Por estos días los medios y las redes difunden análisis, comentarios, opiniones y hasta insultos ambientados en el contexto que generó el resultado de la elección presidencial del 19/Nov/2017. Y es que el cuadro no deja de ser complejo. Fuera de la sorpresa que representa la aparición de una tercera fuerza, como lo es el Frente Amplio (FA), las tres coaliciones más votadas, no tienen capacidad de gobernar por sí mismas y sacar adelante sus programas sin compromisos con otras fuerzas (sin negociar, consensuar, o co-gobernar). De ellas los abanderados S. Piñera (“centro”-derecha) y A. Guillier (“centro”-izquierda) competirán por la presidencia en una segunda vuelta. Y es aquí donde se origina un dilema para los votantes que no verán a sus candidatos disputar “la” silla: ¿votar o no votar?

Para Piñera que, a diferencia de su campaña presidencial anterior esta vez parecía más movido a la derecha (prometiendo terminar con esos pequeños logros que había instalado el gobierno M. Bachelet), fue un balde de agua fría enterarse que el electorado que le sufragó fue mucho menos que el 44% que le predecían las encuestas. Con casi el 37% de los votos a su favor, ha tenido que correr a mendigar auxilio entre sus rivales en la derecha. Y si bien J.A. Kast -con un sorpresivo casi 8% de votos- se adelantó a reconocerlo como “el” candidato del statu quo, votantes Kast entraron en estado de catarsis con la noticia. Es lo que ocurrió con ex militares que expresaron sus molestias públicas a Kast, por endosar a Piñera sin consultarlos y sin negociar sus propias demandas. ¿Votarán o no votarán por Piñera los votantes duros Kast?

Pero Piñera sabe que ese voto Kast, aunque fuera todo para él, no le es suficiente. Así, además de tragarse los gustillos ultrajantes de Ossandón al comprometer su apoyo de mala gana, apuesta por ganar parte del voto DC y del “centro” (ver declaración de Andrés Chadwick post elección); mientras en un plano más impredecible y esotérico, estará prendiendo velitas a sus deidades, para ver si influyen en que no llegue a concretarse una colisión entre aquellos que, a diferencia de Kast, abiertamente no lo tienen por santo de su devoción. Y puede que la suerte lo acompañe, porque del lado de sus rivales políticos las cosas no se ven ni lúcidas ni claras, lo que mantiene aún intactas sus esperanzas de ser el nuevo presidente (en Chile no hay tradición de formar coaliciones para gobernar, algo más propio del parlamentarismo europeo).

Las izquierdas, centro izquierdas, izquierda de verdad o como quiera que se denominen no la tienen más fácil que Piñera. Cada una de las coaliciones más votadas y que sobrepasaron el umbral del 20% de respaldo: “Fuerza de la Mayoría” (FM) y Frente Amplio (FA) -diferencia de 2,43% entre ellas- no tienen la posibilidad de gobernar una sin la otra -es más, ni siquiera juntas. El candidato que disputará la presidencial por este sector -representante FM-, no dispone de opciones para ganar la elección. Requiere, sine qua non, que una parte importante de los votos del FA se trasvasije hacia él, sumándose al 5,71% ME-O -que ya endorsó a Guillier sin condiciones desde el primer minuto-, el 5,88% de la DC (que tiene militantes que manifiestan y promueven conductas electorales inciertas) y el insignificante 0,36% de Navarro. En todo caso, los votos de estos últimos le darían solo 11,95% sobre lo ya conseguido, que apenas lo elevan a un 34,65% por debajo de Piñera en la primera vuelta. Esto hace que, de no contar con los votos del FA, Guillier no llegaría al 54,92% que lo encumbraría a presidente. Claro, todo esto, en un plano de cuentas alegres y abstracciones matemáticas que no tienen en cuenta a la gente, porque nadie sabe a ciencia cierta qué votarán los sufragistas en segunda vuelta. Y especialmente qué votarán los FA.

El drama de votar o no votar Guillier está desatado en el FA. Sin importar lo que decidan (si como coalición, como orgánicas o como individuos por separado), está claro que tendrá consecuencias. Si gana Guillier con los votos del FA invitando a participar del proceso democrático votando contra Piñera (un eufemismo para voto al mal menor), habrán hecho presidente a Guillier y todo el sequito de políticos que han gobernado Chile desde el fin de la dictadura, llevando al país al nivel de desigualdades e injusticias que conocemos (aunque no cargarán la cruz de ME-O, que dos elecciones atrás, con su actitud ambigua -se le reprocha aún hoy-, abrió paso a la presidencia Piñera).

