Muchos han dicho que la chilena Marialy Rivas se alzaría como un referente cinematográfico de corte feminista al producir pequeñas piezas que denuncian el silencioso tejido que estaría cruzado puertas adentro por el sometimiento de los cuerpos de las mujeres. Su primer largometraje, Joven y alocada (2012), es un filme que importa a escena la fachada de los blogs juveniles de comienzos de los dos mil. En él nos muestra las confusiones de una adolescente en el seno de una familia evangélica en su paso por aquella mal llamada etapa de descubrimiento de la sexualidad. Después de experimentar una noche de desenfreno padece la contradicción propia de esos que sienten culpa producto de estar condicionados por el golpe del garrote de un cristianismo idólatra, a la vez que sienten placer al entenderse en rebeldía respecto de las prohibiciones señaladas por el mismo garrote que, con energía jovial, intuitivamente buscan desafiar. El problema es que, sin perjuicio de traducir cinematográficamente el estilo provocador popularizado por la música de Javiera Mena, hacia el final Joven y alocada afirma los mismos estereotipos sobre los que se basan los portavoces del “bus de la libertad”. Y es que luego de insistir una y otra vez en esta lógica opresor-oprimido, que por lo demás están pétreamente identificados, el filme termina con la adolescente afectada por la muerte del único miembro de su familia que la comprendía cuestionándose su propia valía en torno a su capacidad de responder a preguntas, supuestamente básicas, tales como qué es lo que caracteriza a la madurez. Y entonces, a pesar de su apariencia rupturista y de tintes poperos, termina por no ser más que un intento de aleccionar al espectador en un sentido opuesto pero simétrico al de los evangélicos retratados en el filme.

Su nueva entrega Princesita (2017) es otra forma de aleccionar al espectador ubicando nuevamente en el telón de fondo la etapa de iniciación sexual. Si bien aquí reemplaza el humor de la dupla de guionistas formada por una joven Camila Gutiérrez y Pedro Peirano por la seriedad de la dupla formada por una adulta Camila Gutiérrez y Guillermo Calderón, el resultado no varía. Tamara es una niña de once años que vive en lo que ella misma describe como un paraíso; junto a un grupo de un número indeterminado de niños y jóvenes transita por un set de casas de madera emplazadas en un territorio que no parece tener fronteras ni dueños, en medio del extenso paisaje del sur de Chile pintado con el verde irregular de las montañas y el azul oscuro de los ríos. Dicho grupo es guiado por Miguel, quien a los albores de los 50 años encuentra en Tamara un cuerpo en potencia para cobijar al que sería el encargado de seguir su legado en el cultivo de esa aparente comunidad de afectos. “Sé que eres fuerte” responde Miguel ante la cara de duda de Tamara cuando éste cariñosamente le explica que es la elegida para que, una vez que su cuerpo sea marcado por la primera menstruación, haga lo que su expulsada madre no pudo; engendrar al hombre llamado a ser el sucesor en el puesto de liderazgo. De ahí en adelante, lo que antes era descrito como un paraíso se transforma para Tamara lentamente en un lugar de sufrimiento hasta que, llegado el momento de concretar la misión a la que era llamada, se escapa y decide profanar aquel cuerpo que no le pertenece follando con un niño de su edad a quien había conocido en el colegio al que, excepcionalmente respecto de los demás niños, Miguel había enviado para probar su fortaleza.

Así descrito parece que es el esperado acto sexual que la ata a Miguel precisamente la forma en la que Tamara se puede liberar de lo que ahora percibe como una condena; haciéndole ver que es ella la única que tiene propiedad sobre su cuerpo. En ese sentido, más que una lectura feminista el filme reproduce la lógica estática implicada en la noción de género al encontrar la salida del entuerto en la autonomía que es, sin embargo, el reverso simétrico del sometimiento del cuerpo de la mujer en tanto mujer. Una forma de resistirse a esta lectura es girar la mirada hacia la escena final del filme. Tamara, que yace inconsciente rodeada de velas encendidas en medio de una cabaña, parece literalmente habitar en el infierno al ser violada por instrucciones de Miguel una y otra vez por cada uno de los jóvenes de la supuesta comunidad en señal de reivindicación de lo que les es propio. Al despertarse sucederá el verdadero milagro; la liberación de Tamara no se hallaba en la utilización de su cuerpo para boicotear los planes del amoroso líder, sino que en ese azaroso momento en el que mira con la distancia de un sobreviviente cómo se destruye lo que más que comunidad era un grupo jerarquizado de posiciones.

Es así como sería en el infierno y no en el paraíso en donde la potencia de cualquier liberación encuentra lugar. Maquiavelo, que según nos han dicho era un gran productor de anécdotas, contaba que uno de sus sueños más iluminadores fue aquel en el que vio a una masa de hombres de aspecto miserable y pésimamente vestidos que al ser preguntados por su identidad respondieron “somos santos y beatos, vamos camino del paraíso”. Que luego vio pasar a un grupo de hombres de aspecto noble y que, cubiertos por un fino ropaje, discutían sobre política. También les preguntó por su identidad a lo que contestaron al unísono “somos los condenados al infierno”. Maquiavelo, cual comentarista trasnochado, después de terminar de relatarlo explicó a sus amigos que prefería ir al infierno a conversar sobre política en vez de morirse de aburrimiento en el paraíso con santos y beatos. En vez de comentarista trasnochada, una Tamara que parece ya adulta, por medio del recurso a la voz en off, nos cuenta tímidamente sus reflexiones acerca de los eventos a medida que se nos son mostrados y en los que participa la Tamara niña. Y entonces lo que en Princesita podría haber sido un acierto ubicando en el infierno el momento irreductiblemente político de la liberación de Tamara, termina por ser un estereotipado relato de quien como acostada en el diván de un psicoanalista advierte exactamente el momento del trauma.


La mirada de los comunes