El único medio seguro de dominar una ciudad acostumbrada a vivir libre es destruirla. Quien se haga dueño de una ciudad así y no la aplaste, espere a ser aplastado por ella.
-Maquiavelo

Es sabido que la mayoría de los escritos firmados por Gramsci, esos que que tanto inciden en los debates marxistas contemporáneos, fueron producidos en la cárcel. No es tan frecuente, sin embargo, asumir esa condición a la hora de interpretar tales textos, pese a que el propio Gramsci se encarga de explicitar en algunas de sus cartas las singulares condiciones de lectura y escritura que allí padece. En algunas de las cartas que envía desde su confinamiento, el comunista italiano testimonia una necesidad de elaborar lo que uno de sus más lúcidos connacionales denominó, décadas más adelante, como un paradigma indiciario. En su encierro, Gramsci tiene unos pocos documentos que parecen no ser indicios, mas al carecer de un archivo que pueda creerse completo ha de leer los documentos como si fuesen indicios. En una epístola enviada en 1928, compara su posición como la de quien se halla tan al fondo del mar que no puede notar los movimientos del agua salvo en el caso de las tempestades. Peor aún, teme seguir sumergiéndose hasta alcanzar la inmovilidad absoluta y perder la percepción hasta de la espuma de las tormentas por venir.

Se lamenta Gramsci de ese estado de trance en el que, según sincera, teme transformarse en los viejos encarcelados que solo pueden razonar de manera intuitiva, con intuiciones mágicas antes que por nexos reales. Falto de los últimos, ha de aprender a interpretar la realidad entre intuiciones siempre algo inciertas. Aislado de las disputas políticas, escribe en febrero de 1929 que solo puede interpretar las luchas entremezcladas con una actualidad que se le presenta desde rastros que exigen la interpretación: “Cuando leo las revistas debo hacer un gran esfuerzo de imaginación para tratar de reconstruir cualquier panorama de vida. Tengo que hacer lo mismo que los naturalistas: de un dientecito o de un pequeño hueso de la cosa, hallados en una caverna prehistórica, reconstruir un animal desaparecido, que tal vez era más grande que una ballena. Por eso me gustan especialmente las noticias tomadas de lo vivo de la existencia de un pueblo que sí conozco y del cual puedo valorar la magnitud y las repercusiones”.

Las verdades donadas por Gramsci, en ese sentido, se constituyen en el roce con incertezas que lo obligan a vivir —parafraseando a otro título necesario en estas lecturas—, en respiración artificial. Y es que Gramsci no solo está separado de lo que quisiera leer, sino también de lo que quiere escribir. En la cárcel, la censura puede darse en toda letra. Incluso, si es que no especialmente, allí donde parece inverosímil censurar.

Algunos años después de la carta recién citada, cuenta Gramsci que ha recibido una carta en la que su hijo, para mostrarle su aprendizaje, le cuenta de pueblos que usaban perros para arrastrar los carros. Ante ello, el director de la cárcel lo habría entrevistado una hora para averiguar a qué aludía esa figura. Frente al intento de adivinación por parte de la administración carcelaria, Gramsci debe adivinar la carta que la cárcel desea adivinar para poder sortear la censura. Debe así montar una máquina de lectura y escritura que testimonia en sus conceptos la necesidad de eludir la censura. En la interrupción de cualquier filiación lineal, ha de transforma la cárcel en un aparato bastardo de lectura y escritura, en el que solo puede disputar la letra en la medida que se asume su infinita distancia. Como si los Cuadernos de la Cárcel no pudieran sino ser otra parte de las Cartas desde la Cárcel: “Necesité un gran esfuerzo para darle una explicación plausible (puesto que no había leído la carta), y no sé si habría conseguido ganar la partida si no hubiera sido porque en cierto momento se me ocurrió preguntarle: “Pero, ¿usted está casado? ¿Y no tiene idea de cómo pudo escribir una madre que quiere contar cosas de un hijo al padre ausente?” El hecho es que me entregó enseguida la carta, estaba casado, pero no tenía hijos. Es una tontería, pero tiene su significación: yo “sabía” que el director leería mis cartas con la misma agria y desconfiada pedantería, y eso me “obligaba” a utilizar un modo de escribir “carcelario”, del que no sé si llegaré a liberarme nunca, después de tantos años de “compresión””.

Lo que leemos en la edición en español de La ciudad futura, que debemos agradecer a Cristián Gómez-Moya y Miguel Valderrama, parece obedecer a una textura distinta. De esa antigua ciudad aplastada parece emerger otro Gramsci. Esto es, el de una revista que Gramsci proyectó de modo no fragmentario, mediante la recolección de escritos que fueron pensados desde y para un espacio letrado que gusta pensarse al margen de la cárcel. Podríamos entonces pensar que sí sabemos lo que son y significan, que otorgan un mensaje claro que se puede descifrar de modo inmediato, con el cual podríamos leer de modo menos inquietante al Gramsci preso.

