Tener padres evangélicos no es fácil si uno es parte de las  orientaciones sexualidades y/o identidades de género que históricamente han sido discriminadas por estos grupos ultra conservadores, que basan su ataque en posturas bíblicas y dogmas religiosos. Iglesias que no temen en castigar y humillar a la diversidad sexual,  basados en  su supuesta superioridad moral, que nos ve como  “pecadores” y que –según su Dios- merecemos tal desprecio y castigo.

Cuando uno crece durante toda su vida yendo a la iglesia los martes, jueves,sábados y domingos, durante 18 años, escuchando que dios todo lo ve, que nos vigila a cada momento y que si le desobedecemos, arderemos en el lago de fuego; aprendemos a escondernos y a cargar con una culpa inconmensurable.

Cuando te enseñan –falsamente- que quien eres no está bien, ni para ese dios que predican en sus iglesias ni para tu familia, sientes culpa y un rechazo inmenso hacia ti mismo. Luego, cuando han logrado socavar tu autoestima y han doblegado tu voluntad, sólo le pides a ese dios que “que te sane”, pero eso jamás pasa. Muchas veces, esa dinámica familiar de rechazo y agresión diaria, termina en una expulsión del hogar porque eres “una abominación” para su dios y una vergüenza para la familia.

Posteriormente, cuando creces y te vuelcas a la tarea de deconstruirte, terminas por  darte cuenta que –básicamente- ese dios no existe y que los pasajes bíblicos que ocuparon para odiarte, son interpretables y están sacados de contexto, desde una visión fundamentalista de la realidad, que niega la riqueza de la diversidad.  Así las cosas, terminas por entender que su biblia carece de total legitimidad, al ser sólo un libro más, reescrito, reinterpretado y traducido, en cientos de ocasiones a lo largo de la historia.

Cuando te percatas que el consenso científico esta de tu lado: tú eres completamente normal y sano; que los que están mal son ellos. Terminas sintiendo pena y rabia. Gracias a ellos sentiste rechazo hacia ti mismo, al punto de haber querido terminar con tu vida, porque tus propios padres y hermanos te tildaron de “enfermo” y te rechazaron al punto de reducir y quebrantar tu autoestima. Ese tipo de situaciones pasan cuando creces con una familia de fanáticos religiosos. En mi caso particular, los pastores de la Iglesia Universal de Cristo de Puente Alto y en el caso de Carla González Aranda, ser hija de Marcela Aranda.

La señora Aranda no solo consiguió financiamiento internacional para traer un bus con frases discriminatorias contra la comunidad LGBTIQ+, sino que también se presenta hasta el día de hoy en el Congreso como asesora legislativa de la derecha, da entrevistas en televisión, mintiendo y entregando argumentos falaces; atacando a toda la diversidad sexual y a las ONG que brindan apoyo a las personas trans. Y lo que es peor aún, atacando directamente a su hija trans: Carla González Aranda. Así es la hipocresía y violencia de los que se dicen “hablar en nombre de dios”, así de nefasta y cruel es Marcela Aranda.

Es principalmente por medio de la educación y el amor de nuestras redes, es que nosotros –hijos de evangélicos homo lesbo transfóbicos- pudimos salir del oscurantismo religioso, lleno de odio, en que nuestras familias nos tenías sumidos; pero no todos salen, no todos tienen las mismas oportunidades y herramientas para levantarse y ser rescilientes, frente a familias agresoras, debido llenas de ignorancia y fanatismo religioso. Muchos ante tal nivel de rechazo/agresión  simplemente no pueden seguir luchando y optan por quitarse la vida.


Egresado de Derecho, feminista activista LGTBIQ+