Una maniobra en el Supremo Tribunal Federal (la máxima expresión del Poder Judicial brasileño) liderada por el ministro Alexandre de Moraes (el único indicado por Temer entre los 11 de la corte) puso en la pauta de los magistrados una decisión que en el caso de que sea considerada admisible podrá permitir al Congreso brasileño cambiar de sistema presidencialista vigente en Brasil por uno parlamentarista, quizás a tiempo de hacerlo valer ya para el año entrante.

Aunque la corte no ha establecido prioridad al caso, el simple hecho de que se esté analizando este pedido es visto con curiosidad por analistas políticos, y con preocupación sobretodo por parte de la izquierda y otros sectores opositores al gobierno de Michel Temer.

Eso porque el pedido se da en un contexto de que ninguno de los nombres que se barajan para competir como defensor de las políticas actuales logra despegar en las encuestas, ni siquiera los que han tenido el cuidado de mantener sus imágenes alejadas de la de Temer -que tiene 3% de aprobación y un rechazo por sobre los 90%-.

Quienes han ganado espacio en el actual escenario son el ex presidente socialista Lula da Silva, quien lidera con más de 40% en todos los sondeos recientes, y el diputado de extrema derecha Jair Bolsonaro, segundo en todas las mediciones, quien obtiene entre un 15% y un 20% en las encuestas. De hecho, en los escenarios donde no se muestra a Lula -debido a que sus problemas con la Justicia pueden impedirlo de candidatearse- Bolsonaro es quien hereda la mayor parte de esos votantes lulistas.

Una gran curiosidad, ya que aunque ideológicamente son bastante opuestos, ambos nombres generan el mismo rechazo por parte del empresariado brazuca, que prefiere un nombre más ligado a las actuales políticas, pese al descontento de la ciudadanía a respecto de ellas y la baja en los índices sociales que las medidas han causado. Por supuesto, eso también provoca temor en el oficialismo, y por lo mismo surge la alianza con los empresarios, a respaldar la idea de probar el parlamentarismo como solución.

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El pelado es Alexandre de Moraes, el magistrado del STF nombrado por Temer, que lideró la maniobra en la corte que puede resultar en el parlamentarismo

La crisis del PSDB

Durante los últimos 23 años, la política en Brasil quedó rehén de un bipartidismo que se generó casi naturalmente -pese a que el país posee más de 30 leyendas partidarias-. Las últimas 6 elecciones presidenciales se trataron de la misma disputa, entre el PT, el Partido de los Trabajadores de Lula da Silva y Dilma Rousseff, y el PSDB, como es llamado el Partido de la Social Democracia Brasileña.

Sin embargo, los “tucanes” -como son llamados- vienen año tras año alejándose de la socialdemocracia y asumiendo el papel de principal referente de la derecha neoliberal en Brasil. Tanto es así que los dos últimos gobiernos del partido, con Fernando Henrique Cardoso (1995-2002), fueron los años de las grandes privatizaciones y de una política de disminución de la inversión pública que, lejos de sanar las cuentas públicas, llevó el país a la quiebra y a pedir el más grande préstamo de la historia del FMI, en 1999 -récord que luego sería superado por Grecia a comienzos de esta década-.

Luego del golpe de Estado de 2016, uno pensaba que el PT de la derrocada Dilma sería el partido más dañado en su imagen, sin embargo es el PSDB quien ha sufrido mayores efectos de rechazo desde entonces. En parte, porque la crisis política brasileña empieza con el senador Aécio Neves -el que perdió ante Dilma las elecciones de 2015- asumiendo que trabajaría para no dejarla gobernar. Aunque su tarea alcanzó lo deseado, también le dio a él y su partido el rótulo de malos perdedores e inescrupulosos.

Además, al contrario de Dilma, Aécio sí ha sido denunciado en diferentes aristas del Caso Lava Jato, pero siempre ha zafado impune -hace pocos meses, el Congreso votó por mantenerle el fuero privilegiado, por lo que no podrá ser enjuiciado mientras no eso no sea determinado por el mismísimo STF-.