Mucho más interesante puede ser, sin embargo, la operación inversa. Esto es, asumir también La ciudad futura como una carta que dona un legado huidizo, en el que resuena una promesa vanguardista que no puede resonar sin extrañeza. Leamos, nada más, las certezas de un joven Gramsci a las que difícilmente podríamos suscribir sin varias precisiones: “La disciplina socialista es autónoma y espontánea. Quien acepta la disciplina socialista significa que es un socialista o quiere serlo más completamente, inscribiéndose en el movimiento juvenil si es jovencito. Y quien es socialista o quiere llegar a serlo no obedece: se comanda a sí mismo, se impone una regla de vida por su propia decisión, siguiendo sin tapujos sus inclinaciones.”

Solo una posición dogmática puede creer saber hoy, cien años después de lo recién citado, cuál sería esa regla socialista. Renunciar a ese imperativo sería tanto peor, de modo que urge repensarlo en el plano de la disputa política, lo cual requiere repensar su obra en la coyuntura de luchas contemporáneas que Gramsci tampoco podría haber presenciado fuera de la cárcel. Es por ello que, con lucidez, los editores han invitado a lectores contemporáneos de Gramsci a suplementar los textos de la revista con sugerentes ensayos que indagan en los rendimientos contemporáneos que pueden tener los textos de Gramsci, para la elaboración teórica y política contemporánea.

Ningún interés tenemos en resumir tales textos. Antes bien, preferimos limitarnos a recordar, a partir de lo expuesto con Alberto Toscano, la importancia de la irreductible dimensión de clase que atraviesa la noción de hegemonía, frente a las lecturas populistas imperantes de Gramsci. Y es que los fósiles de Gramsci abren, entre otras, la chance de una política que combata tanto su delimitación en los espacios de la política parlamentaria como su fantasía de ser un pueblo al margen de las instituciones. Después de décadas de ese segundo peligro, la izquierda hoy parece padecer el primero, tentada con una política del movimiento político sin movimiento social, cómoda en su denegación de la economía política. De la crítica gramsciana al supuesto dogmático de la clase obrera como sujeto revolucionario sin restos ni tensiones no se sigue el olvido de la categoría de clase. Antes bien, emerge la necesidad de pensarla en sus restos y tensiones. Lo que debemos preguntarnos quizás no es entonces si hay una correspondencia natural de clase entre economía y política, sino si la izquierda con vocación de transformación puede dejar de apostar por construir una siempre inestable política que asuma la economía. En la coyuntura, deja entrever Toscano, urge rescatar a un Gramsci que permita afirmar una construcción que sobrepase los tiempos del calendario electoral y sus coyunturas: “podríamos preguntar si es que —independiente de la validez de la propia caracterización de política de Hall— tal énfasis, en la contingencia de la política, no viene con el costo de desentrañar la lógica inherente de la noción de hegemonía en sí misma. Si la unidad tendencial de una proletaria concepción de mundo y de vida, fundamentada en su singular participación en el proceso histórico de acumulación capitalista, es abandonada, junto con cualquier concepción de progreso no burguesa (una categoría difícil de expurgar del marco gramsciano), ¿no seremos volcados hacia una afirmación meramente formal de la centralidad de alianzas en la disputa política dentro de complejas formaciones sociales?”

Antes que celebrar la existencia de un nuevo bloque histórico por la emergencia de una nueva alianza, una izquierda que busque las siempre esquivas cartas enviadas por Gramsci ha de construir un nuevo animal, probablemente monstruoso, que pueda leerlas y emerger del fondo del mar. Si toda coyuntura es discontinua, la suya, acaso por no ser la nuestra, abre la nuestra sin límites claros en una u otra ciudad. Y, con ello, promesa de otra urbanización por venir.

Contra cualquier lectura patrimonialista de La Ciudad Futura como un documento del pasado, contra cualquier eventual intento de apropiación progresista que pueda celebrar nuestro presente y contra cualquier tentativa academicista que se considere gramsciana por producir trabajo académico gramsciano sin militancia comunista, Gramsci abre el compromiso por la construcción futura de otra ciudad futura. En tiempos en que la izquierda se conforma con cómodos llamados a la decisión individual, legando la política al adversario, exige una construcción colectiva que no pierda la necesidad de avanzar en unas y otras batallas. Esto es, una construcción en la que la militancia, con los rastros de la ciudad destruida, pueda conducir las distintas luchas particulares hacia la construcción de un nuevo orden que, justamente porque ya no puede sustraer sus ríos del vapor y la mezcla, puede seguir rastreando sin fondo en el mar: “El agua es agua pura y libre cuando fluye entre las dos orillas de un arroyo o de un río, no cuando está caóticamente dispersa por el suelo ni cuando se difunde enrarecida por la atmósfera. Así, el que no sigue una disciplina política es materia en estado gaseoso o ensuciada por elementos extraños: por tanto, inútil y dañosa. La disciplina política hace que precipiten esas impurezas y da al espíritu su metal mejor, una finalidad a la vida, sin la cual no valdría la pena vivirla”.

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