El Frente Amplio pretende justificar su posición de no hacer un llamado nítido y potente a votar por Alejandro Guillier en un ajuar de falacias. Lamento haberme hecho ya la certeza de que las pasiones que obraron en esta decisión, están lejos de tener en el centro el beneficio del país. Si esto no es así y existe algún grado de legitimidad y coherencia política en la tibia, esponjosa y ambigua decisión, los fundamentos deben aun ser revelados, porque aún la ciudadanía no está en conocimiento de ello y todo indica que nunca se conocerá algo, más allá de las inconsistencias que son ya de dominio público.

Nada de lo argumentado hasta ahora genera una base sólida para disolver la ambigüedad, que no tiene ningún otro destino, que restarle fuerza a la posibilidad de frenar la pretensión del neoliberalismo, de volver a instalarse en La Moneda, con todo el control de poder que ello implica y todo el perjuicio para la mayoría de la población.

No discutiremos el absurdo de que ambos bloques representan el neoliberalismo, porque basta con observar los esfuerzos realizados en los dos gobiernos de Bachelet, para comprender claramente que se definieron por hacer retroceder los territorios consolidados por las políticas neoliberales y promover reformas en diversos ámbitos de la convivencia de la sociedad chilena. Quien quiera puede informarse imparcialmente de ello.

No puede estar más claro que las transformaciones conseguidas resultan nítidamente insuficientes, pero tampoco puede estar menos claro, que las propuestas más avanzadas, aun no hacen carne suficiente en la ciudadanía y ello queda demostrado en la derrota relativa de la propuesta del Frente Amplio, en la primera vuelta del pasado 19 de noviembre. ¿O estamos viviendo historias diferentes? ¡Puede ser! Pero ¿estamos también, viviendo hechos diferentes? Eso me parece que no puede ser.

A los frenteamplistas: el 22,70%, es más que el 20,27%. ¿Es necesario fundamentar eso? Ante esta inapelable realidad, se debió comprender cuáles resultan las alternativas. Resuelto aquello, aclararse si ambos bloques representan al enemigo político fundamental: ¿Sí? ¿No? Respóndanselo ustedes, pero además, con la claridad de que, por esta vez, el pueblo inclinó su balanza por algo más que un 2%, en favor de la opción que ustedes no proponían.

Déjenme decirles, que aquí no se  trata de hacer lo que el 20 % quiere, rabietas mediantes. Aquí, de lo que se trata es de lo que el 50% más 1 de los electores elija, dentro de las alternativas a elegir. Ese 22,70% que no votó por Beatriz Sánchez, no es enemigo del Frente Amplio: tiene una determinación táctica diferente, para alcanzar un conjunto de transformaciones, que ni siquiera están plenamente definidas y selladas, porque, por si no lo saben, varias decisiones no programáticas pueden hacerse parte de un proceso legislativo, cuando el pueblo se pronuncia con fuerza. Ello puede conducir a un proceso de transformaciones más profundas, en lo que llamamos, simplemente, “el camino”. ¿O es que ya no vale la historia de los movimientos que generaron la partida de las reformas, que los gobiernos de la Concertación y la Nueva Mayoría han tratado de cristalizar, de los cuales ustedes, con justa -aunque relativa razón- se declaran gestores históricos? ¡Para qué nos vamos a desgastar en ejemplos históricos varios, cuando no hay peor ciego que el que no quiere ver!

Algunos argumentos y explicaciones engañosas de la declaración:

  • A poco andar, la declaración señala:

“Seguiremos trabajando para constituir un gobierno transformador por decisión ciudadana, no por negociaciones que desemboquen en cargos o cupos en gobiernos de otras coaliciones.”

Lo primero que asalta es el cuestionamiento respecto del concepto de “decisión ciudadana”. Bueno, habría que reconocer que lo que pase el 17 de diciembre será una decisión ciudadana. ¿O sólo se reconoce la decisión ciudadana que nos llena el gusto? ¡Buena duda la que asalta! Pero se hace más relevante cuando además, esta afirmación transparenta un concepto rígido, estrecho, insano y peligroso, como fundamento para establecer compromisos, a fin de dar pasos unitarios en dirección a objetivos de fondo. ¿Acaso no se puede apoyar una instancia que representa un escenario menos adverso para el pueblo, sin pretender que ello esté mediado por las prebendas señaladas?

Claramente una cosa no determina la otra. No existe correspondencia. Como bien declara el Frente Amplio, “esto no es una negociación”, pero ello no implica que la generosidad se supedite a ella. La pregunta es: ¿por qué apoyar la elección de la opción que supone frenar un mal para Chile debe “desembocar en cargos o cupos en el gobierno”? Esta es una extraña condición y más extraña explicación. Estoy seguro de que quienes creen que Guillier es ampliamente preferible a Piñera, no se disgustarían si el FA apoya incondicionalmente la opción, aunque se reconoce que tendrían derecho a ser parte del gobierno si lo demandaran, dada la contundente -aunque insuficiente- preferencia que la ciudadanía manifestó por ustedes.

