Los resultados de las elecciones grafican tendencias superficiales y otras conclusiones más profundas que habría que soslayar.

La izquierdización del electorado asoma como una cuestión muy visible, y este sentido sacando la cascara, habría que indagar, si estamos frente a un nuevo empoderamiento, frente a las dinámicas de una subjetividad distinta, o frente a un hecho puntual.

Los desgastes de la transitología posdictatorial nos enmarcaron en la legitimización del neoliberalismo, y de una democracia tutelada. La reproducción de una democracia de elites se enmarcó en un pacto consensual de binominalismo cultural, lo que cerró cualquier reproducción distinta, cualquier imaginería progresista.

Como siempre ha sido, la derecha se las arregló, para que a pesar de perder el poder gubernamental, mantener la hegemonía, tanto así, que el sistema parió dos derechas, las dos neoliberales, pero una con un sentido más social. La Concertación se transformó en la cara social de un neoliberalismo monocorde, y todo se operó en la tecnología de los consensos.

Una democracia de elite, es decir, una democracia solo formal, electoralista se transformó a lo largo de los años en una desesperanza aprendida, de la que solo se despertó el 2011, cuando la irrupción multitudinaria, cambio los ejes gravitacionales de la política y de su agenda.

Se intentaron “nuevas fórmulas” que no lograron enlazar su programa de reformas con la subjetividad de la gente, el nexo del relato no existió nunca, no había léxico. Y la captura consolidada del mercado sobre la política le hundió las naves a una gubernamentalidad que intentó un nuevo performance, se reprodujeron tecnocratismo ya estériles, y aparecieron nuevos yupiies muy chistosos.

No se cristalizaron las transformaciones en un conglomerado que dudaba a cada instante sobre su propia existencia, y su propio futuro, la camisa de fuerza neoliberal termino asfixiando.

No se entendió el 2011 en sus claves, algunos lo miraron con la tradicional mirada movimientista, y se creyó que estabamos ad portas de una revolución social. Otros simplemente, creyeron que lo que ahí había eran consumidores exigiendo un mejor servicio.

La verdad, ninguno de esos análisis resulto correcto, la subjetividad neoliberal consumista que se juega en los nuevos accesos de los chilenos, no alcanza para no reconocer los derechos flagelados, y aquí hay un agotamiento central, un cansancio de tanto arcoíris de colores, para terminar en algo parecido.

Es un stress constitutivo que tiene la moralidad del hastío, la subjetividad del cansancio y no tiene proyecto. Lo que tiene es la sensibilidad de no querer más, y ahí sí, hay una hebra que no se midió en la derrota parcial de la derecha, y el descrédito de las encuestas.

La realidad casi siempre opera así no es ni lo uno ni lo otro, las captaciones ideológicas a veces quedan atrapadas en sus propias hermenéuticas para interpretar la realidad, porque a veces también cuando menos se espera la realidad se define por un camino, se abre paso, y ese es el fenómeno de la política, que logra trasuntar el orden de los posible, y esto ocurre cuando con inesperada fuerza cuando comienza a actuar un actor relevante.

En este caso particular estamos en un momento refundacional de los imaginarios de postdictadura, cayeron esas vacas sagradas de la transitología bastarda, su ideario fue subsumido, y dejado en la alfombra de la historia.

Las elites políticas dejaron de leer la calle en sus acomodos, y la calle les salpico el agua con barro de la urbanidad del ciudadano común, una bofetada a su política por arriba.

La calle se hastió, y a partir de ahí, ojo, comienza a reinstalarse la figura del pueblo, esto es lo que no leen los intelectuales programáticos de pacotilla que andan en las prebendas, y que solo se plantean las cuestiones como ingeniería electoral.

Conformar pueblo es la base de cualquier proceso de transformaciones, y el pueblo habló, se configuró, tomo su identidad desde la rabia. Quién capte esta hebra tiene la perspectiva del futuro a su haber, y es un pueblo que quiere mejoras, y que se dio cuenta ahorita que puede influir, que puede cambiar los ejes.

Y no es que la subjetividad neoliberal consumista haya sido cognitivamente cambiada, sino que su aspecto necropolítico, ya no se soporta más. Es decir, se mezcla la materia prima de trasformaciones sustanciales, si es que hay coraje político para consolidarlas. Aparece el pueblo, y ahí el primer, gran derrotado debe ser Friedman, el país de Friedman comienza a despertar a sus “trumans”, y ya la arsenalería de las marionetas, comienza a descolgarse de sus andamios.

Una conformación en proceso requiere de poetas, y traidores, no será sin contradicciones, no será sin costos, el que quiere avanzar deberá entender que el topo de la historia aparece de nuevo, y que las dimensiones telúricas pueden ser muy relevantes hacia el futuro.

Veremos si la política lee la calle y hace política, y termina de construir una figura de pueblo, una artesanía epocal de los cambios, un poema del hastío, y una frase sobre la esperanza, esa con la que amanecimos todos.


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