Caso contrario, si llaman a no votar por Guillier o a hacerse los locos no llamando a nada, bajo la pretendida idea de que da igual cualquiera (la gente debe decidir en conciencia sin influencias o conducción, o es a Guillier convocar y convencer a nuestros votantes), pues al final serán oposición a cualquiera, todas las ventajas para ser electo las tendrá Piñera. El pueblo sufrirá el embate reaccionario de la derecha, que intentará retrotraer lo poco avanzado. Y el sector de Guillier, mirando ya al futuro, a la próxima contienda, con la bala pasada, transformará el hecho en cánticos, épica y poesía, que refregarán la acción al FA frente a los azotes que sufra el pueblo: “por vuestra culpa” (como ya lo hicieron con ME-O que a partir de allí solo ha ido cuesta abajo). La vida política tiene vueltas, y las jugadas se cobran (ley de la reciprocidad).

Ahora, más allá de los apasionados dimes y diretes propios de los militantes de base en sus discusiones con socialistas, comunistas, democristianos e incluso entre ellos mismos (que presionan en la red por el voto a favor Guillier para impedir un gobierno Piñera), las racionales dirigencias están pensando y pesando los pro y contras. Tratando de salir de la coyuntura con el menor daño posible, para aprovechar la ventaja obtenida en el balotaje, que le dio 20 diputados y un senador al FA, y que se interpreta en boca de uno de los ideólogos de Izquierda Autónoma (IA) y del FA, como un corte de manos a la hegemonía de la NM en la izquierda. Solo que, eso no significa lo contrario, esto es, que se haya instalado una nueva hegemonía. Más bien las hegemonías parecen quedar construyendo figuras en el aire, como cuando se envían señales de humo.

De ahí que, al final, los apoyos están tendiendo a transarse en bienes de mercado antes que principios (y no soy purista para condenar el hecho, como cientista político solo lo menciono). Es así como escuchamos decir que si ocurriera que el programa de Guillier incorporara el fin del CAE, de las AFP, el llamado a una Asamblea Constituyente, a educación gratuita y a una bajada de sueldos en el parlamento quizá las cosas se tomarían con mejor humor. Y el candidato, en los marcos estrechos de sus límites (limitado por los mensajes de la “nobleza” en sus partidos y de los señores del money de los clubes de gente de bien), parece estar cediendo, solo que a muchos años plazo. Nada para hacer en el corto plazo ni radicalmente, solo sembrar los cimientos. Dentro de esa transaca, ¿hay lugar para las demandas de empoderamiento político mapuche y de otras “minorías” nacionales?

Por ahora tengo la impresión de que nadie nos nombra. No existimos. No somos prioridad en el escenario, más cuando tenemos el estigma de votar por la derecha (aunque nadie se tome el trabajo de presentar evidencia contundente a favor de esa tesis). Matizo, a menos que nos muestren en spot publicitario, siendo abrazados por candidatos que nos profesan su amor y respeto; pero que son aspirantes a enviarnos la represión una vez electos, como ilustra la experiencia. Y es difícil que sea de otra forma, si no contamos con fuerza propia que haciéndose respetar en la escena política, defiendan nuestros intereses políticos. Claro, hay mapuche en todos los partidos chilenos, y hacen lo que pueden por colocar los temas del derecho a la autodeterminación en el proceso (tengo respeto por muchos de ellos), pero no es lo mismo.

El panorama indica que en el periodo que se avecina, cualquiera sea el gobernante, no avanzaremos en la obtención de derechos políticos más allá de los que actualmente gozamos, que suman cero (bueno, para el nacionalismo chileno gozamos de todos ellos al igual que cualquier ciudadano del país). El nuevo parlamento, que es donde se cocinan las leyes, quedó más empatado que nunca. No hay fuerza hegemónica que pueda imponer una agenda por si sola (ambas cámaras se encuentran casi en un empate de fuerza conservadora y “progresistas”). Toda política tendrá que ser negociada, y ya sabemos lo buen cirujano que es la derecha, más con la asistencia de no pocos concertacionistas-NM, en materia torpedear los avances al pluralismo nacional y derechos políticos para los pueblos indígenas.

Fue pintoresco que en la coyuntura electoral se hablara de plurinacionalidad del Estado y la posibilidad de autonomías en relación con pueblos indígenas, pero todo indica que no nos moveremos un ápice en esa dirección. Y no solo por el empate mencionado antes (independiente de quien gane la presidencia); sino también porque la elite política “progresista” chilena no avanzó sustantivamente en su comprensión de lo que hay en juego en la cuestión nacional mapuche. Todos los candidatos, desde la “verdadera izquierda” al ultra conservadurismo de Kast, reafirmaron la idea de Estado unitario de Chile. Y ello es una contradicción hasta las patas con los deseos declarados de avanzar a la descentralización y ampliación de la democracia. Especialmente, en aquellos que exteriorizaron abrirse a la plurinacionalidad de Estado y las autonomías indígenas o de territorios con población indígena. En Chile, aún hoy día, hasta los que se consideran más revolucionarios, no son más que partidarios de la monarquía disfrazada de república democrática. La tarea de construir fuerza propia sigue aún vigente.


Director Centro de Estudios Rümtun. Director Diplomado en Estudios Indígenas, UAH. Colaborador Fundación Heinrich Böll