  • Otra reveladora afirmación:

“Creemos que se ha abierto un nuevo ciclo político en Chile, que nos instala como actores relevantes del futuro…”

¿A qué actores se refiere la declaración?, ¿Cuáles son esos actores relevantes del futuro? Entendemos que se refiere al Frente amplio y al frenteamplismo, porque no vendría al caso referirse a la generalidad sin límites de la ciudadanía.

Establecida esta certeza, entonces nos preguntamos: ¿cómo es que pretenden ser actores relevantes del futuro? ¿No será acaso, a través de la capacidad de representación? Claramente no se tendrá que hacer un plebiscito por cada decisión de Estado ¿O sí? Claro que no. De hecho, el frente amplio habló a la ciudadanía con toda claridad y legitimidad, entregando líneas de conducción deseables para Chile. En otras palabras se atrevió a hacer algo a mi juicio bastante razonable: recogió pareceres y organizó discursos. No sólo eso, además dictó posteriormente a ello, pautas a los electores, lo que es completamente legítimo: ‘voten por el FA’, ‘el FA representa esta alternativa de país y ustedes deben valorarla o elegirla’. ¿O acaso no se constituyó un programa y no se realizaron esfuerzos persuasivos? Todo muy bien. Todo de aplaudir. No obstante la declaración continúa con la siguiente reflexión:

“Este nuevo ciclo representa la emergencia de  una nueva sociedad, donde las y los ciudadanos no buscan ser pauteados en sus decisiones políticas. Como hemos dicho, no somos ni nos sentimos dueños de los votos de las personas y por eso nuestro primer llamado es a cada uno de nuestros votantes a reflexionar y a expresarse en las urnas en esta segunda vuelta, de acuerdo a sus propias convicciones y análisis”.

¡Vaya sorpresa! De pronto, lo que fue legítimo, se tornó de una ilegitimidad fundamentalista. Ahora, NO se puede entregar pautas. Pero dos semanas atrás -con frenesí- se buscó la voluntad ciudadana a favor de ciertas “pautas”. Y agreguemos a este sinsentido, otro adicional: ¿es hacerse dueño de los votos de los electores, el sugerirles, señalarles, aconsejarles con responsabilidad política, claramente cuál es el voto debido, en coherencia a los objetivos del FA? No hace falta contestar. Está bien, el tema no tiene por qué ser dramático, pero la vida política también demanda coherencia: El problema es que a punto siguiente, afirma además que:

“Porque nuestra preocupación es Chile, no nos da lo mismo quien gobierne. Sabemos que Sebastián Piñera representa un retroceso: más desigualdad y exclusión, menos derechos, menos libertades, en sentido directamente contrario a las demandas que día a día se escucha en la calle y en todos los espacios”.

Resulta que hace dos semanas decían: porque la preocupación es Chile, voten por este programa. ¿O no les preocupaba Chile? Ahora el discurso es: porque nuestra preocupación es Chile no nos da lo mismo quien gobierne, pero hagan lo que les de la regalada gana. Nosotros no damos pauta. Ahora ya no tenemos juicio político, ni propuesta para permitir que se habilite el mejor camino posible dentro de las alternativas a elegir.

¡Qué preocupante! Esa candidatura, que estuvo a punto de posicionarse en segunda vuelta, no tiene capacidad de maniobra, ni teórica ni práctica, ante un cambio de escenario. No tiene una firme y clara decisión de orientar al pueblo, a quien se debe como órgano de referencia política. Ello habla mal, muy mal de quienes pretenden dirigir destinos colectivos, ¿o no? Porque queda claro que cuando los vientos fueron a favor sí se sugirió qué hacer. ¿Cuál es el problema? ¿Auto referencia? ¿El vértigo de un resultado adverso, que siendo solo adverso, ahora lo pretenden transformar en derrota por la simple gracia de la torpeza?

No vale la pena ser majadero en el análisis lógico, político y ético del discurso frenteamplista. Si en realidad les preocupa el país y no son sus diminutos, pero ambiciosos egos, sedientos d  protagonismo, los que hablan, debieron asumir un claro llamado al pueblo de Chile (con la valentía que evidentemente no tuvieron) para que no elija en las urnas aquello que reconocen como un claro retroceso. Esto, con toda independencia de lo insuficiente que se considere la opción para profundizar los avances transformadores y democratizadores de la sociedad chilena, porque la otra opción, sólo es fortalecimiento de un escenario adverso a los intereses populares. ¿O el problema está en la representación popular?

El Frente Amplio asume una responsabilidad de la que no podrá desprenderse, porque una eventual elección de un gobierno de derecha sólo será obra de su negligencia culposa. Si eso ocurre, la diferencia con la opción representada por A. Guillier será seguramente estrecha. De ello se podrá presumir con justicia, que la falta de nitidez política con que Frente Amplio ha resuelto su posición ante la actual coyuntura, cumplió un rol indesmentible en contra de la ciudadanía. Con seguridad la factura tendrá un alto precio.

¡Me generan ustedes una profunda decepción!


Profesor de Filosofía, Castro, Chiloé