Lo otro que ensucia al PSDB es su apoyo a las políticas anti populares del gobierno actual, como el congelamiento del gasto público por 20 años y las reformas laboral y previsional que atendieron a los lobbys empresariales, las que han llevado el país a volver al camino de las desigualdades que se creían superadas o en vías de superarse hace pocos años.

Los políticos del PSDB paulista, como Geraldo Alckmin (gobernador del Estado de São Paulo) y João Dória Jr (alcalde de la ciudad de São Paulo) han sido probados en diferentes encuestas, pero ni uno de los dos logra llegar al 10%. Peor, estaban ambos un poco arriba de ese porcentaje, fueron bajando durante el año, pero les está costando recuperarse. Cuestión que causa cierto desespero en sus seguidores tradicionales, cuando miran a Lula muy lejos en primer lugar e incluso al radical Bolsonaro como la única figura de derecha capaz de crecer en las encuestas.

Por lo mismo, parte del PSDB apoya esntusiastamente la idea del parlamentarismo. De hecho, un dato curioso: el magistrado Alexandre de Moraes, antes de ser nombrado al STF por Temer, era el secretario de Seguridad del gobierno del Estado de São Paulo, bajo las órdenes del “tucán” Geraldo Alckmin. Para los que creen en las casualidades.

Si se adopta el parlamentarismo bajo el modelo que se especula, el próximo gobernante de Brasil sería un primer ministro a ser escogido entre los parlamentarios que salgan elegidos en 2018. Igual seguiría coexistiendo con la figura del presidente, que tendría una función más de canciller, ligado a las políticas internacionales, pero sin atribuciones para influir en la política económica del país, por ejemplo.

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Uno de estos dos es el más probable próximo presidente de Brasil: Lula da Silva y Jair Bolsonaro

Breve historia del parlamentarismo en Brasil

El coqueteo de Brasil con el parlamentarismo no es algo nuevo. De hecho, el país ha tenido algunas experiencias con ese sistema.

En el siglo XIX, cuando el Brasil recién independiente era una monarquía, tuvo que enfrentar una década entera de casi ingobernabilidad debido a que su segundo monarca, Pedro II, no tenía la edad suficiente -era un niño de 6 años cuando su padre, el portugués Pedro I, héroe de la independencia brasileña, renunció al trono para asumir como rey de Portugal, tras la muerte de su progenitor-. El Congreso estableció un sistema parlamentarista hasta el año 1840, cuando las presiones por derrumbar el monarca llevaron su grupo de apoyo a dar el llamado “golpe de la mayoridad”, por el cual se creó una excepcionalidad para declararlo mayor de edad y apto a ejercer el poder a los 15 años.

El otro momento parlamentarista de Brasil fue en los años previos al golpe de Estado de 1964. Tres años antes, el presidente democrático Jânio Quadros renunció al cargo, cuando el vicepresidente João Goulart estaba en viaje a China. Los militares, que ya eran desafectos de Goulart, trataron de impedir su regreso al país, cerrando las fronteras y estimulando sus aliados políticos a instalar el parlamentarismo antes la “ausencia voluntaria del presidente”. Aliados de Goulart lo ayudaron a regresar por una frontera no controlada con Uruguay y así llevarlo a Brasilia. Sin embargo, el nuevo presidente tuvo que convivir casi un año y medio con el sistema parlamentarista, que se mantuvo.

El año 1962 fue marcado por la campaña de Goulart en todo el país por las llamadas “reformas de base”, entre ellas la reforma agraria, educacional y tributaria. En enero de 1963, se realizó un plebiscito para decidir si el país prefería el presidencialismo con Goulart a la cabeza o el parlamentarismo, y ganó la opción presidencialista, gracias al apoyo popular a las reformas. En marzo del año siguiente los militares dieron el golpe, sacaron Goulart del poder, enterraron las reformas y establecieron su régimen dictatorial que duraría 21 años.