos otorgue todas las soluciones a los problemas que un futuro automatizado nos presente, pero puede capacitarnos para el futuro laboral que parece estar esperándonos.


Doctor en Filosofía del King´s College London y Director del Magister en Filosofía de la Universidad Alberto Hurtado