Desde hace un tiempo es recurrente leer en algún suplemento dominical, escuchar en voz de comunicadores y sobre todo en alguna conversación cotidiana, referencias a una generación denominada “millenialls¨o a generaciones nombradas con las últimas letras del abecedario como “generación Y” y “generación Z”. Dichos términos emergen, fundamentalmente, de estudios de marketing, consultores o conferencistas de los más diversos temas que especulan en torno al vínculo entre grupos etarios y ciertas conductas, y si bien no han estado del todo ausentes en debates propios de las ciencias sociales, no son estas últimas las principales agentes de su circulación.

En general se trata de nomenclaturas que aparecen en países desarrollados, que refieren a realidades juveniles particulares de tales países y que son importadas a América Latina sin mucha adaptación ni crítica, asumiendo que cierta uniformidad globalizada permitiría hablar de generaciones específicas a nivel mundial. Cuando se les mira negativamente, se ha dicho que los jóvenes millennials, generación Z o generación Y  serían individualistas, inestables y con dificultades para las relaciones humanas; y cuando se les ve bien, se les tiende a valorar como creativos, pluralistas, tolerantes o emprendedores.

En realidad, no existen acuerdos en las listas de defectos y virtudes, menos en sus características generales ni sobre las especificidades del tramo etario que cubren, por lo que cada fuente pone cronologías distintas para cada una de estas supuestas generaciones, así como diferentes marcas epocales. Generalmente, se tiende a destacar el uso de tecnologías y la determinación de ciertos fenómenos demográficos como cuestiones fundamentales en la socialización y configuración de tales realidades e identidades generacionales, y desde ahí se tiende a la generalización. Es decir, se señalan años de nacimiento, y ello se asocia a un listado de características subjetivas y conductuales para todos los nacidos en esos tramos, cuestión que se presenta con pretensiones de cientificidad y en base a determinada definición de generación.

No es una cuestión nueva. En el pasado, se habló en América Latina de la “generación X”, definida como una pasiva, anónima, individualista y presentista camada de jóvenes que algunos situaron entre los años ochenta y noventa, aunque tampoco hubo ningún consenso sobre tramos etarios y coordenadas epocales. Su origen como nominación también surgió del primer mundo, siendo una referencia recurrente la novela de un escritor canadiense, Douglas Coupland, sobre un tipo específico de jóvenes y no tan jóvenes durante los años ochenta. En México el término fue tomado por algunos cientistas sociales que llegaron a hablar de una generación X como marca de una juventud definida como apática, despolitizada, egoísta y reverso absoluto de una supuestamente politizada generación de los sesenta. No fueron pocos los que en el país azteca tuvieron que echar pie atrás a su lapidario diagnóstico cuando el movimiento universitario de la UNAM en 1999 se mantuvo nueve meses en huelga pidiendo que no se acabara la gratuidad universitaria para los que ingresarían al año siguiente (actitud que nadie podía considerar apática o egoísta). Teniendo como punto de partida la X, se continuó señalando a los jóvenes de los años siguiente como Y o Z, y cada columnista, opinólogo o superventas de autoayuda habló de años de nacimiento, marcas epocales y características diferentes, aunque casi siempre con cierto énfasis en defectos o signos problemáticos de la juventud.

Un claro sesgo del uso y abuso de estas nominaciones es la suposición de que la edad uniformiza sujetos en una sociedad que en realidad se ve marcada por múltiples factores diferenciadores, entre ellos, el evidente factor socioeconómico y la asociada producción de desigualdades y exclusiones. Un segundo sesgo, es pensar que lo que se discute como marca vivencial general en los países desarrollados, llega de la misma manera a América Latina y Chile. Buena parte de las descripciones de los llamados millennials, Y o Z, suelen tener como referencia fundamental determinados accesos al consumo que claramente no se manifiestan por igual en todos los sectores sociales, particularmente el consumo de tecnología. De tal manera, se le da relevancia a una marca generacional que nubla el peso de otras marcas como podrían ser los procesos sociopolíticos, los modelos de desarrollo y las condicionantes de la economía. Si lo queremos ejemplificar situándonos en Chile, diríamos que en las definiciones de millennials el uso de la tablet y acceso a redes sociales desde celulares es mucho más significativo y determinante que las segmentaciones y segregaciones del mercado de la educación, la realidad del endeudamiento estudiantil (CAE mediante) o las coyunturas de crisis económica. Ese sesgo de clase lo hemos podido corroborar junto con Carlos Durán, Eduardo Thayer y Oscar Aguilera en un estudio sobre percepción de los jóvenes populares ante las representaciones de juventud que produce la prensa. En dicho estudio, se realizaron focus groups en que presentábamos a jóvenes extractos  de notas y artículos a discutir. Uno de ellos fue un artículo publicado en el suplemento Tendencias de la Tercera en que se decía sobre una supuesta “generación Z” de nacidos después de 1993: “Son hijos únicos o de familias reducidas. Sobreprotegidos, pero también presionados en lo académico. Le temen al fracaso y son cautos en visualizar su futuro. Crecieron con Internet y tienen escasas habilidades sociales, pero como ningún otro grupo valoran la diversidad”. Los jóvenes populares que fueron entrevistados negaron verse reflejados en lo que ahí se señalaba, siendo uno particularmente enfático al plantear que lo descrito correspondía a: “puros problemas de gente de plata”.

Para finalizar, me parece importante aclarar, por un lado, que estas nomenclaturas, tal como circulan hoy en los medios de comunicación de masas, no operan como categorías científicas. Porque se dice cualquier cosa sobre lo que sería un millennial, un Y o un Z, no hay el más mínimo consenso sobre su ubicación, carácter y cobertura, y se muestra poco o nada de trabajo empírico que respalde lo que se dice, o al menos que avale o adapte el traslado de su uso a la realidad latinoamericana y chilena. Por otro lado, su uso cotidiano destaca fundamentalmente como estigma de lo que desde tiempos pretéritos se ha llamado el “joven problema”. Por lo mismo, son muchos los que al tratar de definir defectos en un joven particular, como la irresponsabilidad, la inconstancia o la indolencia, no encuentran nada mejor que englobar dichos defectos como marca generacional “es que el muchacho es millennial”.  Pero no nos confundamos, han sido varios los cientistas sociales que han producido conocimiento a partir de la categoría generación, y lo han hecho seriamente y conscientes de las posibilidades y límites de un enfoque generacional. Cómo diría un clásico de la sociología, Karl Mannheim, la generación es una categoría que resulta útil si se problematiza en función de la complejidad social y la historia. Por sí misma no responde nada, hay que utilizarla atendiendo a los contextos y a las múltiples diferenciaciones, confrontaciones y desigualdades que se producen socialmente. De lo contrario, estamos haciendo una suerte de “horóscopo chino”. O lo que es peor: un comodín conceptual para estigmatizar a los jóvenes.


Historiador, Director Centro de Estudios de la Juventud, Universidad Católica Silva Henríquez.