2017 pareciera ser el año autorizado para hablar de comunismo, sin represalias. 150 años desde la publicación de la primera edición de El Capital (edición de la que uno de sus ejemplares fue rematado este año por 100 mil dólares) y 100 años desde la Revolución de Octubre. Muchos han sido los homenajes, en todo ámbito. Así es como el cineasta hatiano, Raoul Peck, estrenó este año su filme El joven Karl Marx: nos cuenta la historia de la publicación del Manifiesto comunista, pero con un emotivo énfasis en la manera en que Marx y Engels se encuentran. El filme nos muestra a un joven Marx, crítico de la teoría de la propiedad de Proudhon, y de un joven Engels, ansioso por revelar las condiciones de la explotación que viven los obreros de Manchester. El encuentro que nos relata Peck entre ambos jóvenes, que luego pasarían a la historia como los padres de un fantasma o de un duende según la traducción, se consagra con una borrachera: Engels y Marx se emborrachan hasta el día siguiente tras haber apuntado las notas principales de lo que sería La crítica de la Crítica crítica. Esta breve escena es un buen comienzo desde donde situarnos a leer el libro de Carlos Casanova, no tanto porque muestran a un Carlos Marx abatido por el alcohol, sino porque se muestra de manera explícita la imposibilidad de la producción solitaria. Podríamos decir que la tesis que comparten Raoul Peck y Carlos Casanova es la del comunismo como modo de producción colectivo. O, dicho con la elegante prosa de Casanova: «Si, por un lado, no hay comunidad que no sea creada, así tampoco, por el otro, hay creación sin comunidad. En todo hacer, en toda práctica, en todo uso de las facultades, está implicado un hacer común y un hacer lo común».

Comunismo de los sentidos es una obra sobre Marx. Un libro sobre la producción teórica de Marx, pero también es un libro sobre el marxismo: Casanova, paso a paso, construye un argumento para dar cuenta de un determinado tipo de acción política que supera la ficción liberal del individuo como una forma solitaria del yo. La primera operación filosófica de Casanova consiste en trasladar al sujeto desde el ser hacia la acción. Esta ruta argumentativa requiere pasar por Kant, Fichte, Hegel y, por cierto, Spinoza, a fin de comprender el uso que Marx dará en sus escritos tempranos a la noción de actividad sensible. En un muy fino recorrido, Casanova nos presenta cómo es que la actividad sensible debe ser comprendida como una forma de la praxis, esto es un tipo de acción que significa una «puesta en acto, ejercicio y uso individuales de un conjunto de potencialidades genéricas», comunes. Con este gigante primer paso, Casanova posiciona a Marx como el principal opositor del liberalismo, según el cual el individuo se formaría a sí mismo porque se pertenece. Esto es interesante, dado que la comprensión liberal de la propiedad tendría su fundamento, precisamente, en el dogma según el cual cada uno se pertenece a sí mismo (y eso es lo que permitiría dar sentido a la frase piñerista de los emprendedores neoliberales: “lo que tengo, lo conseguí yo solito”).

Esta noción de praxis que incorpora Casanova en la discusión, es puesta en estrecha relación con la idea de dependencia colectiva, o como lo ha sostenido durante los últimos años la filósofa Judith Butler, de interdependencia: para Butler, la igualdad humana radica en la igual precariedad (precariousness) a la que los cuerpos se encuentran sometidos, condición que nos lleva a asumir la fragilidad de nuestras vidas y organizarnos colectivamente para minimizar ese riesgo. Tanto Butler como Casanova, desde perspectivas teóricas diferentes, contemplan que una crítica de la individualidad debe tener en sus fundamentos una inversión del ser como acción y una lectura de la acción como expresión de la dependencia colectiva. Con estos dos primeros pasos, se puede seguir argumentando que no hay un individuo que viene a hacer o actuar en el mundo, sino que es el mundo el que activa a ese individuo como parte de una comunidad en acción. Para ponerlo con el lúdico ejemplo de Deleuze & Guattari: el individuo ya no es una pieza de ajedrez que tiene todas sus características incorporadas de manera previa a cualquier partida, sino que es la pieza de go, el juego japonés, que cobra significado en el tablero en relación a la posición de todas las demás piezas. No es que el individuo venga a hacer en el mundo, sino que este es estimulado materialmente por lo exterior, es estimulado sensitivamente por sus relaciones con ese mundo.

Y en este punto, la argumentación de Casanova adquiere su más alto grado de novedad, puesto que ya con una noción del individuo como aquello que no está predefinido sino por su acción en el mundo, una promesa como la del “hombre nuevo” no es escatológica. Es decir, en este punto Carlos Casanova se separa de diversas tradiciones marxistas que, autores como Balibar, han dado en llamar “marxismos escatológicos”, tradiciones del marxismo que consideran al comunismo como un lugar por conseguir o como un reino que viene. Con Casanova, a quien podríamos calificar dentro de los marxismo críticos, decimos que algo así como el “humano nuevo” o “el comunismo” no es más que una constante producción, un trabajo permanente del colectivo humano. De hecho, ese sería el único trabajo de la humanidad: cuando Dios expulsa a Adán y Eva del Edén, y los arroja al mundo del tiempo, el principal castigo que ellos padecen es, precisamente, trabajar. Esa es la ventaja del tiempo de los dioses, donde el trabajo no existe, o no es necesario, porque su mundo ya está terminado y es perfecto. La humanidad no puede sino trabajar, en nada en específico, sino en la producción de lo común, en la construcción de la comunidad y en el cultivo de sí misma, porque todo está siempre por terminarse. El comunismo, en este sentido, no sería más que la producción común de la comunidad por aquellos que son comunes. Debe quedar clara la idea según la cual el comunismo es el trabajo de la humanidad libre.

