Se anuncian nuevos tiempos. La juventud y la gente insatisfecha con la transición se han reencontrado con la política, instalando en el país una propuesta de transformaciones para terminar con las injusticias y los abusos. La estrategia económica que enriquece a los poderosos, la focalización social que humilla a los pobres y la Constitución política del dictador, ya no se sostienen. El modelo no da para más. Duró demasiado. Lo viejo se muere.

Estamos empezando de nuevo. La transición pactada para salir de la dictadura ha sido frustrante. Los compromisos adoptados, entre ellos aceptar la Constitución del ’80, han impedido la plena democratización del país. Entre otras cosas, el pacto convirtió a Pinochet en un intocable. Rescatarlo desde Londres fue su consecuencia inevitable.

Esos compromisos, unidos al travestismo de los economistas de la Concertación, permitieron anclar la estrategia económica neoliberal. La decidida oposición de los años ochenta se transformó, a partir de los noventa, en admiración a los Chicago Boys.

Alejandro Foxley, uno de los convencidos del modelo, revela su trasmutación ideológica en entrevista en la revista Cosas (05-05-2000).

“Pinochet (…) realizó una transformación, sobre todo en la economía chilena, la más importante que ha habido este siglo. Tuvo el mérito de anticiparse al proceso de globalización que ocurrió una década después, al cual están tratando de incorporarse todos los países del mundo. Hay que reconocer su capacidad visionaria y la del equipo de economistas que entró a ese gobierno al año 73, con Sergio de Castro a la cabeza”.

“Esa es una contribución histórica que va a perdurar por muchas décadas en Chile y que, quienes fuimos críticos de algunos aspectos de ese proceso en su momento, hoy lo reconocemos como un proceso de importancia histórica para Chile, que ha terminado siendo aceptado prácticamente por todos los sectores”.

Una declaración vergonzante, como vergonzantes han sido también los vínculos ominosos que han establecido personeros de la Concertación, y sus economistas, con el empresariado beneficiario de las privatizaciones truchas durante el régimen de Pinochet. Ahora se les ve aparecer en los directorios de las AFP, las isapres y la banca, como empleados y lobbistas, para enriquecer aún más a los grupos económicos.

El gran empresariado, el mismo que ahora amenaza con la caída de la bolsa, que anuncia la disminución de la inversiones y que ha bloqueado los reformas de la Presidenta Bachelet, convirtió en intocable la estrategia económica de las desigualdades, amenazando a la ciudadanía con el infierno si se modificaba alguno de sus postulados. Son los que mandan. Los de Casa Piedra. Los del CEP.

El poderío fáctico de los grupos económicos junto a la fragilidad política de la Concertación han impedido la modernización del país o si se quiere han construido una modernización indecente; vale decir, donde predominan el consumo de plástico, el crédito abusivo y el sálvese quien pueda. Y, por otra parte, se ha impuesto la extracción de renta fácil en los recursos naturales y la banca, así como abusos con el CAE, las AFP y las isapres.

El gran empresariado ha sido también el principal responsable de la corrupción que se ha instalado en el país. Se ha generalizado la colusión y la elusión impositiva, gracias al FUT y a los paraísos fiscales; pero también son ellos los que han capturado a los políticos para ampliar  sus ganancias.  Los vasos comunicantes entre la política y los negocios son una lamentable realidad en el Chile de hoy.

Las movilizaciones estudiantiles del 2011, el programa de transformaciones del Frente Amplio y los resultados electorales de la primera vuelta han abierto camino a la esperanza. Junto a la desafección con el modelo generador de injusticias, han sido derrotados en las urnas figuras destacadas de la Concertación, políticos relevantes de la transición.

En la hora actual, la educación gratuita se ha instalado como una realidad ineludible; el término del CAE está cercano; las AFP resisten, pero tiene los días contados y el derecho a una salud universal se encuentra en la agenda inmediata. Por otra parte, la sociedad reclama una transformación productiva, que diversifique la economía y termine con las ganancias extraordinarias en los recursos naturales, en la banca y el comercio.

El cambio es inevitable. La expoliación del gran empresario sobre los trabajadores, consumidores y pequeños empresarios no podrá continuar. Larraín Matte, presidente de Sofofa, tendrá que disciplinar a sus asociados para aceptar el curso futuro de los acontecimientos. ENADE y el CEP ya no serán contralores de la política nacional. Lo viejo muere y lo nuevo comienza a nacer.


Economista