El pasado domingo enfrentamos una total reconfiguración del panorama político del país con los resultados de la primera vuelta presidencial y las parlamentarias que renovaron la totalidad de la Cámara de Diputados y la mitad del Senado.

Si bien se esperaba una debacle en diputados de la Democracia Cristiana (DC), el fortalecimiento de Chile Vamos (ChV) y una fuerte disputa en senadores entre el PPD y el PS, el misterio recaía en el resultado del Frente Amplio (FA). En una sociedad acostumbrada al orden binominal, lo obtenido por FA fue una sorpresa camino a una segunda vuelta que se vislumbra muchísimo más competitiva de lo que las encuestas preveían.

Se cumplió que Sebastián Piñera y Alejandro Guillier serán los protagonistas en definir quién comanda el Ejecutivo, pero hubo un error en la interpretación de los tiempos que corren, la cual de cierta forma nos consumió el espíritu en la centroizquierda. Para varios en la derecha, la sección perdedora de la DC y los numerosos comentaristas mercuriales, el supuesto desfonde de la Nueva Mayoría estaba fundamentado por una ciudadanía que no estaba contenta con el contenido, cantidad y tono de las reformas progresistas de Michelle Bachelet. Pero la votación del mismo Piñera, la suma de las candidaturas del centro hacia la izquierda y en especial la alta votación de Beatriz Sánchez dicen que las transformaciones en educación, salud y pensiones aún son tímidas.

El fenómeno del FA puede tener algún vínculo con lo que fue Marco Enríquez-Ominami en 2009 al obtener su mismo porcentaje de votos en la presidencial, pero es algo radicalmente diferente al asentarse en la institucionalidad con una expresión concreta de 20 diputados y 1 senador en el Congreso Nacional.

De todas formas, es interesante mirar la composición de la bancada de FA y el debate que se dará internamente, donde la preponderancia del eje de Revolución Democrática (8), Movimiento Autonomista (3) y el Partido Humanista (3) sobre el polo de izquierda que se intentó conformar alrededor de Alberto Mayol es total, pero a su vez hay partidos que pueden tener un comportamiento impredecible, como el Liberal (2), Poder (1) y Ecologista Verde (1).

Ahora, con los resultados en la mano respecto de la conformación del Congreso para el próximo periodo, tampoco será un asunto fácil gane o pierda cualquiera de los dos candidatos. En el caso que Alejandro Guillier se haga de la banda presidencial, no podrá avanzar en proyectos sin los votos del FA y de la DC -y aun supera con lo justo a los 73 diputados de Chile Vamos-. A su vez, los congresistas del FA en un régimen presidencialista no pueden presentar un sólo proyecto importante sin respaldo del Gobierno, lo que podría complicar su relación con los movimientos sociales al tener que pasar de lo discursivo a lo concreto.

Por la misma razón, lo que atraviesa este cambio está necesariamente mediado por las decisiones que se tomen en la segunda vuelta por los actores políticos. El que diga desde Fuerza de la Mayoría que la solución pasa por integrar al FA a ministerios y negociar “cupos” en el comando no entendió nada. Tampoco quienes apelan al chantaje moral de la dictadura, que sólo demuestra que culturalmente quedó fuera de juego. El FA en su conjunto ha dicho que ellos están por un proyecto político autónomo y hay que respetar eso. Pueden compartir con Fuerza de la Mayoría horizontes comunes, reformas estructurales e incluso políticas públicas a corto plazo, pero el asunto pasa por establecer una relación de confianza que hoy no existe y que no se sostenga en sinsentidos como Eduardo Frei en 2009 prometiendo estatizar el Transantiago o nacionalizar el agua.

Ciertamente el antipiñerismo es necesario, pero no es suficiente para ganar. Lo bueno de esta campaña es que la batalla discursiva se ha dado entre reversar o profundizar las reformas, abandonando el clivaje del plebiscito del ’89. El programa de Guillier recoge bastante de la labor de Bachelet en una nueva Constitución, educación, pensiones, libertades civiles y equidad de género, a la par de símbolos como el destino de Punta Peuco, la apertura al dialogo con los pueblos originarios y la derogación de la ley de pesca.

Con el FA se pueden conversar propuestas como avanzar hacia la hegemonía de la educación pública a través de su mayor financiamiento y expansión de la matricula; la creación de la negociación colectiva ramal, avance en derechos sindicales para el sector público y desmontar el plan laboral; y la creación de un seguro único de salud con un cierre de llave de recursos públicos al sector privado. Hay espacio para ese diálogo, con espaldas políticas fortalecidas al tener rápidamente el respaldo del PRO y la DC y una reestructuración profunda del comando con nuevos coordinadores como Álvaro Elizalde, Ximena Órdenes, Yasna Provoste, Marcela Hernando y Roxana Pey.

Por lo mismo, esto pasa a ser un asunto eminentemente político y después de ello un tema programático, de establecer primero relaciones horizontales, de abandonar una visión infantilizada de sus líderes y avanzar en acuerdos serios. No sirve mirar tanto a España y Podemos, a Syriza y Tsipras, al Die Linke, o al Frente Amplio uruguayo, porque el FA nuestro no es nada de eso. Es un crisol de múltiples movimientos que van desde liberales a ex-comunistas duros, desde Poder a MA, de RD a los verdes, todo ello sin solidez institucional ni territorial. Hay que darse en el mundo de la centroizquierda un tiempo de reflexión superior a lo electoral para comprender lo que cambio, porque los socialistas tampoco somos el PSOE, ni SPD ni los laboristas ingleses, sino que formamos parte de una coalición de 4 partidos donde si bien legítimamente podemos arrogarnos el liderazgo por nuestro triunfo electoral, estamos más bien llamados a promover un fuerte debate interno sobre el carácter de la coalición y la nueva geometría de la política en Chile, así como abrir definitivamente espacios a los jóvenes para apuntar a la renovación generacional desde los partidos.

En ese sentido, la única referencia en el exterior a seguir en esta pasada debería ser Portugal, donde gracias al apoyo de comunistas y Bloco de Esquerda se logró que socialistas, habiendo quedado segundos en las elecciones, pudieran conformar mayoría ante la incapacidad de la derecha portuguesa, pero sin ser parte del gobierno, respaldando reformas y proyectos en el Legislativo que van en la línea de los acuerdos llegados en su minuto. Autonomía para unos, gobierno para otros, ya que con ello hay avances sustanciales en derechos sociales y la derecha se queda en la casa.

Así deberíamos imaginar el llamado para la segunda vuelta, porque o nos ponemos de acuerdo, o estamos destinados a un gobierno débil que fortalecerá a la derecha, o a armar una oposición inservible para las mayorías que se expresaron el domingo. Al final del día, si bien la izquierda se ha fragmentado, ella no se ha debilitado en absoluto.


Vicepresidente de la Internacional Socialista Joven, estudiante Derecho U. de Chile.