Finalmente, esta noción de un comunismo que no se agota, que no se completa, que no termina; un comunismo crítico del otro comunismo teleológico y escatológico, adopta su forma final en los sentidos. Con una noción de “sentidos” que se emparienta con la de “pensamiento” o “inteligencia”, tenemos un comunismo de lo común, en la manera en que Jacques Rancière podría decir que la inteligencia es una y común. Casanova, al igual que Rancière, dan a la arcaica palabra “comunismo” un giro según el cual la igualdad no es una meta por lograr, sino una condición por confirmar. La diferencia entre ambos, sin embargo, radica en la idea de acción política que cada uno de los autores maneja: mientras para Rancière la acción política es una que aparece en la forma de un momento que reconfigura un reparto de lo sensible, para Casanova esa acción es un ejercicio de los sentidos que son comunes. En un sentido filosófico, podríamos decir que la noción de acción que trabaja Rancière es la del gestus, mientras que la de Casanova es la praxis. Y este punto de distancia, que es también un punto de cercanía disensual con Rancière, es una manera en que esta discusión sobre la acción política puede continuar, ya que uno de los asuntos más discutibles en el libro de Casanova es el relativo a la teleología y el reino de los fines. Para ponerlo en la forma de una pregunta: ¿en qué medida la praxis, ese uso de los sentidos en la forma de una actividad sensible, se libera de las cadenas de los fines? ¿Es posible pensar la acción política, e incluso el comunismo, más allá de una finalidad presupuesta por la voluntad?

Comunismo de los sentidos es un libro importante, en gran medida por el modo en que es producido. No solo es un libro que permite leer El Capital desde una perspectiva que considera la amplitud de los debates marxistas acumulados durante un siglo y medio, sino que además es un libro que cumple con su tesis general: es un libro que no aparece solo, sino que forma parte de una comunidad. Comunidad de los sentidos es un libro hermano de Estética y producción en Karl Marx, publicado el año pasado. En ese libro se expone de manera detallada el programa marxista como uno de la revolución comunista de los sentidos (“revolución”, una palabra relativamente ausente en este libro). Y ambos son libros emparentados con los escritos por Federico Galende: por una parte, con su Comunismo del hombre solo, también publicado por Catálogo, Galende expone la tesis del comunismo como la relación entre cualquiera con cualquier otro a propósito de cualquier cosa, en base a un fino análisis de la obra fílmica de Aki Kaurismäki; por otra parte, está el recién publicado Memorias de Octubre, publicado por El Desconcierto, que reúne un conjunto de relatos breves sobre los rostros secundarios olvidados del contagio colectivo más importante de los últimos 100 años. No puede ser casual que dos amigos, como son Federico y Carlos, hayan publicado en menos de un año dos libros sobre el comunismo. Un comunismo que, en el fondo, es un comunismo de la amistad, entendiéndola como un trabajo. Ambos producen un trabajo colectivo que mira hacia lo común y que nos contagia en esa producción. Una pequeña revolución comunista, en Chile, hoy.

Recuerdo, para finalizar, otra escena del filme sobre Marx que estrenó Raoul Peck: tras haber sido aceptados en La Liga de los Justos, Engels es elegido como representante y da un discurso en contra del principio central de la liga: la hermandad de los hombres, un principio que en algún momento del filme fue defendido por uno de los líderes, interpretado por el filósofo Peter Sloterdijk. Este principio era comprendido como una meta a alcanzar, no como una realidad. Engels alegaba en contra de esa interpretación del principio de hermandad que algún día llegaría, mientras tras él una bandera decía: “Todos los hombres son hermanos”. Llega un momento en del discurso en que Engels, que era mucho mejor orador que Marx, convence a la multitud de que el comunismo se trata de otra cosa, que se trata de trabajo, más que de igualdad. El comunismo se trata de la unión entre los oprimidos a través del trabajo. Por eso, Engels y sus camaradas arrancan el lema de los justos y cuelgan la bandera de los comunistas, que decía: “¡Trabajadores del Mundo, uníos!”. Desde ahí en adelante, la liga se llamó La Liga Comunista, y a Marx & Engels se les encargó la redacción de los principios de lo que puede ser entendido como la historia de un partido político, pero también como la historia de una amistad. Con esto, me preguntaba qué pondría la bandera del partido que tome el libro de Carlos como manifiesto. Yo creo que diría: “No soy lo que tengo, soy lo que hacemos”.

El libro esta disponible en el stand de la editorial Catálogo en la Furia del Libro, a realizarse en el Centro Cultural Gabriela Mistral, entre el 30 de noviembre y el 3 de diciembre.

Comunismo de los sentidos: Una lectura de Marx
Carlos Casanova
Catálogo Libros
105 páginas
Precio especial lanzamiento en la Furia: $7.000