El veinte por ciento de los votos sobre los que se pronunció ayer el FA, no tiene nada que ver con la decisión tomada por MEO en el 2009. Los escenarios no son los mismos, partiendo por el hecho de que pasó casi una década. Esto sin considerar que también son bien distintas las locaciones: lo de ayer nació en las plazas y en las asambleas, al calor de una agitada discusión colectiva, mientras que lo de MEO, sin que esto tenga nada de malo, se evaluó en camarines, donde primaron el bisturí del experto y las premoniciones del tecnócrata progre. En pocas palabras: la escena de ayer se rodó en exteriores; la del 2009, no.

Si el detalle no es menor, es porque daría la impresión (es apenas una impresión, ya que este columnista no es un estadista ilustre) que el voto que acaparó el FA no expresa solo el cese de la concertación y el irredimible bajón de un “centro” más que mentiroso, también es expresivo del progresivo divorcio entre la gente de todos los días (a la que por precaución el FA prefiere no llamar “pueblo”, sino “ciudadanía”) y una “democracia representativa” que no da para más y que fue perdiendo a lo largo de los últimos años credibilidad en todo el planeta.

Cuando se está ante una situación como ésta, con la historia rascándose la cabeza, sacrificar una multiplicidad que crece como un rizoma a título de saborear lateralmente el arte de cogobernar, puede no ser una buena idea: se arriesgan los pasos dados fisurándolo todo hacia adentro, abriendo grietas donde había que suturar. Esto a pesar de que lo contrario tiene por cierto su precio: el de que lo sólido se desvanezca en el aire, el de que se escurra el agua entre los dedos.

Por ahora todo se juega en la ciega intensidad del presente, sin brújulas ni indicadores de vuelo, motivo por el que habría que hablar de un experimento. La palabra es de por sí interesante, en parte porque prueba por fin con una fórmula diferente: improvisa un cielo para el descreído, suma los cuerpos, sube la cuesta. Pero de manera tal que nadie se mueve ya en fila india ni mucho menos obedeciendo al diagnóstico de los “genios” que no le achuntaron a una.

Que lo que se ha empezado a desmoronar junto con la concertación sean las convenciones de una profesión política a la vieja usanza (con sus cuoteos, con sus tajadas, con sus billetes bajo la mesa), significa que se erosiona también la clásica división entre probos e iletrados, llevándose en su curso los aburridísimos y desatinados “discursos amos”. Esto incluye los recientes motes de la encuestología (ciencia fenicia de la inversión de las intenciones), las erratas de un columnismo almidonado y la dictadura de unos expertos que no saben para dónde ir.

No es difícil adivinar que al FA, por mucho que no lo digan, ganarle la oposición a un conglomerado que está hoy en los huesos, es más sencillo que ganárselo a una derecha cada vez más agresiva a la que no se le ha movido un voto desde el “sí” a Pinochet. Lo último es peligrosísimo, lo primero no sabe a nada.

Pero primero, lo primero.


Escritor y profesor Universidad de Chile