Uno de los factores más complejos de “la primera vuelta” es la irrupción de José Antonio Kast. Con él, o en él, es posible comprobar cómo emerge el neopinochetismo, que de una u otra manera estaba contenido o retenido o disperso en una derecha que buscaba imprimir un sello menos militarista a su presente.

Si la UDI es un enclave de extrema derecha, José Antonio Kast se puso en un lugar más radicalizado aún. Apareció como una especie de vocero de Punta Peuco, un iluminado que conjuga religión, valores del siglo XIX (familia-coro) y un tipo de patriotismo cuyo centro lo constituye la figura de Augusto Pinochet. La misa como elemento de pureza, los hijos como síntomas de una sexualidad intensa pero, a la vez, pechona pues está controlada por la naturaleza misma del cuerpo de la mujer que jamás aceptará los anticonceptivos. Así lo dijo en un entrevista alucinante su propia esposa. De esa manera repuso uno de los escenarios más dramáticos no solo para los cuerpos y la libertad de decidir sobre sus vidas,  sino se definió  de qué manera el anacronismo habita en parte de la población. Kastito, podría ser el nombre real escamoteado por este candidato. Sería hasta divertido, una especie de “vintage”, una postal tomada en los albores de la fotografía, si es que no fuera por el daño a la memoria y porque es hoy mismo cuando despliega estas posiciones y manifiesta su apoyo a Piñera. Y Piñera sí que necesita esos votos.

El punto es que esta opción y sus votos están anexados a “la segunda vuelta” de Sebastián Piñera. Ya sabemos que el ex Presidente muestra y demuestra su obsesión con el “crecimiento” para 1% de la población, la impronta del yo contra el nosotros. Todo avalado por el siempre activo terrorismo empresarial, la complicidad con los usos y abusos de los medios que le pertenecen a la derecha, las encuestas abiertamente truchas emanadas, entre otras,  desde una institución otrora confiable como fue la CEP.

La opción Piñera-segunda vuelta, se funda en el dinero como único horizonte vital, la represión ante el aborto o el matrimonio homosexual o la adopción homoparental, la negativa de alcanzar mediante impuestos una  distribución más justa, el fin de la gratuidad en educación, la ominosa  definición de los empleados públicos como ”grasa” y la amenaza de despidos masivos.  Y, ahora, en esta ”vuelta” hay que agregar el militarismo y el neopinochetismo que aporta Kast.

Esta es una unión es por decir lo menos, siniestra.

Pero los sueños desaforados de la derecha tocan los puntos más sensibles de la población. La jubilación exigua no es un tema que le pertenezca solo a los jubilados, sino a todas las familias que además deben de abastecer a sus antiguos trabajadores sometidos a una jubilación infernal. La educación. La salud. En fin. Este sistema deja liberado a cada quien a su suerte. Pero no es así en realidad, porque cada quien pertenece a una familia y es el grupo entero el que se desploma.

La opción más sensata para impedir que los sectores más vulnerables y parte importante de la clase media se vea afectada por decenios es un voto anti-Piñera. Porque de otra manera es también un atropello para los miles y miles de víctimas de la dictadura.

Y, además ¿por qué no? No deja de ser un lujo notable, merecido y festivo, dejarlos con los crespos hechos.


Escritora y académica