La avalancha de denuncias de acoso sexual perpetradas por representantes políticos en Estados Unidos ha provocado que se empiecen a tomar medidas para revertir este patético y desalentador escenario.

Las dos cámaras legislativas decidieron implantar formación obligatoria contra el acoso y la discriminación a todo su personal, desde los congresistas hasta los practicantes. Así lo anunció el portavoz de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, el pasado martes, justo al día siguiente de que el Senado hiciera lo mismo. En un comunicado, Ryan señaló que el objetivo de estas medidas contra el acoso “no es únicamente concienciar sobre el asunto sino dejar claro que el acoso sexual no tiene lugar alguno en la institución”.

Han sido varias las mujeres congresistas y senadoras que han en las últimos días han revelado haber sufrido abusos de sus pares. La congresista Jackie Speier, de California, afirmó esta semana que “dos miembros del Congreso, un republicano y un demócrata, que están en ejercicio ahora mismo han cometido acoso sexual”. Speier, demócrata, criticó además que algunos incidentes de este tipo se han resuelto con acuerdos de compensación pagados con dinero de los contribuyentes. Ella misma ha relatado haber sido víctima de agresión por parte de un jefe de gabinete.

Otro testimonio fue el de la republicana Barbara Comstock, congresista por Virginia, quien denunció que una empleada de la Cámara había dejado su trabajo después de que un legislador le hubiera pedido que le llevara unos documentos a su casa y, entonces, se mostró desnudo. “¿Qué estamos haciendo nosotros por las mujeres que están lidiando con situaciones así?”.

A los republicanos les estalló estos días otra papa caliente: Roy Moore, candidato a senador por Alabama, ha sido acusado por distintas mujeres de haber intentado abusar de ellas cuando eran menores.

Las revelaciones en el ámbito de la política de los últimos días, que continúan la ola de denuncias públicas de miles de mujeres a través de redes sociales con la campaña #MeToo, muestra una vez más que la violencia de género no tiene colores, bandos ni partidos.