Iba por la mitad de Kramp, cuando, tomándome un café, me preguntaron qué tal me parecía la novela de María José Ferrada. Me demoré varios segundos en dar una respuesta:

—no sé —dije (que es lo que uno dice cuando sí sabe) —tengo la sensación de haber leído esto antes.

En su momento no supe definir qué era ese ‘esto’ al que me refería: ¿sería acaso el mundo mirado desde la perspectiva de una niña? ¿O los capítulos breves; las elipsis, los saltos y las prolepsis? ¿O llamar a todos los personajes con una letra —excepto uno, por supuesto—? Cuando terminé la novela –con una sensación de haber devenido una herramienta que aún busca su manual de instrucciones cortazariano—se me ocurrió que había de todo eso un poco. Como Camanchaca, la bellísima novela—también breve, saltada, road trip de la memoria—de Zúñiga, aprehendíamos el mundo desde los ojos inocentes, en este caso de una niña, M; la brevedad o el minimalismo aparecía en Zambra… pero era otra sensación. Recordé también novelas y películas de viajes; recordé una novela de Muñoz Molina, El viento de la luna, que comienza con el pequeño paso para un hombre y el gran paso para la humanidad; ambos temas importantes en Kramp (también me acordé de una novela de Castedo, El paraíso y de unos versos de Quevedo que no tropiezan ni titubean, y de muchas otras cosas que no vienen al caso recordar ahora). Cuando, de pronto, recordé una novela de Chejfec, Boca de lobo, donde muchos personajes son llamados por una letra (menos uno, por supuesto, mientras el narrador y protagonista es innominado), y pero no era tampoco ese recurso, que a fin de cuentas Kafka había liquidado, lo que inundaba mi memoria (la novela de Chejfec describe la literal y literaria, brutal, desaparición de la (clase) obrera, pero su narrador es más insoportable, bien leído, a fin de cuentas, un intelectual). No, no era eso. Era algo no tan concreto. Si recordásemos a Raymond Williams, diríamos se trataba de la estructura del sentimiento, lo que la novela te invita, a lo que ella, como le encanta decir a un amigo que no lee novelas, te convoca, aquello que me había producido esa sensación de reconocimiento.

Kramp es una historia de desapariciones: La de Jaime Andrés Suárez Moncada, primer amor del madre de M, asesinado y desparecido durante la dictadura; la de una realidad y una economía local, la de los pequeños pueblos, anterior y ajena (en apariencia) al mundanal ruido globalizador y neoliberal (S, un vendedor a quien M también ayuda en un momento, se lamenta hacia el final en su lengua característica: “Los hijos de puta dueños de las grandes cadenas, esos cagones, se estaban comiendo los pequeños y medianos negocios”); y con ella la de un Chile cuyos sueños se fueron desvaneciendo en una red de mentiras como las que D, el padre de M, emplea para cubrir su fracaso y su ruina. Sí, todo lo sólido se desvanece en el aire, parece repetirnos la novela. Incluso ella misma, con su brevedad a ratos aparenta estar a punto de (como la literatura, a fin de cuentas: siempre en peligro de muerte). El problema está en qué hacer entonces si los fantasmas que nos rodean no están ni vivos ni muertos, suspensos en el intersticio que es la memoria. Es ahí donde la literatura interviene.

“Lo único que tienes en este mundo”, le dicen al más famoso de todos los vendedores viajeros, “es lo que puedes vender”. D, por suerte o por desgracia, cuenta además con su hija M. Una relación bizarra, en la que M da la voz y presenta y analiza los hechos de la viajera vida de su padre y de algunos de sus colegas de profesión. Esto gracias a que M se ha convertido en la partner de su padre. Mejor dicho, su presencia y ojos a punto de quebrarse ayudan a vender más. A su edad M debiera ir al colegio, no debiera fumar, no debiera beber, no debiera trabajar (bueno, no recibe un sueldo, pero…). Aquí, tal vez, resulta posible alegorizar a M y pensar en la Kramp como una novela de formación con algunos atisbos de originalidad (y otros no tanto: siempre hay que matar al padre, ¿no?); pensar que el viaje de M hacia su adultez es el trayecto de un país hacia una modernidad no solo imperfecta sino también perversa (en la que los fantasmas siguen dando vueltas). Y sí, algo o mucho de eso hay. Pero, quizás antes y después de las alegorías que nos obligamos a leer, Kramp es un texto que quiere reflexionar sobre los mecanismos de construcción de esas mismas alegorías y de sus inevitables metáforas, de las vidas mismas, y, ya que estamos, de la literatura. La narradora explica el universo a partir de los artículos de ferretería que su padre vende. Y cuando ese mundo también deja de existir, ¿qué hacer? ¿Cómo entender lo que (nos) sucede? He ahí las preguntas que quedan planteadas en la novela: ¿cómo podemos interpretar nuestro mundo si las herramientas que empleábamos ya no están? ¿Y qué puede hacer la literatura—y la fotografía y el cine, motivos centrales también—en medio de todo esto? No hay respuestas, por suerte. Lo que queda es seguir viajando.

Quizá, como ha notado la crítica, exista cierta facilidad o facilismo en la mirada infantil. Tal vez usurpar ojos de una supuesta inocencia sea maniobra barata para decir cosas sencillas sin ser acusada de sencilla, para hacer reír sin ser catalogado de burdo, para no profundizar en el sentido profundo de la profundidad de las cosas y la vida. Incluso, a ratos comparto las críticas respecto a la visión masculina de la novela (chica viviendo en un mundo de hombres) y, sí, la política que uno imagina desde estas páginas es confusa y a ratos acomodaticia. El punto central de la novela, escribe Patricia Espinosa, es “funcional a la neutralización del mal, resuena en ella aquello de la justicia en la medida de lo posible. También, recordar en la medida de lo posible, ojalá sin daño y sin horror”. Sí, hay un resonar que no nos gusta, que incluso nos puede espeluznar. ¿Pero en un mundo de fantasmas y de seres sin nombre cuál es la justicia posible sin aquella que está hecha a su medida? Y la memoria dañada ¿no es, acaso, aquella en que el horror no puede asumirse como tal? Kramp reconoce que ese es el presente en que vivimos. Lo que nos toca, a M, a ti, a mí, es inventarnos unas nuevas herramientas para cambiar el mundo. Ni más. Ni menos.

Kramp
María José Ferrada
Emecé editores
132 páginas
Precio de referencia: $9.900