Hace diez días que desapareció el submarino ARA San Juan de Argentina, que partió el lunes 13 de noviembre del sureño puerto de Ushuaia para llegar a su base, en la localidad de Mar del Plata, en la provincia de Buenos Aires. El submarino nunca llegó a su destino y desapareció del mapa con 44 personas a bordo. La noticia ha llamado la atención de la comunidad y ya son 13 países los que están colaborando con la búsqueda y rescate.

En Chile, el caso ha sido comparado con el los hechos que ocurrieron en 2010 en la mina San José, donde 33 mineros estuvieron bajo a 700 metros de profundidad durante 70 días.

Este miércoles, Mario Sepúlveda, uno de los mineros, mostró su solidaridad y empatizó con los desaparecidos, recordando la experiencia que le tocó vivir 7 años atrás. Sepúlveda, que explicó que cada día está en contacto con los mineros para hablar sobre el caso del submarino, aseguró a El Clarín que tanto él como otros de sus compañeros están dispuestos a viajar a Argentina para ver a los submarinistas cuando los encuentren y “darles una mano” para sobrellevar el shock.

“Ojalá que los tripulantes se acuerden de nosotros. Que se aferren a nuestro milagro y no pierdan las esperanzas”, dijo el ex minero, quien hoy regenta una empresa de charlas motivacionales. Y agregó: “Si pudiesen escucharnos les diríamos que estén bien organizados, haciendo caso a todo lo que decidan. Eso también fue lo que nos salvó.”

Para Sepúlveda, pese a que el caso tenga algunas similitudes, como el hecho de estar atrapados, necesitar un rescate y las circunstancias que viven los familiares y amigos, el caso de los 44 tripulantes es distinto al de los mineros porque “ellos están en un espacio tremendamente reducido”, dentro de una nave en cualquier parte del mar.

Entre las factores de riesgo para la supervivencia que se coinciden en ambos casos, el minero destacó el oxígeno y la comida. “El tema del oxígeno es infinitamente peor para ellos. Nosotros, afortunadamente, teníamos 2,5 kilómetros para caminar y los lugares eran tremendamente altos, de 100 o 200 metros. Por eso, las posibilidades de tener un poquito de oxígeno estaban. El tema era cómo cuidarlo”, comentó. A una semana de la desaparición, la disponibilidad de oxígeno dentro del submarino se ve ya muy reducida.

Sobre los víveres, relató que “tuvimos el problema de la comida desde el primer día. Nos dimos cuenta que había para un día y para 15 personas. No más. Tuvimos la habilidad de ser fuertes y decir que esa comida ‘hay que cuidarla porque nadie sabe cuánto tiempo vamos a estar hasta antes de que nos encuentren’. Fuimos obedientes”. Finalmente, a los mineros les sobró comida. En el caso de los submarinistas, disponían de más alimentos de los que necesitaban para el viaje planeado.​

Una explosión 

Este jueves la Armada Argentina confirmó que “hubo un evento anómalo, singular, corto, violento y no nuclear, consistente con una explosión” en la zona del último contacto del navío. La que en un primer momento calificaron de “anomalía hidroacústica” se detectó hace una semana en la zona del Atlántico, a 400 km de la costa y 60 km al norte de la última posición comunicada por el submarino, casi en línea recta hacia Mar del Plata.

Existen varias hipótesis sobre las causas del estallido. Según relata el medio argentino La Nación, una de las versiones más verosímiles es que fuera producto de un cortocircuito que habría generado un arco voltaico entre las baterías y el casco de la nave, como un relámpago en un recinto cerrado. De haber ocurrido eso, la onda expansiva podría haber tenido consecuencias letales dentro de la nave.

Los expertos coinciden casi unánimemente en que el San Juan no consiguió salir a flote por sus propios medios a causa de una emergencia que impidió a sus tripulantes actuar como fueron entrenados para hacerlo en una situación análoga. Se asume que quedó asentado en el lecho marino. Las discrepancias serían respecto a cuál es, efectivamente, la profundidad a la que estaría.

Tras conocer la noticia de la explosión, los familiares de los 44 tripulantes criticaron duramente la falta de precisiones que recibieron de parte de la Armada en la base de Mar del Plata. “No pudieron terminar de leerlo [el parte]. La gente se abalanzó. Están rompiendo todo adentro. Son unos desgraciados, unos perversos”, dijo Itatí Leguizamón, esposa cabo primero de la Armada, Germán Oscar Suárez, uno de los marinos que viajaba dentro del submarino.

“Nos mintieron”, espetó la mujer. Además, alertó que nadie les dice si sus seres queridos están con vida y cargó contra el abandono de las Fuerzas Armadas.