Cuando se produjo la muerte de Manuel Contreras, su hijo explicó que el sigilo seguido para sus ritos fúnebres, los que culminaron con la cremación de sus restos de manera cuasi secreta, se debía a la posibilidad de que su tumba pudiera ser profanada y vandalizada. En esa época me llamó la atención la explicación, porque si alguien había profanado tumbas y destrozados cuerpos, había sido justamente la dictadura de la cual su padre formó parte siniestra y activamente.

¿Por qué creía que los restos de su padre podrían padecer el macabro final que la dictadura había destinado para sus víctimas? ¿Por qué el resto de la sociedad, o algunos grupos, iban a comportarse de esa forma?

En estos días cuando los sectores de derecha difunden imágenes de una posible catástrofe, sobre todo económica, si Piñera no resulta ganador de la segunda vuelta, me ha venido a la cabeza el episodio de la muerte de Contreras. Porque son imágenes cargadas de un sentido destructivo que podría tener un posible nuevo gobierno de la Nueva Mayoría. Son imágenes que usando diversos referentes (entre ellos la situación venezolana), pretenden proyectar un imaginario de desastre, y por lo tanto infundir temor, intentando influenciar el voto a partir de la producción política del miedo.

Lo que me parece interesante, es que nuestra historia reciente ha demostrado con bastante claridad que la acción destructiva ha estado liderada justamente por los grupos que hoy auguran la debacle. Grupos que en el pasado no trepidaron en acudir a las armas para restaurar un orden que resguardara sus privilegios, para transformar a la sociedad a su medida por medio de la sangre, y que en la actualidad no se arrugan si para alcanzar los niveles de lucro y ganancia que piensan se merecen, comunidades enteras deben ser sacrificadas y miles de clientes estafados (qué son sino las llamadas “zonas de sacrificio”).

Es la lógica del arrasamiento (y también la venganza) practicada por los mismos que hoy pregonan el apocalipsis. Piensan que el resto actuará igual que ellos, miden las conductas de los demás de acuerdo a sus propios comportamientos. Si es así, entonces su miedo es justificado, no puedo más que estar de acuerdo. Si antes la realidad socialista era para ellos la peor pesadilla, su remedio superó con creces a la enfermedad. Incluso entre quienes eran perseguidos por ese mal sueño, el comportamiento represivo de la dictadura resultó más atemorizante, y por cierto real, pues no se trataba ya de una mera posibilidad imaginaria, pero justificada por los fines altruistas de la dictadura feliz .

La realización del arrasamiento sobre otros y la fuerza destructiva que esos sectores han sido capaces de desplegar en otros momentos, es lo que quieren proyectar, y para eso usan figuras diversas, ya no apelan a la memoria del caos sobre la UP, que abundó en la campaña del Si, representada hoy por Venezuela, ahora cada vocero del miedo usa las propias, como el desplome de la bolsa y la huida de la inversión extranjera.

Quieren hacerle creer al país que la fuerza destructiva que ellos son capaces de desatar, es la misma que desatarán quienes acojan las demandas de bienestar para las mayorías.

Es la imagen especular del terror, por la cual proyectan sus sentimientos de inseguridad y peligro al resto de la población, olvidando que el primer paso en dirección al colapso moral, social y político, lo dieron ellos, y no quienes hoy padecen las consecuencias de la mal llamada “gran obra económica e institucional de la dictadura”.


Antropóloga, Programa Psicología Social de la Memoria, Universidad de Chile.